La vida cotidiana se ha tornado cada vez más demandante de nuestra dedicación para producir los medios de vida, y lo que pareciera agilizar la tecnología para hacer las tareas de forma más eficiente con la promesa de contar con más tiempo disponible, no constituye en sí un logro sino una falsa sensación de capacidad mal ejercida desde nuestra libertad.
Nos atrapa la idea de cumplimiento, de respuesta externa y sin darnos cuenta las jornadas diarias se convierten en una trampa dulce donde creemos que es lugar correcto donde libamos el néctar que nutre, sin darnos cuenta de que poco se obtiene en cuanto la verdadera razón de vida cuando entretenidos hemos olvidado vivir de manera consciente.
Estamos tan imbuidos en el modelo de productividad de las sociedades modernas que el tiempo libre se concibe como ese lugar del día en que dejamos de cumplir con las llamadas “obligaciones” para hacer cualquier cosa con la cual pasar el tiempo. Nada más lejos de lo esencial para el alma, que ante el peso del sistema lo que más necesita es reconfigurar el mapa interior alineando propósito y meta.
Por esa vía de inspiración nos acerca de forma provocadora Henry David Thoreau en su obra Flores Silvestres al develar una verdad experimentada por él desde el estilo de vida que ejerció en total consciencia, exponiendo que “Ninguna riqueza puede comparar el indispensable tiempo libre, la libertad y la independencia que constituye el capital de esta profesión. Sólo se obtienen por la gracias de Dios. Se requiere de un designio directo del cielo para llegar a ser un caminante.”
Y se refería a la acción de caminar -ojalá entre la naturaleza o en lugares ambientados al menos para remembrarla – como un asunto esencial que debe ejercerse a modo contemplativo para que cumpla la función real que va más allá de únicamente mover el cuerpo y ejercitarlo, sino como un deber diario de conexión e integración.
Entregarse al camino configura un estado interno donde la persona experimenta un tipo de peregrinaje en el que se aspira deliberadamente llegar como lugar sagrado, a un encuentro íntimo de reflexión en movimiento en el que es posible reconocer mejor cómo nos sentimos y desde ahí cómo seguimos.
Ese lugar al que se dirige el caminante está realmente en su interior y desde ahí la proyección externa acompañada de la acción de caminar es la analogía práctica de ponerse en movimiento para recorrer-se, recordar-se, reconocer-se como una parte del todo, y es por lo que ese deambular evolutivo da frutos al caminante.


Saludo cordial
Muchas Gracias por el compartir…
Gracias, me deja resonancias internas.