“Debo crear un sistema o ser esclavizado por el de otro hombre. No razonaré ni compararé, mi tarea es crear”
Jerusalén – W.B
Dentro de esa demarcación que nos anima a ser lo que impone el mundo interior y el mundo exterior, hay un impulso, quizás la combinación de ambas fuerzas, que nos ubica en el sitio exacto como si se tratara de un postulado cósmico, o una ruta divina ya andada, que va como cincelando el espíritu, la personalidad, el carácter, y que por más acertado que seamos, no sería eso lo que nos define. Vamos estructurando, pero también, desestructurando, e imaginando.
Algunas veces esa urdimbre de actos, de buenas acciones, buenos oficios, va nutriendo la leyenda. Es el caso, en primera instancia, del poeta e ilustrador británico, William Blake, un alma mítica, quien cumple este 28 de noviembre, 264 años de nacimiento. Arribó a este plano en Londres en 1757 y se despidió a los 69 años, en 1827, en la misma ciudad londinense.
Método y lenguaje propios. Ese es la fascinación que envuelve a Blake. Su perspectiva del mundo merecía un discurso esencial, a pesar de que ese genio estuvo mucho tiempo en la sombra. Libros proféticos, iluminados, bordando una realidad ontológica de una densidad estética formidable. ¿Acaso su andamiaje mítico, su ethos particular, no encierra toda esa espumosa invención literaria que plasmó en sus publicaciones? El libro de Urizen (1815) fija un canon. Blake se eleva en la palabra, en el sentido en que se rebela, y esa misma fuerza, la transmite a sus ilustraciones, esos 27 dibujos que drenan una pasión por la libertad y el significado de la vida.
William Blake se salvó de William Blake. Su agudeza supo protegerse del alambrado que le fijó su familia. Sí, Chesterton, en el brillante relato biográfico sobre el temperamento de Blake, señala que se le inculcaron modales “y moral del modo acostumbrado, pero nadie pensó jamás en educar su imaginación, la cual probablemente se salvó gracias a ese descuido”. Cuando el joven miraba o sentía más allá de lo humanamente aceptable, su madre lo castigaba, como cuando dijo haber visto al profeta Ezequiel, sentado bajo un árbol. Visiones, las tuvo, según los especialistas en su obra.
Lo primero que se fijó en la psique del adolescente Blake fue la Biblia. Aproximarse al poeta, al ilustrador, al pintor, es hallarse con un planeta recargado de símbolos. Cuando experimentó con la técnica del aguafuerte, encontró un aliado estético de valía. De modo, que las también denominadas impresiones iluminadas, se presentaban con los textos, y el verdor o resplandor de la obra, era superlativo. Su imaginación no solo era desbordante, como poeta, sino que también la plasmaba en sus pinturas, con fantástico acabado, como dejando en el sujeto la última interpretación y el inquietante análisis. El Infierno de Dante, Abel, Nabucodonosor, tres imperecederas obras de arte -entre muchas otras- de una alucinación turbadora. “Decía lo que veía”, según Elías Canetti.
Para muchos, un poeta incompresible, y más incomprensible aún que tuviera esas conexiones visuales con demonios, dioses, ángeles. Es inevitable citar a su esposa Catherine -la analfabeta que firmó con un X el acta de su matrimonio, y que luego Blake, enseñó a leer y a escribir- quien en una ocasión dijo que veía poco a su esposo. “Siempre está en el paraíso”.

