Todo ser que se procura un mínimo de autoconocimiento, al menos un exiguo aire en su rostro -por algo se empieza, y esa sutileza tiene un valor y un admirable regocijo interno- de manera honesta y cuidadosa, con el fin último de sacar diagnósticos, y corregir, enfrentarse y aceptarse, tiene una diferencia abrumadora con aquel que no está dispuesto a librar esas querellas existenciales. El lenguaje de la cotidianidad está cargado de argumentos sinuosos, el diseño perfecto, para hallarle a todo un subterfugio, algo que oculte y nos oculte. Un nido del miedo, donde el ego concentra su gran musculatura.
Y es que, cuanto más queremos alejarnos de la trama digital, cuanto más queremos darle la espalda, más obligados nos sentimos en mirarla de frente, sin obstinación posible. Serenos y en buen proceder, porque sabemos que ya se ha hecho una tradición apologética el defender con todo tipo posiciones, con frenesí racional, o agitación intelectual, esa nueva lógica, esa nueva mentalidad. No vemos el mundo como es, sino como somos. Igual que la IA: la realidad exterior nos carcome. Una hostilidad que desconoce los límites.
Todo es irracional. Las preguntas, las respuestas, las formas de interactuar. Todo es una estrategia. Nada escapa a un cálculo. La política, la economía, la religión, el business; es decir, todo lo susceptible de ser interpretado bajo los algoritmos, sin ocuparnos de su veracidad. ¿Por qué es irracional? Porque todo está diseñado para activar nuestros impulsos psicológicos más primitivos, ahí donde rige el temor, la falsa armonía, el desasosiego. No es sencillo desenmascarar aquello que, por su naturaleza, luce robusto y desafiante. El pensamiento lógico se fue al despeñadero.
El adictivo scroll infinito nos pescó, y la indefensión es parte del juego. Entendamos de una vez; la tecnología cercenó todos los frenos posibles, los físicos, sobre todo, y llevamos el instinto natural al rango de artificial. Cuando se impone sistémicamente la mentira, cuando informar y desinformar forman parte de la misma espoleta digital, el estallido interno no es otra cosa que el padecimiento de un sesgo cognitivo.
