“Para juzgar el carácter de un hombre, no hay que observarlo en sus grandes hazañas, sino cuando cumple sus acciones más comunes”.
Swami Vivekananda
Una línea es una sucesión de puntos. Una tela, son hilos entretejidos. Una cabellera, millones de cabellos. El desierto, son solo granos de arena. El inmenso y majestuoso océano, ocupando aproximadamente el setenta y cinco por ciento del planeta tierra, que en virtud de esto, es también conocido como el planeta azul, no es otra cosa que pequeñas gotas de agua juntas.
Todo el universo está conformado por un mismo conjunto de leyes. En la perspectiva de las dimensiones, lo podemos percibir grande o pequeño, lejos o cerca, oscuro o luminoso.
Los sistemas solares con sus planetas orbitando alrededor, todos rodeando estrellas mayores, constelaciones en perfecta armonía gravitacional, se multiplican infinitamente en la inmensidad, conformando ese inconmensurable, inimaginable macrocosmos que ningún telescopio jamás podría observar a plenitud.
Idéntica reproducción es nuestro cuerpo, más allá de los órganos visibles y palpables, todas las moléculas, universos de protones y electrones girando alrededor de átomos. Quantums, a cuyos confines y más adentro aún, ningún microscopio por altamente sofisticado podría acercarse. Así, infinitesimalmente diminuto es nuestro microcosmos. Hecho a imagen y semejanza.
Si quisiéramos volar con la imaginación, nuestra realidad es más fantástica que cualquier historia de ciencia ficción. Podríamos pensar que ese que llamamos Dios, o por lo menos el más cercano, no es otra cosa que un hombre igual a nosotros dentro del cual habitamos, del que formamos una minúscula parte, parados sobre una molécula suya que llamamos planeta. Y ese hombre a su vez habita sobre un planeta que es la molécula de otro hombre mayor aun, todos en infinitas sociedades como la nuestra.
En efecto, a veces nos visualizamos y nos sentimos muy pequeños, insignificantes, pensamos que nuestras breves vidas no son nada, que nuestra huella desparece como desaparecen las huellas en la arena, barridas por la espuma del mar. Nada es permanente. Vemos nacer y morir a tantos a lo largo de nuestra vida, esta vida que tarde o temprano terminará.
Sin embargo, la buena noticia es que este mismo planeta, que tantas veces nos produce sentimientos de dolor o abandono, en el que vemos sufrimientos, enfermedades y guerras, en el que a menudo nos sentimos desolados, ha sido tomado en cuenta. Aquí han venido seres divinos como Rama, Krishna, Buda, Jesús. Han pisado nuestro suelo y respirado nuestro aire, haciéndonos sentir asistidos, guiados. Mostrando un camino hacia el desarrollo de la consciencia, irradiando luces, abriéndonos hacia el entendimiento. Presentándonos la eternidad.
Comparten vida con nosotros seres que justifican nuestra existencia y por los cuales daríamos la vida entera, como nuestros hijos, nuestros padres y hermanos, nuestros amores. La naturaleza misma habla y nos muestra su esplendor, sus amaneceres y sus atardeceres, sus mares sus cascadas, el colorido de los animales, el cantar de las aves, el perfume de las flores.
Entonces surgen las artes, la música, la poesía, haciendo presente algo intangible, algo más allá de la densidad de la existencia, quizás nuestra propia esencia. Sentimos entonces que estamos en el lugar indicado, en la mejor posición y en el mejor momento, en el centro del Universo. En otro lugar no quisiéramos estar.
Con nuestras acciones, ocurre lo mismo. Podrían parecer cotidianas, insignificantes o hasta ridículas, algunas veces sencillamente pérdida de tiempo, no tanto si hacen feliz a alguien más.
Otras veces realizamos acciones que parecen ser verdaderas hazañas épicas, trascendentes e inmortales, decisivas para el bien y futuro de la humanidad.
Toda acción, grande o pequeña genera una reacción. Todo movimiento causa un efecto, la vida genera vida. El simple hecho de ajustar un tornillo, asegurar una tuerca, barrer, o colocar algo en su sitio es una acción que pareciera bastante básica y de poca responsabilidad, sin embargo no lo es. Todo depende de la consciencia con que se realice, Ya hemos oído decir “La vida es como una caja de fósforos, prestarle importancia es ridículo, no prestársela es fatal”.
El drama humano, la tragedia y la comedia, la atracción y la repulsión, la confrontación, el principio dual y la polaridad, parecieran existir, si no en el plano más elevado o absoluto, por lo menos en planos superiores al nuestro. Desde siempre hemos escuchado de batallas en los cielos, guerra de Dioses, ángeles caídos, dioses y demonios, etcétera.
Ya lo refiere El Kybalión, antiguo texto atribuido a Hermes Trimegisto, en su segundo principio hermético o principio de correspondencia: “Como es arriba es abajo, como abajo es arriba”.
Todo pareciera indicar que el proceso de ascensión hasta la unidad, hasta la luz clara o el absoluto, la liberación, la fusión, el nirvana o el samadhi, es un camino “largo y tortuoso” y que la paz anhelada, el estado de no acción es absolutamente relativo o solo relativamente absoluto.
Compete pues, lo inmediato, nos ocupa la acción en el presente, grande o pequeña, el aquí y el ahora. Y lo único que determina nuestro tamaño es la consciencia, es ese Ser que nos coloca en la bondad y en el amor.
Esta es nuestra posición como seres divinos, habitar la dimensión de lo justo, de lo que hay que hacer, de lo que dicta la consciencia libre de la ignorancia del ego. Habitar en la verdad, en lo justo.
Nuestra forma es el amor, desde allí, nada más importa.
Fuente consultada: El Kybalion. Tres Iniciados. Editorial Kier. Buenos Aires 1994


Muy hermoso texto,esclarecedor.Gracias.
Muy hermoso texto. Gracias.