Una palabra muy usada, pero ¿qué significa en sus orígenes? ¿se perdió algo de ella en el camino? Viene del latín solidus: firme, macizo, entero. La raíz indoeuropea sol¬¬ – la misma que dio origen a salud y salvar – se refiere a aquello que está completo, que no tiene fragmentos. Ser solidario literalmente, es formar parte de una unidad, de algo entero que abarca todo.
En los textos védicos existe una expresión que la resume con claridad Vasudhaiva Kutumbakam – el mundo entero es una sola familia –. La frase aparece en el Maha Upanishad, texto perteneciente al Atharva Veda. Esto se alinea directamente con la filosofía del Advaita Vedanta – la no dualidad – donde todos los seres y el universo mismo están interconectados y son uno con lo divino.
Aristóteles, vinculó el concepto con la amistad y el bien común. Para los estoicos no era una obligación externa sino la maduración natural de la conciencia.
En Roma, existía la noción de obligación in solidum: varias personas se responsabilizaban por una misma deuda. Era una estructura donde el compromiso de deuda unía a las partes como si fuesen un solo cuerpo. Esto se mantuvo hasta la Edad Media.
En la Revolución Industrial, se politizó la palabra, y se usó principalmente en el movimiento obrero para llamar a la unión de clases: si sufrimos lo mismo, debemos apoyarnos mutuamente. Fue en el siglo XIX cuando el francés Pierre Leroux llevó la palabra solidaridad al terreno filosófico o religioso, y pasó de ser una obligación legal a una idea de cómo nos relacionamos los seres humanos entre sí.
A partir de ahí, la palabra comenzó a tener otro matiz, desde la cohesión de clases sociales, hasta ser usada también como instrumento de control estatal y coerción ideológica. Fue en ese momento cuando dejó de ser una cualidad interior del ser humano y se volvió, cada vez más, una consigna política o una imagen que proyectar.
En 1893, el sociólogo Émile Durkheim distinguió dos formas de solidaridad: la mecánica, donde las personas se parecen y se cohesionan por compartir las mismas creencias; y la orgánica, donde la cohesión nace de la diferencia, y la interdependencia entre personas que cumplen roles distintos. Para él, la solidaridad era el tejido que sostiene a la sociedad y evita la descomposición.
Por su parte, el filósofo Richard Rorty, sostuvo que la solidaridad no es el reconocimiento de una esencia humana universal ni un mandato racional, sino un logro histórico y afectivo. Se expande a través de la imaginación y la empatía.
Ahora bien, ¿necesito demostrar que soy solidario? Si volvemos al origen de la palabra, la respuesta se inclina hacia el no. Demostrarlo supone a un observador, lo que nos estaría colocando en una posición separada del otro – el que da y el que recibe –. Pero recordemos qué significa solidus: firme, macizo, entero. Esa raíz no admite distancia.
Es cierto que una parte de nosotros tenderá a buscar validación externa de sus actos; eso no nos convierte en malas personas. Aun así, lo más sensato es preguntarnos, cuando ayudamos a alguien: ¿desde dónde soy solidario? ¿lo hago porque el otro lo necesita, o porque quiero que se sepa lo que hice?
El Evangelio de Mateo dice hermosamente “que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha.” No se trata de si somos o no buenas personas, sino de resguardar la pureza del gesto y no contaminarlo con la necesidad de ser visto.
No se trata de aprender a ser solidarios. Se trata de recordar que nunca dejamos de serlo. No hay un yo que ayuda y uno otro que recibe; hay un solo cuerpo, tan firme, tan entero como su nombre lo dice; que por un momento olvidó su propia forma. Y cada gesto silencioso, el que nadie ve, es simplemente el instante en que vuelve a recordarse.
Fuentes:
- Durkheim, Émile 1893. “La división del trabajo social.”
- Rorty Richard. 1989. “Contingencia, ironía y solidaridad.”

