La intención es una idea o determinación de hacer algo, con un propósito y a través de una acción o comportamiento. Encontramos un interesante desarrollo en Tomás de Aquino (1988) “Tener una intención es, en términos generales, tener una intención de hacer algo”. Lo interesante de esta postura, es que, al analizar el aspecto práctico, conjuga la idea de intención con una elección para actuar siguiendo un plan en un determinado tiempo y espacio. Por lo que, intentar algo, implica estar dispuesto a hacerlo en cuanto sea el momento adecuado, porque la intención no puede ser demorada o pospuesta.
Es por ello, que la acción realizada esta provista de esta intención y guiada por una meta, que ha tenido que ser mínimamente imaginada y proyectada. Pero, si profundizamos en el análisis de la acción intencional podríamos preguntarnos sobre ¿Qué procesos intervienen en la elección sobre cursos posibles de acción? Y si ¿La intención misma supone un compromiso?
En el análisis de la elección y la toma de decisiones, la emoción y la motivación se asocian como referentes que intervienen en la acción motivada, entendida como un conjunto de comportamientos conducentes al logro de una meta. Se inicia emocionalmente a partir del deseo subjetivo de hacer algo. Se continúa con la evaluación deliberada que conduce a la decisión explícita de actuar con el propósito de acceder a un determinado resultado, que necesita de compromiso y voluntad para proseguir con la puesta en práctica de los comportamientos pertinentes a la acción misma.
En nuestra vida cotidiana estamos abrumados de cosas que nacen con excelentes propósitos, pero que nunca se desarrollan en el plano de la acción, por lo que ser claro en la intención no se traduce necesariamente en la capacidad de ejecutarla, según Moshé Feldenkrais –físico israelí que creo el método Feldenkrais— quien recalca que lo que nos impide ser personas más intencionales son: creencias limitadas sobre nuestras capacidades, patrones de conducta que obedecen a nuestras creencias, experiencias del pasado que forman el filtro por el cual valoramos las situaciones, las emociones negativas –el miedo– que distorsionan cualquier experiencia, nuestras percepciones y prejuicios sobre nosotros mismos y los demás, el desconocimiento de nuestro verdadero potencial y de nuestro poder, nuestra desorganización corporal desalineada con nuestras ideas o pensamientos.
Hemos referido la importancia de identificar los aspectos internos que intervienen en la ejecución de la acción.
Tener una intención clara no es suficiente para la acción. Aunque la decisión constituye el punto más importante del proceso, el plan de lo que se va a realizar es un paso coherente si ya se ha tomado la decisión de actuar. Pero, por lo general, el logro de una meta no coincide con el resultado de una sola acción, sino que implica la realización de un conjunto de acciones, por lo que la decisión también constituye un proceso complejo.
Se ha dicho que en la acción esta la solución, pero no aquella revestida de azar. Sino aquella contemplada en el plan, con actividad intencional y con la creación del resultado esperado en el tiempo establecido, lo que configura el acto de representar.
No obstante, para lograr el éxito esperado es necesario la coherencia de cómo se acciona en relación con el plan que se tiene. Es por ello, que la intención también puede funcionar como un filtro para descartar y ajustar las alternativas compatibles con la realización intencional de esa acción. Sin embargo, la evolución de este proceso debería expresarse en la consolidación de una voluntad expresa y en conexión al punto de partida que genero esta intención.
Fuentes consultadas: http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1900-23862018000200115, https://www.metodofeldenkrais.com/intencion-versus-accion-como-pasar-de-la-intencion-a-la-accion

