Evolucionar, es sin duda, aquello que busca el alma consciente, para lo cual será necesario reconocer aquellas actitudes o pensamientos que es necesario cambiar. Si bien hay múltiples dificultades que entran a escena cuando se decide andar el camino de la transformación, la arrogancia sería una de las principales, ya que puede ser que nos acompañe desde hace mucho tiempo, llevando la máscara de “autoestima”. Como dice el escritor Haruki Murakami: “El tabique que separa la sana autoconfianza de la insana arrogancia es realmente fino”.
Una actitud arrogante exagera la percepción de las cosas, y la importancia de estas. Es una especie de niebla para la conciencia, ya que impide verse a uno mismo, analizarse y, sobre todo, aceptar los fallos o pedir perdón, cuando el caso lo requiera.
La psicología indica que se trata de un mecanismo compensatorio para la inseguridad, es decir, la forma que el individuo encontró para sobreponerse a momentos en los que se sintió vulnerable e incluso en peligro de ser dañado por otros. Fue entonces que el sentimiento de superioridad comenzó a desarrollarse, generando separación del entorno y del propio Ser.
Con este contexto, es posible entender que la arrogancia debilita al alma, pues impide su evolución, dejándola en una especie de limbo, negada a ir “para atrás” pero también limitada en su avance.
Si tuviéramos que nombrar el opuesto de la arrogancia, este sería la humildad, definida como la virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con esta virtud.
Quien conoce sus limitaciones no se engrandece ni es orgulloso. Se encuentra abierto a aprender, pues pregunta y sabe pedir ayuda, antes de pensar que tiene la razón o que todo lo sabe.
Las grandes almas, algunas de las cuales llamamos santos o maestros, se distinguen justamente por su gran humildad. Esta cualidad les permitió entregarse al servicio con un corazón abierto, dejando de lado cualquier necesidad de reconocimiento o validación y actuando por un amor genuino hacia los demás.
Invito al lector a cerrar los ojos y sentir cómo se expresa la vida desde una perspectiva de arrogancia y después como lo hace desde una de humildad. Probablemente ha sentido como el pecho se contrae en la arrogancia y se expande en humildad.
Viviendo en la arrogancia existe siempre el temor de ser “desbancado del trono”, de ese lugar de superioridad desde el cual se observa a los demás. Sin embargo, cuando se adopta una actitud humilde, el corazón se ensancha y llega la verdadera confianza en uno mismo, que es también confianza en la divinidad.
Es entonces cuando el alma se entrega profundamente a la única ley, la del amor, que toma múltiples formas como la lealtad, la justicia, el respeto y se lleva una vida de virtudes.
Sea nuestro espíritu lo suficientemente valiente para identificar esos momentos de orgullo o vanidad, para poder diluirlos. Y también altamente compasivo consigo mismo, para comprender que toda actitud altiva nace de quien se sintió inseguro o amenazado.
La arrogancia es solamente una cara más del temor.
Fuentes consultadas

