“Una generación que no soporta el aburrimiento será una generación de escaso valor”
Bertrand Russell
Solemos considerar como una señal positiva de nuestras actitudes el sentirnos con ánimo para funcionar en la cotidianidad. Se evidencia en la disposición y el ímpetu con el que abordamos nuestras dinámicas, desde las más repetitivas que configuran las rutinas hasta las actividades esporádicas.
Aunque no todas clasifican como experiencias que disfrutamos o nos propician sensaciones agradables que buscamos repetir, nuestras necesidades conllevan el hecho de que el ser humano debe propiciar acciones para lograr satisfacerlas.
Sin embargo, la vida no va únicamente en perspectiva de esto y en la gradual activación de la conciencia y progresiva búsqueda de sentido, vamos reconfigurando nuestros intereses y gestionando la motivación asociada en proporción de estas experiencias.
Y en el caso de la expectativa y la necesidad de satisfacción, lo que hay que hacer para conseguirlo puede ser aceptado y adoptado, aunque no sea en esencia interesante, ya que subyace la motivación de conseguir algo y podemos aceptar cierta incomodidad para lograrlo.
En este orden al no quedar más que adaptarse para funcionar en medio de sistemas de organización que no necesariamente escogimos pero que nos tocaron por dinámicas externas a nosotros, la actitud podríamos decir que la elegimos a modo de sostenernos emocionalmente al situarnos desde una disposición afable hacia nuestra realidad.
Pese a la diversidad entre la especie humana, un común denominador respecto a nuestro comportamiento tiene que ver con la forma en que nos movemos hacia la consecución o preservación de situaciones, personas o cosas donde está centrado nuestro interés.
En contraste hay una emoción que, si la abrazamos y le damos un valor, entra a modo de reguladora y es más positiva de lo que parece. Se trata del aburrimiento, por lo general evitado y condenado, aunque tan estratégicamente necesario para forjar nuestro carácter en aspectos virtuosos como la tolerancia a la frustración, la capacidad de esperar y la autonomía, entre otros.
Aunque lo asocian con falta de concentración, interés y motivación; podría considerarse un condicionante que nos mantiene alertas y evita que en nosotros el transcurrir del tiempo se desatienda, obligándonos a reconsiderar nuestro presente para llenarlo de mayor sentido.
De no reinterpretar en nosotros lo virtuoso que tiene esta emoción, daremos razón a Bertrand Russel cuando señalaba que “Una generación que no soporta el aburrimiento será una generación de escaso valor”. Sobre todo, porque la persona no podrá desarrollar capacidad adaptativa que le permita participar del presente con el entusiasmo que nos da un ánimo equilibrado.
Sumado a que, si permitimos que eche raíces en nosotros, pueden llegar a configurarse procesos crónicos como la apatía que es una degradación donde perdemos la capacidad de conectarnos con nuestras emociones, siendo este el extremo de un aburrimiento negado y mal gestionado.
La clave parece estar en ubicarnos desde un encuadre constructivo, sobre la base de la autobservación, partiendo de una apertura para indagarnos y redefinir nuestro propósito asegurándonos un impulso, un ímpetu que nos lleve a repuntar con fuerza y determinación nuestra existencia, con todo lo que conlleve, y sabiendo que todo nos será dado en correspondencia exacta.
Fuentes consultadas


Excelente artículo, hoy día desde niños hasta adultos viven aburridos y no saben cómo salir de ese marco.
La naturaleza ofrece un abanico de ambientes que nos ayudan a gestionar el aburrimiento.
El compartir con familiares, amigos, comunidad, servir.
Gracias Gracias Gracias