Por Sw. Vyasananda | Venezuela
Este breve escrito tiene un origen. Ya en ámbitos del tiempo kármico, leía una inédita entrevista que le hizo el escritor peruano Mario Vargas Llosa a al argentino Jorge Luis Borges (1899-1986) en 1981. De eso hace 39 años. Hoy quiso el Nobel de Literatura de 2010 que el encuentro tomara forma de libro, Medio siglo con Borges, y plasmó la buena nueva en el diario El País, de Madrid, con un trozo de ese diálogo que se publicó en días recientes de manera exclusiva.
Como siempre fue, no hubo nada en la vida de Borges, desde sus experiencias sensoriales hasta su apasionada manera de asumir la literatura y la vida que no tuviera una respuesta tímidamente sabia. Cuando se dialogaba con Borges se debía preparar uno para un viaje misterioso y fascinante. Eso infiero.
En esa pequeña muestra que ofreció el autor de La guerra del fin del mundo a manera de un abreboca, no exento de guardarse lo mejor para la edición que pronto saldrá a la luz pública, más allá del recorrido por sus gozos, sensibilidades y otras formas del apego y desapego, Borges recuerda una lectura que hizo del poema La niña de la lámpara azul, del poeta peruano José María Eguren, ciertamente el impulsor de la poesía peruana contemporánea.

Vargas Llosa le comenta a Borges que José María es un poeta simbolista de una “gran ingenuidad y delicadeza”. El escritor porteño le admite la delicadeza, y “no sé si ingenuidad. Yo creo que era deliberadamente ingenuo”. Y enfatiza con una de esas frases de las que están en el templo de sus grandes zarpazos discursivos, ya que Vargas Llosa logró detonarla reiterando que no se refería a la ingenuidad en el sentido peyorativo. Borges latigueó: “La ingenuidad es un mérito”.
Este trueno atraviesa lo razonable y lo intangible a la vez. El ser humano suele debatirse en ese mundo material con una infinita contrariedad. Y es que lo que debe ser modificado para alcanzar un determinado objetivo, hablemos de un fin espiritual de elevada condición, queda siempre en la retaguardia de su devenir. Pareciera que la ingenuidad, que cohabita con el ego, le hace disfrutar de una vana compasión, de un esfuerzo que atenta contra su propio bienestar.
Es sabido que el desasosiego, esa capa de constante intranquilidad perfora la razón y hace que te envuelvas en un suburbio de actos que no aportan nada a tu evolución. Es un importante capital para el karma. La ingenuidad se desplaza como un patrimonio de innegable estancamiento. Incluso, la ingenuidad en un sentido primitivo la cual arrastra los procesos naturales de crecimiento del ser, su evolución, y la otra, juiciosa, reflexiva, motivada por el impulso de un sujeto a señalar a otro de ingenuo.
Pero, si la ingenuidad está asociada al candor, a la buena fe, a la sinceridad, a un cúmulo de buenos actos, situado en el terreno de lo inmaterial, que harían de ese practicante de la sencillez un modelo a seguir, su condición de hombre libre la pierde en el momento en que se desplaza a la realidad terrena, donde prevalece la experiencia y los vaivenes de la perversión social.
¿Está reñida la agudeza de propósito con la ingenuidad? ¿Cuánto de inocencia nos salva de nosotros mismos de no caer en las garras del confort? Y si esa naturaleza del hombre a alterar sus formas de convivencia, internas y externas, con la intención de simular, tal como decía Borges del poeta José María, que era “deliberadamente ingenuo”, lo cual lo hace más ingenuo, con una insospechada humildad ¿no significa esto convertir la vida en una permanente negación de aquellas ilusiones por la cuales justificas la existencia?
Que la ingenuidad sea un mérito pareciera más bien ser una de esas maniobras de Borges para agitar a las conciencias. Una cosa es que no esté instalada en ti, discutible sin duda, la malicia, que tengas tendencia a la pureza de ánimo y, otra es que obres de acuerdo con tus convicciones, con apropiado rigor. Estas dos condiciones rigen en el hombre. Viven en él sin contratiempos.
Pero, hay que sacudirse la ingenuidad para promover luz y ser más habilidosos con las circunstancias. Una de los perfiles que ofrece el ingenuo es que es presa fácil del engaño, de las manipulaciones, de la artera visión del poder, foco de populismos y de mercaderes políticos, de estafadores. Ni hablar de los ecosistemas laborales y familiares. La ingenuidad hace que los dominadores sigan con su plan. Su tendencia a dejarse influenciar, sin el mínimo asomo de elevada conciencia, permite que el otro abuse, se imponga, transgreda.
Y no es que la ingenuidad justifique las miserias de este mundo, pero su relación con la ignorancia ha cultivado un terreno cuya cosecha sí sostiene los desamparos, incertidumbres y miedos del planeta. Que sea la ingenuidad un mérito, sí Borges, pero en el hombre que maneje un conocimiento que esté por encima de lo humano.

