Movido por sus libertades, en especial, la suprema no dualidad, Ramana Maharshi, semejaba al aire. Tenue y delicado. No hay gráfica que lo haya incomodado. No es que le gustaba posar, simplemente dejaba que el tiempo transcurriera, y sin ser elemento estético ni mensaje, era un universo lo que transmitía. Mirada fija, de una paciente serenidad, cuando se sentaba a leer, a escribir, lo hacía durante horas. Desaparecía sin dejar de estar.
Apenas tendido, cuerpo y mundo olvidado, conscientemente olvidado, partía en un viaje interior sin dejar de observar al objeto que lo observaba, entonces, retomaba su infinitud y se derribaba ante sí mismo; qué estaría por leer, qué estaría por escribir, qué estaría por ratificar o rectificar, asomándose por entre esos pliegues no tangibles que aquietaban con su luz todo compromiso con la materia. ¿En cuáles profundidades estaba cuando contemplaba el siempre mágico experimento de fundirse con el momento?
Frente a él, jamás fotógrafo alguno, logró despedirse sin que el maestro mirara fijamente al lente. Uno, dos o tres encuadres. De eso, suponemos. Fluía convencido de que el rasgo esencial de la toma era atrapar su reflexivo vistazo. Era como otorgar un privilegio mayor a esa hermosa complicidad. Sí, de brazos cruzados, de pie, sentado, sosteniendo un paraguas, en todas sus formas posibles, solía conectarse con el visor. Y esa mirada no era otra cosa que el esplendor de su consciencia
Fotoleyenda: Maharshi, en el viejo salón del Ramana Ashram, en Tiruvannamalai.


Genial, poder hacer conciencia del presente con cada momento y actividad que te encante hacer para plasmar tu esencia