En términos musicales, la obertura es una composición instrumental que sirve como introducción a una ópera, un oratorio, una suite o, en ocasiones, a una obra dramática no musical. Su función es preparar al público con la atmósfera y los temas principales de la obra que sigue, de alguna manera, estableciendo el talante general, los temas y los personajes. Es casi un resumen premonitorio de lo que ha de venir.
La música, analogía sonora de lo que sea que decidamos ser, en alma y experiencia humana, nos brinda una vez más el ciclo inicial para establecernos en la vibración que más convenga, especialmente en el mes neonato en que nos encontramos. Resulta factible en momentos así, imaginar la proyección de la existencia como la obra que se abre con cualquier tipo de intenciones, conscientes o no, ímpetus renovados o en desgaste, cualquier cosa que contentemos, todo aquello a lo que aspiramos, lo que anticipamos, lo que sabemos ha de venir. Bajo este sol, toda experiencia es posible, pero podemos ubicarnos en el compás de silencio previo, para preparar la melodía que queremos ser: una línea de tiempo y acción sonora que va a perdurar y llegará luego al silencio: único destino posible antes de retomar el siguiente aliento, en un ciclo. ¿Sin fin?
El lugar que la composición de las oberturas ha tenido en la experiencia de los grandes compositores, no podría estar excluida de esta razón de inicio, de retomar, de abrir y proyectarse hacia una nueva aventura, más que musical, de la vida misma. Un caso como el de Hector Berlioz nos remite a una historia en la que un respiro y una liberación salvaron al joven compositor de cometer un triple homicidio, decidiendo en cambio, abrirse a un nuevo comienzo, aquel que recreó en su ópera El Rey Lear, basada en la tragedia de Shakespeare.
La ideación de un plan de venganza lo estuvo rondando durante varias semanas, en medio de una tremenda desesperación tras recibir una carta de parte de la madre de su prometida, quien le anunciaba que su hija Camille (una famosa pianista de la época) había decidido casarse con el fabricante de pianos Pleyel. Preso de furia el joven Berlioz, decidido hacer una escena asesina y extravagante para vengarse, la cual reportó en sus memorias: “Ir inmediatamente a París (se encontraba en Roma habiendo ganado el tan codiciado Prix de Rome) y matar sin remordimiento a dos mujeres culpables y a un hombre inocente. En cuanto a suicidarme a continuación, después de un golpe a tal escala, por supuesto que es lo menos que puedo hacer… ellos estarían esperando mi llegada. Por lo tanto, debo tomar todas las precauciones e ir enmascarado (iría vestido de sirvienta)”.
¿Imaginación creativa como drenaje para su tormento? Es probable, ya que nunca llegó a cometer tal acto.“Me di cuenta de que estaba hambriento, que no había comido nada desde que estuve por última vez en Florencia. ¡Oh, bendita y básica naturaleza humana! Era claro que ya estaba curado… permanecí en Niza durante un mes… Escribí la obertura de El Rey Lear. Respiré, canté, creí en Dios. Una verdadera convalecencia. Estas fueron las tres semanas más felices de mi vida”.
Durante su estancia en Niza, compuso también una segunda obertura, El Corsario, basada en el homónimo cuento de Lord Byron, en el cual surge la figura de un héroe muy particular, un hombre de soledad y misterio que se percibe a sí mismo como un villano. Una vez más, ¿resonancias vitales y musicales entre narrativas y experiencias?
La música en su alianza eterna con el alma, magnetismo mediante, había logrado el milagro, dando forma a una obra musical en la que cualquier joven atormentado podría verse reflejado, expurgando los demonios, fantaseando, recreando la luz y la sombra, para finalmente, morir en el silencio.
Un trío oberturas recomendadas:
1. Obertura de Egmont (Beethoven). Escrita como introducción a la obra teatral de Goethe, esta obertura es un símbolo de lucha por la libertad. Con un comienzo oscuro y tenso que culmina en un final triunfante, encarna el motivo casi arquetípico del espíritu de resistencia frente a la opresión.
2. Obertura de Las Bodas de Fígaro (Mozart). Una obra maestra de energía y vitalidad, esta obertura captura a la perfección el espíritu de la ópera y de lo que ha de venir: ingenio, humor y agilidad.
3. Obertura de La Gazza Ladra (Rossini). Inicia con un majestuoso redoble de tambores que capta la atención del público desde el primer instante. Entre las danzas y los temas modulantes, refleja una amplia gama de elecciones posibles.
Fuentes consultadas:
Kramer, J. (1993). Invitación a la Música. Javier Vergara Editor.


Muy buen articulo… desde las primeras líneas! Muy buenas recomendaciones de oberturas. Las estoy escuchando y me vienen a la mente otras -Tchaikovsky 1812- y otras tantas sugeridas que no conozco. Gracias y saludos.