“El brillo de esa luz son las potentes / armas con que Alburquerque irá amansando / de Ormuz a los persas, por sus malos valientes / que rechazaron el yugo honroso y blando”.
Lusiadas. Luis de Camões
El futuro está en juego. Las piezas colocadas en el tablero de una partida energética demoledora, con mucha desinformación, por no decir confusión o distracción. Como humanidad, vamos y seguimos a expensas de quienes manejan datos veraces y los ocultan. Las crisis, las guerras creadas, el aumento de los precios del crudo y las maniobras bélicas para acaparar recursos de todo tipo (en especial los energéticos), son hechos que moderan un acontecer que dista mucho de promover beneficios al habitante de a pie de este planeta.
La Primera Guerra Mundial se ganó “sobre una ola de petróleo”; la Segunda Guerra Mundial se fraguó en cielo, tierra y mar. Hoy día las guerras siguen siendo la consecuencia del monopolio energético de esta materia prima -llámese petróleo- tan importante para los gobiernos que ejercen dominio en la Tierra.
Las mercaderías orientales y occidentales, que precedieron las de hoy, comercializaban seda y especias, así como piedras preciosas, perlas, oro, etcétera. El hombre siempre buscó un libre flujo y la expansión máxima de estos comercios, tanto por caravanas terrestres, como por rutas náuticas. Pasó de surtir y proveer su grupo más cercano, a producir más y más para obtener más y más, a costa de su entorno, más allá de su propia parcela.
Su ambición creció, como crecieron las naciones, y los líderes dejaron de servir a su pueblo, para beneficiarse en sus ansias de poder y beneficio propio. Se olvidó de dar para recibir lo justo, se olvidó del deseo de otorgar a imagen y semejanza, y se conformó con el recibir, desde el monopolio y acaparamiento. Eso ha trancado el juego, provocando tensiones muy dañinas para el colectivo.
Desde los tiempos imperiales, aparentemente abandonados en un pasado, se repiten incesantemente estos ciclos creados, con diferentes escenarios, distintos vestuarios y maquillajes, siendo los mismos personajes. El imperio portugués, por ejemplo, el cual se adueñó de la ruta de las especias y la seda, construyó en Ormuz un sistema defensivo de artillería, cuyo vestigio está evidenciado en las monumentales ruinas de la Fortaleza de Nuestra Señora de la Concepción de Hormuz. El poderío obtuvo un gran apogeo, aunque también manchado por el tráfico de esclavos.
Se dice que el nombre de esta isla y de este estrecho es una derivación de Ahura Mazda, deidad zoroástrica que derrota con sabiduría al mal. Por otro lado, se adjudica a un dialecto persa o al término griego hórmos que significa “puerto” o “bahía”. Lo que sí es cierto es que este estrecho es una vía fluvial vital por la que circula un tercio del gas natural licuado del mundo, así como, al menos, el 20% de la producción mundial de petróleo.
Esta estructura natural, formada por la naturaleza hace millones de años, proporciona el único paso marítimo que conecta el Golfo Pérsico con el océano abierto. La estrechez natural en este punto del planeta podría ser una metáfora perfecta de la estrechez que se produce en el cerebro humano cuando las funciones neuroconductuales se ven afectadas, especialmente si hay bloqueo en algún punto.
De hecho, hay una zona en el cerebro que regula obsesiones, compulsiones y estrechez mental. Lo explica muy bien la médico psiquiatra Marian Rojas Estapé en su libro Cómo hacer que te pasen cosas buenas, cuando dice:
“Existe una zona en el cerebro encargada de las obsesiones, compulsiones y rigidez mental. Es el giro cingulado. El doctor Daniel Amen compara esta zona del cerebro con el cambio de marchas de un coche antiguo. Un correcto funcionamiento de esta zona del cerebro implica poder cambiar de marcha —de idea, de foco de atención— con facilidad. Cuando nos quedamos enganchados en una marcha —en una idea—, el coche no funciona bien y se produce mentalmente lo que denominamos una obsesión”.
El sistema cingulado hace las veces de “sistema de paso” entre el sistema límbico (emociones) y la corteza cerebral (cognición). Este sistema nos equipara con los animales (funciones del hipocampo y amígdala), y nos diferencia de ellos, a su vez en la capacidad de razonar, planificar, realizar abstracciones conceptuales, etcétera, funciones cognitivas superiores que se ubican en el neocórtex.
El giro cingulado, causalmente, posee una forma arqueada, muy similar a la forma que tiene el Estrecho de Ormuz en su vista satelital. La situación de inestabilidad en esta zona es también una metáfora de lo que un desequilibrio podría generar en un sistema entero… alto al fuego, aperturas, cierres, bloqueos, tensiones, ataques, incautaciones, inseguridad en el libre tránsito, aumentos en el precio mundial del petróleo.
Ni nombrar las disfunciones en el sistema humano, cuando se atrofia el giro cingulado.
La guerra iniciada el pasado 28 de febrero evidencia la fricción humana producto de esa obsesión que se nutre de la incapacidad de ver más allá de una única postura, que más que fortalecer, debilita. Ya no es razón, es temeridad, imprudencia. Esta metáfora psicológica de la rigidez mental, allende una inconsciente realidad geopolítica -a manera de cuello de botella del comercio mundial- explora las ideas cerradas que procrean el conflicto. Son rituales de control, poder y dominación que dibujan un Ormuz mental y condicionan toda instancia de diálogo, aunque se juegue a la paz. El pensamiento cerrado condiciona el ego de los agentes que intervienen en la estrategia del miedo.
En definitiva, Ormuz es el mapa de nuestras mentes cerradas.
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