La forma como nos aproximamos a otros está mediada, gran parte de las veces, por la idea que nos hacemos a partir de percepciones externas en principio. De donde viene, su aspecto, formas de comportamiento y de vestir parecieran dar indicios de algo en las personas que creemos nos dice algo, pero no necesariamente.
Socialmente se añaden elementos a esta interpretación sin elementos reales y al estereotipo le sumamos en pro en contra los apellidos, el nivel de estudios, el oficio o profesión, el lugar donde vive, sin darnos cuenta con cuánto prejuicio nos limitamos a conocer al otro.
Esto deriva en apreciaciones aparentes que nos llegan a dar sorpresas porque la realidad de eso que pensamos era, puede ser tan abruptamente opuesta que asusta o sorprende hasta avergonzarnos de nuestra errada postura hacia el otro.
Eso de que “El hábito no hace al monje” nos encuadra justamente en esta ocasión. Cuantos hábitos construyen aparentes roles con impensables fines solo porque socialmente se les ha otorgado poder y respeto, asumiendo que quien lo lleve representa únicamente el mayor valor y virtud que se presume.
Vocaciones religiosas, espirituales y dinámicas profesionales perfilan a las personas que las ejercen con cierto halo de grandeza irracional ya que no se está viendo el contenido sino el aspecto del quien lo ostentas, y bastante es el trecho entre uno y otro.
Lo que se es, el cómo se vive y desde dónde se ejerce un rol, presume coherencia, consistencia y credibilidad, es algo integrado y que debe ser tan evidente que no requiera explicarse. Lo contrario produce daños de magnitudes impensables, al transgredir sin reparo, normas humanas y leyes universales a partir de acciones inconscientes fruto de desajustes no atendidos.
En la otra cara de la moneda, cuando hablamos de que ¨El hábito no hace al monje” encontramos sorpresas que se atesoran por la sencillez de quienes siendo tanto, pretenden poco y nos logran transmitir pureza, simplicidad y grandeza de mente y de espíritu.
Vestidos de seda, lana o algodón; acicalados o con poco color, nos brindarán sabiduría, compasión y desde su verdad sentiremos que nos abrimos a la nuestra. Con cuanta dignidad los encuentra uno, hasta conmoverse. Son escasos en esta masa tan repetida de estereotipos que incluso pueden representar alguno más no emular y por eso al confundirnos, no los reconocemos.
Dando un paso hacia lo esencial en esta reflexión, debemos aprender a mirar desde un lugar diferente, con otros lentes que nos permitan enfocar desde nuestra verdad para ver al otro y relacionarnos desde el respeto y la comprensión, sin importar el hábito que lo viste y evitar asumir lo que no es.
No son tiempos de engaños, y la masa está absorta en interminables interacciones por demás ya virtuales que, con un frenetismo evasivo, nos dejan con menos herramientas para adelantar esa fascinante experiencia de conocer y sentir al otro.
En todo caso, el balance debe darse en perspectiva de lo que a través del otro ser humano aprendo, reflejo y crezco.


Me encantó la reflexión 😊 muy acertada, gracias