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ESA LUZ ORIENTADORA QUE SEGUIMOS

by upaninews
julio 30, 2026
in Autores Universales
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ESA LUZ ORIENTADORA QUE SEGUIMOS
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Seguir los pasos de quien sabe, de quien provee, de quien resguarda, y de quien hace que esa luz interna que mora en ti, y que desconoces, sea la brújula que allane la ruta que conduce hacia la Unidad. Hablamos del Gurú. El Swami Brahmananda (1863-1922), aventajado discípulo de Sri Ramakrishna, escribió un enjundioso ensayo que tituló “El Gurú”, y que ofrecemos íntegro. El texto forma parte del libro “El mensaje de Sri Ramakrishna”, el cual reúne varios artículos redactados por esos grandes seres -discípulos directos- que estuvieron cerca del místico bengalí, tal como los swamis Vivekananda, Saradananda y Turiyinanda. Brahmananda perteneció a una familia aristócrata y su nombre original fue Rakhal Chandra Ghosh. Al morir su maestro se convirtió en pari-vrajaka (mendigo) y 15 años después, Swami Vivekananda le pide que deje de mendigar y que se incorpore al monasterio de Ramakrishna.

El Gurú

En la época actual encontramos inquietud religiosa casi por todas partes. Hasta la gente bien instruida y que sabe inglés dejando a un lado su ateísmo, participa en algún movimiento religioso u otro. Entre los buscadores religiosos encontramos personas de diversa naturaleza. Algunos dicen: «Seguid la costumbre general, recibid la iniciación por el Gurú de la familia, pasad el rosario, haced austeridades religiosas, y podéis estar seguros de realizar a Dios. No hay que renegar del Gurú de familia; es un gran pecado hacerlo. Por esto, recibid la iniciación de ese Gurú, cualquiera sea su carácter, y cumplid los ritos religiosos como mejor podáis”.

Quienes sostienen esto, adoptan el mismo método.

A veces leen o escuchan el Mahabharata o los Puranas y algunos de ellos también leen los Tantras. Otros, a su vez, leen por sí solos algunos de los sastras. Hoy en día se cuenta con traducciones del Guita, los Puranas, los Upanishads, los sutras del Vedanta, la Filosofía del Yoga, etcétera. Con la ayuda de estos libros, o a veces, la asistencia de un erudito, hacen lo posible para captar el sentido profundo de los sastras.

De éstos, escogen algún método espiritual que armoniza con su temperamento y hacen las prácticas correspondientes. No reconocen la utilidad de tener un gurú, o bien si la reconocen, no lo consideran absolutamente necesario. Algunos, por otra parte, no prestan ninguna atención seria a esta cuestión; entre ellos, hay quienes sostienen: «Si no podéis hallar un Gurú Siddha (vale decir, que ha realizado a Dios), poco importa si tenéis uno o no. Cuando encontremos uno en esa condición, lo aceptaremos como nuestro Gurú”.
Algunos de entre éstos buscan la compañía de sádhus y otros no hacen nada. «Dios es omnisciente; os escuchará seguramente, si le rogáis. Os dará cuanto necesitéis; entonces: ¿qué necesidad hay de un Gurú externo?».
Esa es la opinión de algunos otros. En cambio, los que sostienen lo contrario, dicen: «Nada puede lograrse sin un Gurú, pero no sirve uno cualquiera; ha de ser un Siddha Gurú». Los que han sido iniciados por el Gurú de la familia y cumplen los ritos religiosos conforme a las costumbres prevalecientes, cuando preguntados acerca de su progreso, invariablemente contestan que se limitan a seguir las instrucciones de su Gurú y no saben si progresan o no.

«¿Habéis alcanzado la paz mental?»

—»No, ni eso», es la respuesta. Además, se nota que su amor por Dios no crece día a día. De la atracción que sobre ellos ejerce la lujuria y el oro, ni una jota de ella sienten por Dios. De estas opiniones contradictorias surge la pregunta de si un Gurú es indispensable de cualquier modo para nuestra elevación o para llevar una vida religiosa, y si tal necesidad es absoluta, vale decir, si es completamente imposible lograr la salvación sin un Gurú.

En tal caso, ¿qué características debería tener? Para hallar la debida solución de estos problemas, debemos recurrir al razonamiento, a los Sastras y los dichos de los sabios. Veamos primero lo que al respecto nos dice el razonamiento. Pensándolo un poco comprendemos que aun cuando es cierto que el rezo y otras prácticas espirituales suponen un esfuerzo individual, el mundo nunca vio a nadie quien, apenas nacido, se haya retirado a la soledad, sentándose absorto en meditación. Esto lo comprenden muchos, pues nadie será tan necio de negar que, leyendo los Sastras y otras escrituras, y escuchando diversas prédicas de personas devotas, llegó a formarse alguna idea de Dios y la religión. Incluso los que ponen en duda que un Gurú sea una necesidad absoluta, probablemente no negarán que asociándonos con un sadhu, pasando largas horas en compañía de un sabio, por su ejemplo, progresamos de veras en espiritualidad; o que, viendo la devoción seria del sadhu en la oración, presenciando sus actos piadosos y observando otras cualidades, surge en nosotros un deseo de poseer estas cualidades.

Tal vez teman tener que rendir sus respetos a una persona individual y seguir sus enseñanzas por siempre, pensando: ¿Cómo puede tal actitud ser conciliada con la razón? A esto se puede contestar recordando que, cualquiera sea la rama del conocimiento que una persona quiera adquirir, surge la necesidad de un preceptor en una u otra forma. No quiere decir que sea imposible aprender nada sin ninguna ayuda externa, pero se tarda más y uno se expone a una cantidad de sufrimientos y trastornos.

Primero, hay que aprender lo que aprendieron nuestros antepasados y luego, en lo posible, adquirir algo más. Esta es la regla. Esta incorporación de conocimientos de parte de otros no quiere decir que haya que tomar en forma mecánica lo que otros tienen que decir; más bien supone simplemente un estudio inteligente por el esfuerzo propio. Aprender algo de otros significa hacerlo nuestro. Esto es cierto también en el caso de un Gurú espiritual. Si nos podemos unir mediante una fuerte ligazón espiritual a un hombre realmente grande, las verdades realizadas por éste se incorporan con facilidad en nuestras propias vidas.

Además, un Gurú realmente adelantado posee un poder peculiar para comprender la naturaleza espiritual de su discípulo, lo que lo capacita para señalarle el camino que más fácilmente lo lleva a la salvación y realización de Dios. Si existe la posibilidad de asociarse en forma permanente, el Gurú ayuda al discípulo hasta el último momento indicándole cómo debe hacer para obviar toda clase de obstáculos que pueden surgir durante el sádhana, y enseñándole métodos cada vez más eleva dos de práctica espiritual conforme vaya progresando.

Todo el que haya tenido la suerte de encontrar un Gurú real estima que hay una gran diferencia entre ser iniciado por un Gurú verdadero o por un Gurú común de familia. Un Gurú verdadero al iniciar a su discípulo, confiere con el mantra (fórmula o símbolo místico) un poder espiritual especial y también da el mantra de acuerdo con la naturaleza espiritual del discípulo, de modo tal que éste alcanza la meta con un esfuerzo y sádhana relativamente menor.

Los Gurús verdaderos también sirven todavía en otra forma a sus discípulos. Efectivamente, asumen la responsabilidad por ellos. Si acaso algún discípulo se deja llevar por mal camino, emplean diversos medios, tanto mundanos como espirituales, para traerlo de vuelta sobre el sendero correcto. Si un discípulo, tras adquirir un conocimiento perfecto de todo lo que el Gurú le enseñó, aspira a una realización más elevada, está en libertad de elegir un Gurú más adelantado; sin embargo, salvo el caso de que el discípulo esté realmente adelantado, es menester quedarse con un mismo Gurú por toda la vida; de otro modo no logra establecerse firmemente en su ideal.

En lo que atañe a la obediencia que se debe a las órdenes del Gurú, cabe aclarar que un Gurú verdadero jamás da órdenes injustas; pero es mejor observar a un Gurú por mucho tiempo antes de adoptarlo de veras. No conviene aceptar a cualquiera como Gurú verdadero siguiendo un impulso momentáneo. Quien desea tener un Gurú verdadero debería vivir con él por algún tiempo y examinar su carácter hasta convencerse de que es un sadhu de veras. Alguien diría: «Si tengo capacidad para juzgar quien pueda ser un verdadero Gurú, entonces soy Gurú yo mismo». Pero eso no es lógico.

¿Acaso no distinguís el bien del mal a cada paso? Si careces de ese criterio, ¿por qué llamas buenos a algunos y malos a otros? Si no tienes la capacidad de juzgar el carácter de un hombre y discernir si ha conquistado la lujuria, la ira, etcétera, si tiene gran devoción y sabiduría y es libre de codicia, entonces deberás más bien sentarte en un rincón apartado y con las manos plegadas rogar a Dios: «Oh Dios, dame el poder de discernir el bien y el mal». Algunos quedan defraudados al tomar a un hombre por perfecto sin examinarlo a fondo.
Una vez que hayas elegido un hombre como nuestro Gurú, ¿por qué titubear en cumplir sus órdenes en todo sentido? ¿Acaso puede llevarte hacia el mal? Queda entonces aclarado que solo aquellos que no hayan podido beneficiarse en lo más mínimo al haber sido iniciados por el Gurú de la familia y estén realmente ansiosos de realizar a Dios, están en libertad de elegir un Gurú verdadero.

Ahora bien, puede darse el caso que a una persona iniciada por un Gurú verdadero le resulta imposible de continuar vinculada con él, ya sea porque éste dejó su cuerpo físico o se encuentra lejos. En estas circunstancias, si uno lo considera necesario, puede recurrir a la ayuda de cualquier otro hombre grande, sin abandonar el método de sádhana ya aprendido del Gurú. Se dice que el Avadhuta aceptó 24 Gurús secundarios.

Veamos ahora lo que al respecto dicen los Sastras. No es posible en este espacio analizar en forma exhaustiva el tema del Gurú a la luz de los Sastras. Me limitaré a citar aquí sólo unos pocos pasajes de los Srutis, que son la máxima autoridad. Dicen: «El discípulo deseoso de conocer a lo Supremo, llevando, yagña en sus manos, debe acercarse a un Gurú que sea bien versado en los Vedas y tenga la más elevada devoción a Dios». «Quien tiene un Acharia (Gurú) alcanza la sabiduría». «Tanto el que imparte enseñanza sobre el Alma Suprema como el que la recibe deben poseer calificaciones maravillosas”. «Aquel que recibiera la enseñanza de un Gurú no iluminado, no podrá comprender a Dios ni siquiera a fuerza de largas meditaciones». «En el corazón de aquel gran hombre que tiene profunda devoción al Alma Suprema e igual devoción a su Gurú, brota la flor de las verdades que enseñan los Sastras». Hay muchos pasajes análogos en los Srutis y es bien sabida que en los Tantras abundan textos por el estilo. En ellos encontramos lindas exposiciones sobre las cualidades de un Gurú verdadero, y sobre lo que son los gurús falsos.

La esencia de todos estos párrafos es que podemos alcanzar la Realización sólo practicando sádhana guiados por un Gurú verdadero. Por otro lado, también se encuentran en las Escrituras Sagradas ciertos párrafos tales como: «Quienquiera sea tu Gurú de familia, recibe la iniciación de él», pero estas son, sin duda, interpolaciones posteriores introducidas por gurús no auténticos que han salido del buen sendero y se han vuelto egoístas. La religión no es un asunto comunitario y por lo tanto no cabe en ella la menor idea de obligación social o costumbre.

El Gurú heredado, o sea, el que lo fue también de mi padre, puede reclamar ser respetado en sociedad, y si mis medios lo permiten, también puedo darle unos honorarios adecuados, nada más que esto. Pero cuando en mi corazón surge esta auténtica inquietud para realizar a Dios, ¿adónde habré de dirigirme sino al lugar en el que se satisfarán mis anhelos? Yendo en busca de agua, ¿cómo habré de desechar a quien puede saciar mi sed? Debo tener la libertad de elegir a mi propio Gurú. Si preguntamos a los grandes sabios, nos dicen: «Aprendiendo los métodos de sádhana de un Gurú que ha realizado a Dios, asesorados por él a cada paso, y a cada paso iluminados por la luz de las verdades que él ha realizado, es como hemos llegado a este estado. Si quieres de veras realizar a Dios, has de seguir el mismo método».

Todos los grandes sostienen que solo un verdadero Gurú puede interpretar la diferencia entre lo Real y lo irreal. Es notorio que, dondequiera que se haya producido una expansión maravillosa de cualquier religión, hubo detrás de ello la ayuda de un hombre realmente grande. Un decir corriente de la gente es: «El poder de aquella persona se debe a las bendiciones de su Gurú».

En los Sastras hemos leído que Dios existe, la gente dice que Dios existe, pero un Gurú ver dadero dice: «Yo he visto a Dios». Él también muestra a su discípulo el sendero para realizar a Dios, y lo conduce lenta mente hacia la meta. Al solo ver un Gurú verdadero surge en nosotros, de un modo natural, un sentimiento de devoción para con él. Su sólo aspecto nos revela que ha experimentado alguna bienaventuranza suprema y está quedando más y más absorto en ella día a día. Tan pronto nos acerquemos a él, todas las aflicciones y miserias del mundo se desvanecen y no queda un rastro de la vida mundanal en nuestra mente.

Cuando por su santo toque se despierta el poder durmiente de Brahman que lleva dentro, el discípulo ve por todos lados el océano de la bienaventuranza. ¿Qué es lo que un discípulo no haría por un Gurú tan bendito? ¿No es natural que sienta gratitud para con él? «Reconoce a Brahman en la persona de tu Gurú», enseñan los Sastras. ¿Puede un sentimiento de esta naturaleza surgir hacia un gurú profesional?

Pero sí es natural hacia un hombre que ha realizado a Dios. Ahora bien, hay quienes traen argumentos tan infantiles como éste: «Es blasfemia considerar a una persona como Dios», y por ende no quieren admitir que al Gurú se lo considere como Brahman Mismo; debido a su ignorancia y equivocados puntos de vista dualistas ven un abismo infinito entre el Creador y la creación.

Pues, a esta clase de gente les aconsejamos que lean el Advaita Vedanta detenidamente, que traten de comprenderlo y que al mismo tiempo practiquen sadhana. No hay que reparar en la cuestión de que ese Gurú sea un brahmín o un sudra, hindú, mahometano o cristiano, sanyasin u, hogareño. Quien conoce a Brahman es un Gurú, y calificativos como brahmín, etcétera, son meras denominaciones. He visto muchos gurús en este mundo y también he escuchado sus consejos, pero sin provecho, porque no demostraron haber realizado a Brahman; su apego mundanal no se había desvanecido, y no tenían discernimiento ni renunciación.

Aceptar consejos de un gurú ordinario es tan estéril como preguntar a un ciego por el camino a un lugar. No pueden conferir ningún poder espiritual con sus consejos. He oído, y lo creo, que un Gurú que llegó a conocer a Brahman transmite a su discípulo con el mantra una fuerza mental tan grande que éste cobra una nueva vitalidad. Desde ese mismo día comienza para él una nueva fe, una vida nueva.

Escuché un buen número de instrucciones de gurús ordinarios, pero ninguna me llegó al corazón. Cierta vez oí a Sri Ramakrishna contar al respecto esta historia: Un rey había llegado a hartarse del mundo. Enterado de que Parikshit había alcanzado la sabiduría divina escuchando el Bhagavata por siete días, mandó buscar un pandit en un lugar cercano y empezó a escuchar el Bhagavata de sus labios.

Haciéndolo durante dos meses, no adquirió ninguna sabiduría. Preguntó entonces al pandit cómo pudo Parikshit alcanzarla con sólo oír el Bhagavata por siete días, y él mismo no lograr nada a pesar de escucharlo durante dos meses. Al mismo tiempo advirtió al erudito que si no le diere una explicación satisfactoria al día siguiente, no percibiría remuneración alguna.

El pandit volvió a su casa afligidísimo, pensando temeroso en el terrible disgusto del rey, pero sin poder hallar ninguna respuesta, por más que reflexionara. Se encontró seriamente perturbado y absorto en pensamientos sombríos. Pero tenía una hija inteligente y muy afectuosa, la que, viendo a su padre tan deprimido, insistió en que le contara la causa de su pesar.

Por fin, vencido por el afecto filial, se sintió obligado a participarle el motivo de su aflicción. La muchacha se rió: «Oh padre, eso no es nada. Yo me encargaré de dar al rey una respuesta apropiada». Al día siguiente el pandit se presentó en la corte del rey acompañado de su hija, con estas palabras: «Mi hija contestará a tu pregunta». La muchacha le dijo al rey: «Si quieres la respuesta, has de hacer caso a lo que te diga».

El monarca consintió y entonces la hija del pandit ordenó a los hombres de la guardia que la ataran a ella y al rey en sendas columnas. Recibiendo la orden del rey, los centinelas la cumplieron. Dijo entonces la muchacha:

«Oh rey, libérame de esta atadura».
«No digas disparates —replicó el rey—.
¿Cómo puedo desatarte estando sujeto yo mismo?».
A eso rió la muchacha: «Oh rey, ahí tienes la respuesta a tu pregunta.

El rey Parikshit era un buscador serio de la salvación, y el que le predicó fue nada menos que Sukadeva, quien había renunciado a todo, era muy devoto de Brahman y un alma iluminada. Escuchando el Bhagavata de sus labios el rey Parikshit alcanzó la sabiduría divina. Pero mi padre, que está muy apegado al mundo, te lee el Bhagavata por dinero.
¿Cómo puedes alcanzar aquella sabiduría escuchándolo de sus labios?

Esta historia tan aleccionadora deja en claro que no hay perspectiva de librarnos de las ataduras sin ser guiados por un Gurú verdadero. También se oyen algunas otras opiniones sobre este tema. Algunos sostienen: «Quienquiera que sea el discípulo, con tal de hallar un Gurú verdadero, logrará la salvación segura», en tanto que otros dicen: «Quienquiera que sea el Gurú, el discípulo logrará la salvación si posee fe, amor y devoción».

No negamos que ambas opiniones pueden ser acertadas, pero esos casos son muy excepcionales en este mundo. Por regla general tanto el Gurú como el discípulo deberían ser las personas apropiadas. Observamos que hay diferencias considerables entre los discípulos de un mismo hombre grande, y todo esto se debe a la naturaleza de los discípulos mismos.
Si un discípulo posee devoción, humildad y perseverancia, entonces asimila las enseñanzas del Gurú con facilidad. De cuanto leemos en nuestros Sastras respecto de la relación entre Gurú y discípulo resalta a las claras que las obligaciones fijadas para este último entrenan su mente y cuerpo en tal forma que llega a ser un verdadero hombre.
Se podrá aseverar que hoy en día es difícil hallar esta clase de entrega afectuosa al Gurú y que muchos parecen estar decididos a dejarla de lado. Si esta entrega afectuosa se extinguiera en nuestra nación, desaparecerían con certeza todas las buenas cualidades como el fervor, la fe, la devoción y otras, dando lugar a que el descaro licencioso reine en la sociedad en nombre de la libertad.

Puedes examinar una persona antes de aceptarla como nuestro Gurú, pero una vez aceptado debes prepararte mentalmente en forma tal que pudas hasta sacrificar la vida ante una sola palabra. Muchos pensarán que, si dependemos del Gurú a tal extremo, perderemos nuestra libertad mental y terminaremos siendo como aguamalas. No hay fundamento para tal preocupación. Un Gurú verdadero jamás cercena la libertad mental; más bien guía e instruye a su discípulo para posibilitar que termine por lograrla y capacitarlo a pararse sobre sus propios pies, y desechando las ataduras de los sentidos, la mente, la familia y la sociedad, a elevarse en lo más alto como un ave libre.

¡Cuán obligada se siente la gente por una pequeña suma de dinero o un poco de ayuda material recibida de otros! ¿Por qué entonces habríamos de considerar inoportuno el demostrar nuestra gratitud a quien nos ha llevado a conocer la esencia de la vida o los medios para lograr lo más grande, y quien nos ha brindado su ayuda constante para alcanzarlo?

No existe ningún pueblo tan agradecido como el de los hindúes. El día que llegaren a olvidar su devoción al Gurú, dejarían de ser verdaderos hindúes. Recordad la historia en el Mahabharata, de la devoción que tuvo Upamaniu para con su Gurú. Esta devoción imperturbable, esta fe ilimitada en las palabras del Gurú, elevaron la India de antaño a las más altas cumbres de la gloria. Si la India se levanta de nuevo, será gracias a sostener esa devoción al Gurú, a reconocerlo como Dios Mismo, no como el Dios de nuestra imaginación, sino Dios Manifiesto.

Sólo si estamos dispuestos a sacrificar nuestra vida por él, seremos capaces de grandes realizaciones. De este modo no sólo podremos asegurar nuestra propia salvación sino también hacer algo por nuestra patria y nuestra raza.

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