“Yo que soy un intruso en los jardines
que has prodigado a la plural memoria
del porvenir, quise cantar la gloria
que hacia el azul erigen tus violines.
He desistido ahora, para honrarte
no basta esa miseria que la gente
suele apodar con vacuidad el arte.”
Fragmento de “A Johannes Brahms”
de Jorge Luis Borges.
Haciendo alusión a los jardines de la plural memoria del porvenir, Borges conjuga todo tiempo, el infinito, en una expresión que alude, al mismo tiempo, a la experiencia individual y colectiva, lo que se recuerda, lo que se sabe y lo que nos constituye. Y si se prosigue en la lectura completa de este poema, dedicado al gran compositor alemán, veremos cómo ubica en un lugar mucho más elevado a la música, que, como lenguaje, sobrepasa las limitaciones de la palabra:
“Mi servidumbre es la palabra impura,
vástago de un concepto y de un sonido;
ni símbolo, ni espejo, ni gemido,
tuyo es el río que huye y que perdura.”
La memoria, asunto tan marcado por las vicisitudes del tiempo, los desórdenes de la informática errada, el perenne autocastigo por las acciones que en tiempos pasados cometimos, los sinsabores de la melancolía, las añoranzas por lo vivido, las alegrías pasadas, es como ese río que huye y que perdura, ardid del compositor inspirado que roza los mundos de los devas. Ese reservorio de información, que para Freud fuese personal y para Jung, colectivo, parece guardar una inusitada relación con los conductos atemporales que la música suele abrir. Ha sido bien estudiada por la neurología la capacidad que tienen las canciones para permanecer en la memoria, pudiendo llevarnos de vuelta en el tiempo en un viaje interior que recrea imágenes, palabras, ideas, emociones y hasta sensaciones tan corporales como el olfato, el gusto y el movimiento. La música es un poderoso integrador neurológico, una de las actividades humanas que más áreas del cerebro activan a un mismo momento: estructuras motoras, de lenguaje, emocionales, de memoria, atención y creatividad.
No en vano es tan difundida su aplicación terapéutica en el tratamiento de enfermedades y trastornos del lenguaje, la atención y la memoria. Y es que resulta tan significativa nuestra relación con la música, que realmente pasa a formar parte de la banda sonora de nuestras vidas.
Ahora, a modo de propuesta práctica a partir de lo expuesto, construir una playlist a modo de autobiografía musical suele ser un recurso terapéutico que cualquier persona puede llevar a cabo, con el propósito de recabar en los archivos de la memoria. Más que intenso puede ser el proceso de recopilar y escuchar las canciones que asociamos a cada periodo de nuestras vidas, iniciando por la música, sonidos o incluso audios de comerciales que estaban presentes en nuestros primeros años de vida, puede resultar un gran catalizador para traer al presente, fragmentos o bloques de memorias que estaban adormecidos.
Las canciones infantiles de la primera infancia, o la música que papá y mamá escuchaban los fines de semana. Los comerciales de televisión o alguna canción de cuna. Los coros infantiles, las canciones de la escuela, la música preferida de algún familiar o cuidador importante. Luego, recopilar la música de la adolescencia y las etapas adultas va a desencadenar otro tipo de recuerdos, emociones y sensaciones que mucho bien nos hace poder volver a reconocer en el momento presente.
Este proceso puede significar una especie de viaje en el tiempo, que inevitablemente va a conllevar variedad de emociones, sensaciones, ideas, cuestionamientos, gratificación o melancolía. Por lo tanto, es recomendable hacerlo en conjunción con una intención de desarrollo de conciencia, ojalá con la guía de un Maestro, la práctica de meditación y yoga. En otros casos, con la compañía de un terapeuta, o la aplicación de recursos de integración como la escritura.
Como sugerencia, es preferible abarcar bloques de edad cada 7 años, para que el ejercicio no se torne demasiado largo. Además, seleccionar 1 o 2 canciones por bloque sería suficiente para traer toneladas de material guardado a la luz de nuestro momento presente.
Compartimos algunas ideas que pueden servir para llevar a cabo este ejercicio de autoconocimiento y actualización que puede llevarse a cabo mediante la autobiografía musical:
- Saber elegir las canciones que más han marcado lo vivido, de forma intuitiva, sin raciocinio que inhiba, recopilándolas en un medio elegido para su reproducción. Pueden incluirse sonidos no musicales o audios comerciales de la época.
- Sintetizar por escrito la significación personal de la música, ya sea por la letra, por la instrumentación o por ambas, comprendiendo las emociones asociadas a cada música, al reconocerlas dentro del momento de vida que representa.
- Asociar estas emociones a las necesidades afectivas de ese momento de vida e identificar de qué forma podrían estar presentes en la actualidad.
- Desarrollar un plan de trabajo y transformación a partir de los aspectos identificados en la escucha y observación propia.
Como lo expresó Albert Einstein: “Siempre pienso en música y la música llena mis sueños de día. Puedo ver mi vida en términos de música y de ella saco gran parte de mi alegría.”
Fuentes consultadas:
Mateos-Hernández, L. A. (2007). La autobiografía musical como estrategia psicopedagógica para la supervisión personal de musicoterapeutas en formación.
Borges, J.L (1976). A Johannes Brahms. La Moneda de Hierro. Editorial Sudamericana.
Pink Floyd: Live at Pompeii. https://youtu.be/CHOza45c57w?si=XRbF6-t_FMTI-3kW


Gracias Santiago ONS. No soy músico, pero la Música mueve cada una de las corrientes internas de mi cuerpo y mi Ser. En mi camino de autoconocimiento me he dado cuenta que los Maestros me hablan a través de los sonidos y las vibraciones. Tan solo iniciar el ejercicio de los 0-7 años me estallo la mente y el corazón. Agradecido eternamente por intensión, por tu vibrar y por tu devoción.