De acuerdo con San Agustín, el alma nunca querrá ser cuerpo. Porque todo su impulso hacia el cuerpo “es o para cuidarlo o para vivificarlo o para que se organice de un cierto modo, o para cuidarlo de alguna manera”. No se discute su inmortalidad, que es en sí misma un atributo inmanente. Sin embargo, dados los vaivenes de la actualidad social, el armatoste de la inconsciencia instalado en la psique de la humanidad es apenas una muestra de cómo hemos deteriorado el alma al punto de anestesiarla. Eso sí, la indolencia no destruye la sustancia del alma, pero sí bloquea su facultad de percibir.
Aunque el término alma resulta muy ambiguo, o anfibológico, como dirían los estudiosos del lenguaje, la naturaleza del hombre no es menos confusa, en especial cuando, una vez más, percibimos en perspectiva, que el dominio de la sinrazón es categórico. ¿Dónde mora el calor vital del hombre contemporáneo que sigue menoscabando dignidades sin otros objetivos que el placer del poder?
El alma como principio de vida, el atman -según los vedas- es puro e indestructible, haga lo que haga el sujeto, siempre lucirá incorruptible. No obstante, la indiferencia de este en su configuración existencial, su negación absoluta a través de Maya, hace que el alma se insensibilice. Termina atada en la ignorancia espiritual, queda nublada. No puede ver la divinidad en sí misma ni en el otro. Es un espectáculo doloroso si tomamos en cuenta que allí no opera la razón.
Así, en las voces nefesh (hebreo), nefs (árabe), atman (sánscrito), pneuma (griego), animus y anima (latín), todos debidamente encarrilados al hálito, exhalación o aliento, acaso realidades distintas con un solo fin: recordarle a la materia su origen eterno y mantener encendido, aun en medio del ruido del mundo, el impulso incesante de retornar a la Unidad. No es una escalera al cielo, ya que ese recurso, aun estando, el hombre lo ha separado de su esencia. El caos, o confusión, que nos abruma diariamente, es el efecto directo de esa separación. Donde no hay discernimiento prevalece la inconsciencia, y sobre ella, un ritmo de vida que hemos normalizado como un infinito esbozo existencial que no termina de convencerse de su estado divino.
¿No estamos copiando, de alguna manera, el relato social de Almas Muertas, de Gogol? Si el autor ruso recorriera hoy el planeta, probablemente, no necesitaría cambiar el título de su obra. La ratificaría sin consultar al editor. ¿Cuándo no ha habido almas muertas? Cruzadas con radiante énfasis en la IA, oprimiendo y siendo oprimidas por la carrera armamentista y los ardides de las farmacéuticas ni hablar del crimen organizado y el estatus de Estado que mantiene en algunos territorios. Alma que no cavila, adormecida, fiel retrato de aquellos terratenientes rusos.
Hay algo insoslayable: habría que rendir cuentas en otros planos, allí donde la densidad de la materia ya no puede cambiar de ropaje, de disfraz, es decir, camuflar nuestra indolencia. El breve repaso del mito egipcio de la psicostasis, nos recuerda que el corazón del hombre —el contenedor de su conciencia— será pesado en una balanza divina contra la insoportable ligereza de la pluma de la diosa Maat, símbolo de la verdad y el orden cósmico. ¿Qué peso arrojará el alma de estos primeros 26 años del siglo XXI en esa báscula infalible? Si ha vivido sumergida en el letargo, en sistemáticos conflictos, taladrada por el poder, desatenta del dolor ajeno, su propio lastre la hundirá; si se ha mantenido despierta, mantendrá la levedad de lo sagrado.
Abrimos con San Agustín y cerramos con él. Porque en toda turbulencia interna —en el formidable juego energético de las frecuencias— hay errores y aciertos, karma y dharma, o si se quiere, armonía universal y consecuencias de la inconsciencia arrojados en la memoria tras años y años de roce con la materia. Unos destinos que contrarían el propósito y la verdad; otros, la respaldan y potencian. Entonces decía el teólogo y filósofo cristiano que “el alma se mueve por sus amores: Amor meus, pondus meum, mi amor es mi peso».
