Sentir India. Que te invada su elevada impregnación. Que no vaciles ni un instante su abrazo de luz. Y hay viajes que alteran. Es mucho más de lo que ves. En el reino de lo tangible, de la cosa vulnerable y vulnerada, este territorio no pertenece a este mundo. Si un lugar te brinda amparo en su definición más simple, más allá de lo hostilidad que es moneda corriente en la anécdota del turista ordinario, si el contexto te sitúa en un espacio espiritual de elevada frecuencia, si lo que respiras es amor y autocontrol, si el testimonio de vida te alienta a percibir aspectos jamás experimentados y, sobre todo; si buscas estar y ser. Nada en el mundo como India.
Hay en este territorio una doble conjunción de elementos cuyo aporte a tus formas de percibir la vida dependen del nivel de conciencia que te asiste. De quedar encantado por la profunda diversidad que se ofrece en las tiendas, como la indiscutible armonía que se encuentra en las calles, o, si tu aquí y ahora te permite, el hallazgo de convivir con la auténtica pluralidad del hinduismo, su fascinante visión de mundo, y en especial, la sempiterna conjunción, y no menos enrevesada, entre dos culturas; el Sanatan Dharma y el Islamismo.
Pero si el surrealismo es lo que está por encima del realismo y, además, manifestada en toda la expresión del inconsciente, el ambiente místico que es inherente a la vasta conciencia védica, disuelve todo fundamento de superioridad que acuse el siempre pusilánime pensamiento occidental, canon y academia incluidos, con toda la carga, en modo alguno original, de su raciocinio el cual ha sido la paradoja existencial del mundo antiguo, moderno y contemporáneo.
Dos ejemplos que desmontan ciertos atrevimientos sociales cuando no somos capaces sino de situarnos con los rudimentos del deseo y los atavismos. Caminar por las calles de Varanasi, y contemplar la energía del Ganges son actos que revelan un estado de entrega, de plenitud y fascinación. Son obras de amor que no tienen nada que ver con las postales, documentales y otras variantes del mercado de la información.
Visitar Varanasi, resguardando tu sutilidad, las enseñanzas de tu Gurú, convencido a través de tus acciones que la visita no es la visita a un mundo cualquiera, atendiendo la mirada a ese cosmos que no alcanza tu visión terrena, envuelve un aprendizaje único y esencial en la vida de cualquier ser humano que se precie de ser espiritual. Pero hay más, mucho más, infinitamente más, eso que mora en el Ashram, en el Shaktiananda Babaji Foundation. Una estación excepcional.
Uno siente que la peregrinación es como habitar un espacio de luz donde la mente y los sentidos son susceptibles de ser dominados. Vas a los templos, haces fuego, te introduces en una cueva, meditas, te sumerges en el Ganges, lo navegas en un barco, caminas sus orillas, deambulas por los ghats, las ceremonias captan tu vigor y tú las captas a ella; todo es un intercambio de memoria, de energías, un juego de reconocimientos.
La experiencia en India supone un abrir de ojos y su batalla interna para que esa mirada no se pierda en la cotidianidad cuando retornes; en el mal entendimiento que siempre nos roza la cabeza como la Espada de Damocles sin saber que la imagen no es otra que nuestra propia inconsciencia.
Por un momento te libras de ese cautiverio material. Cuando te desplazas por las angostas calles de Varanasi, comprendes que el hombre ha sustituido su naturaleza divina por un futuro que contradice su invención. Busca un reacomodo. Busca justificarse. Tomas un chai en la calle, con aquella atmósfera pesada que advierte contaminación pero que si te preocupas tanto ni sientes ni padeces. No vives. Una ciudad sagrada es más que una ciudad sagrada; es un portento de luz que te admite en sus entrañas porque te reconoce.
Y todo es a petición de tu ser. De lo magnánimo que mora en ti. Subir a un Tuk-Tuk o Rickshaw, por nombrar algo infalible en tu acercamiento a la ciudad, y observar lo fugaz y lo inesperado de ese traslado de un lugar a otro, pone al descubierto tu carácter. Lo conveniente es dejarte ser.
Que todo fluya. La gran reverencia es hacia ti. Tu Gurú siempre sabe en qué andas, qué haces allí; por qué estás como estás. Nada escapa a la supraconciencia, al agudo juicio de Mataji Shaktiananda.
Luego de estar y de ser de alguna forma, el destino te cita, te invoca; empieza ese devenir a recordarte lo fantástico de la estadía, la importancia del hallarse y frecuentarse, lo invulnerable de tu voluntad, en rigor, la necesidad de volver para seguir agitando la conciencia.

