“Si el verano no canta en ti, entonces nada canta en ti. Y si nada canta en ti, no puedes hacer música”.
Leonard Bernstein
La música solo es música cuando es experiencia, se podría aseverar, recurriendo a la naturaleza intrínseca de la apreciación de la belleza, desde el reconocimiento interno que la hace posible. Deslindada de lo que puede sentirse y experimentarse, la música pasa a ser solo cosas inertes: signos en un papel, impulsos eléctricos, moléculas de aire que chocan, ceros y unos alojados en un disco digital, conceptos, ideas y representaciones, abstracción y separación.
Borges lo expresó así en el poema dedicado a Johannes Brahms, en el cual pone a la música muy por encima de la palabra (si es que tal cosa fuera posible): “Mi servidumbre es la palabra impura, vástago de un concepto y de un sonido; ni símbolo ni espejo ni gemido, tuyo es el río que huye y que perdura.”
Volvemos a lo ya dicho: solamente cuando se produce la experiencia, ocurre el fenómeno de la música, el cual tiene lugar a su vez en un espacio, contenido tal vez en los circuitos internos de la sensibilidad natural y humana, especialmente en el sentimiento, que tanto hemos podido experimentar, cuando la música suena en nosotros mismos.
La música puede ser el estímulo catalizador de una gama amplísima de experiencias internas, desde el nivel más físico, sensorial y hasta instintivo, hasta la elevación de los sentimientos más puros, atravesando todo lo que es humanamente posible: la tristeza, el temor, la alegría, el asombro, la incertidumbre, el alborozo, la celebración, los inicios, los finales, las tensiones, las resoluciones y las paradojas.
Hoy en día, cuando tanto se debate sobre si la música hecha con artificios pseudo inteligentes puede o no igualar a las grandes obras producidas por el ser humano, resulta vital acercarse al fenómeno de la experiencia, impronta distintiva del ser evolutivo, aquel que posee una inteligencia irreplicable. Las obras que puede generar una IA pueden ser asombrosamente ricas, interesantes y estimulantes, pero, nuevamente, ¿quién produce la experiencia?
A partir de un estímulo externo, provisto o no de inteligencia, podemos crear una realidad interior en el lenguaje de la imaginación, el sentimiento, la recordación, la vivencia o la otorgación de significado. Recordemos en este contexto al personaje principal de la cruenta película del director finlandés Lars von Trier: Bailarina en la oscuridad, protagonizada por Bjork, la cantante islandesa que encarna a una operaria industrial que emigra a los Estados Unidos mientras tiene una pérdida visual degenerativa, que estimula su mundo interno de imágenes y sonidos.
En medio de un entorno mecánico industrial, Selma (Bjork) recrea los sonidos que producen las máquinas, para convertirlos en música que suena en su interior: un mundo animado, lleno de vida y emociones que sólo ella era capaz de percibir. El estímulo: máquinas, que, aunque accionadas por seres humanos, carecían absolutamente de intencionalidad musical alguna.
En contraste con estos sonidos, recordemos las obras de música más grandes de todos los tiempos, o aquellas canciones que han perdurado tras generaciones por su capacidad de volvernos a hacer sentir. Por ejemplo, la obra de Bach, dedicada a la Gloria de Dios (Soli Deo Gloria), como producto de su inteligencia e inspiración divinas, mecanismos de conexión con realidades supremas, dispuestas a quienes supieran escuchar.
Sin duda, hemos sentido el arrobamiento de resonar ante las vibraciones de música grandiosa. Pero no para todo el mundo es así. La pérdida de sensibilidad amenaza al ritmo de lo inhumano y la resonancia no se va a dar, así estemos ante las joyas más preciosas de la música que ser humano haya podido concebir. Si el aparato interno se ha amalgamado con las corrientes de la energía artificial, no va a producir nada.
Aaron Copland, compositor, director de orquesta y pedagogo estadounidense, quien dentro de este último rol (el de enseñante), quiso dejar pautado el sendero interno para saber escuchar y salvarnos así, tal vez, del olvido de lo sensible. En su libro: Cómo Escuchar la Música, Copland hace referencia a los modos o niveles de escucha o experiencia musical que identifica en 3 partes:
- Nivel sensorial o placentero. Es la forma más básica de escuchar música, en la cual esta se disfruta superficial y pasivamente, mientras se realizan otras actividades. Corresponde a lo que en el libro de Urantia se dice: “La mayoría de los mortales de Urantia reacciona a la música tan largamente con los músculos materiales y tan ligeramente con la mente y con el espíritu.”
- Nivel expresivo. El oyente se involucra para atender el significado emocional contenido en la música o en su experiencia.
- Nivel musical. El oyente analiza la música y sus elementos. Requiere de conocimiento musical formal para hacer este tipo de reconocimiento.
Copland concluye que la mejor forma de disfrutar de la música consiste en hacerlo desde una combinación de estas tres formas. Yendo aún más allá, la creadora de la Imaginación Guiada con Música, la doctora Helen Bonny, contempla un modelo de escucha que prescinde del análisis musical, enfocándose en la percepción interna de sensaciones físicas, la expresión de emociones y la interacción con el flujo interno de imágenes visuales o asociativas que la escucha de música de forma consciente, puede producir.
A este tipo de experiencias les llamó “viajes”: verdaderas experiencias con significado inherente, movimiento interno y crecimiento psicológico. Por último, recordando a Leonard Bernstein, en su extraordinaria capacidad para expresar el sentido y las cualidades de experiencia codificadas en la música, podemos concluir con dos imágenes: la primera, la interpretación del movimiento Finale de la Sinfonía número 2 de Gustav Mahler (véase el link en las fuentes consultadas).
Y segundo, su respuesta ante la pregunta: “¿Cree usted, que es posible que, a través de la escucha consciente de música, sea posible revertir el orden del proceso creativo?”, ante lo cual, respondió: “¿Y volver al estado en el que el compositor se encontraba cuando la escribió? ¿Yendo allí a través de la música que estás escuchando? ¿Es lo que estás tratando de decir? Supongo que es posible. Es una idea muy mística”.
Fuentes consultadas:
Copland, A. (1994). Cómo Escuchar la Música. Fondo de Cultura Económica.
Bonny, H. (1972). Music and Your Mind. Station Hill.
Bernstein dirigiendo en el final de la Sinfonía Resurrección de Mahler: https://www.youtube.com/watch?v=x8giUJbT9Yg

