Raimon Panikkar (1918- 2010), fue un conocido filósofo, teólogo y escritor español, de descendencia catalana-hindú. Su filosofía buscaba transformar la religiosidad occidental impuesta como única alternativa por una que entendiera la grandeza de las enseñanzas milenarias. Panikkar, desarrolló una filosofía llena de textos, cartas y pensamientos que integraban a la humanidad en una sola. En su apartado El Discurso sobre Dios del libro Mística y espiritualidad, este filosofo nos lleva a entender como acercarse al Dios dentro de la mística de las religiones y conocer su grandeza través del corazón más puro.
La experiencia de la humanidad, expresada a través de innumerables tradiciones —tanto orales como escritas—, ha llamado a lo que solemos denominar «Dios» con muchos nombres y, casi unánimemente, ha nombrado y entendido a Dios como símbolo, como nombre, no como concepto. El origen sánscrito de la palabra «Dios», dyaus (dies, día), evoca lo que resplandece, la luz, la divinidad (como en griego θεός, theos). La luz permite ver y da la vida. No sin motivo el sol se acepta universalmente —también en el catolicismo— como uno de los símbolos divinos. Hay una política terminológica, y hoy día los medios de comunicación ejercen un influjo considerable sobre el poder de las palabras. Hay muchas concepciones sobre el significado de la palabra «Dios», y nadie tiene el monopolio de su sentido. Más de una vez he pensado si no sería saludable una moratoria sobre este nombre. No teniendo el poder para hacerlo, la utilizaremos sacándole el mayor partido posible, apoyados en la sabiduría ancestral de una gran parte de la humanidad. Este breve escrito no es sino una meditación sobre el sentido que aún pueda tener esta palabra tan usada y de la que tanto se ha abusado. Si algún lector es alérgico a este nombre, le invito a cambiarlo y ver si por casualidad nonos referimos a una misma cosa.
En las nueve proposiciones siguientes no se pretende decir nada sobre Dios, sino tan solo identificar el lugar donde el discurso acerca de Dios puede tener sentido y resultar fecundo para vivir una vida más plena y libre. La cuestión sobre Dios no es primariamente la cuestión sobre un Ente, sino la cuestión sobre la realidad. Si «la cuestión sobre Dios» deja de ser la cuestión central de la existencia, ya no se trata de la cuestión sobre Dios y esta se desplaza hacia la problemática que ha ocupado su lugar. El objeto de nuestro discurso no es si existe Alguien o Algo con estos o aquellos atributos. Nos planteamos la pregunta por el sentido de la vida, el fin del planeta, la necesidad o no de un fundamento; nos planteamos, sencillamente, la pregunta sobre aquello que para todos es la pregunta última, o sobre por qué no la hay. He aquí las nueve tesis.
NO SE PUEDE HABLAR DE DIOS SIN UN SILENCIO INTERIOR PREVIO
Toda disciplina parte de unos presupuestos epistemológicos que le permiten acercarse al campo que le es propio. Al igual que para detectar un electrón se requieren sofisticados laboratorios y complejas matemáticas, así también para hablar de Dios se requiere, como método adecuado, la pureza de corazón que sabe escuchar la voz de la trascendencia (divina) en la inmanencia (humana).
Sin pureza de corazón no solo no es posible «ver» a Dios, sino que tampoco es posible darse cuenta de qué se está tratando. Sin el silencio del intelecto y de la voluntad, sin el silencio de los sentidos, sin la apertura de lo que algunos llaman el «tercer ojo» —del que no solo hablan los tibetanos sino también los victorinos—, no es posible acercarse al ámbito en que la palabra «Dios» puede tener sentido. Según Ricardo de San Víctor, hay tres ojos: el oculus carnis, el oculus rationis y el oculus fidei.
El llamado «tercer ojo» es el órgano de la facultad que nos distingue de los demás seres vivos porque nos permite acceder a una dimensión de la realidad que trasciende, sin negarlo, lo que captan el intelecto y los sentidos.
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La pureza de corazón entiendo como el actuar sin ego que deforma la realidad, que la encubre. Cómo se puede llenar un vaso que está lleno si no es previamente vaciado?