En todo armisticio, pacto o acuerdo, el honesto y desagradable asunto de la diplomacia siempre engendra sinsabores. Honesto, porque hay quienes participan de manera recta y escrupulosa, y desagradable, porque están los otros que actúan con impiedad, y participan de la simulación. En este núcleo es sumamente difícil precisar quién enarbola de manera auténtica la bandera de la paz y quién de la paz imperfecta, que es la que más contribuye a elaborar los constructos que alimentan la sumisión absoluta del ser humano.
El introito es apenas una tentativa por deshojar en dónde se halla la armonía de espíritu que todo ser humano consciente necesita, luego de percatarse de que los conflictos que originan la búsqueda del poder, disminuyen al hombre de tal manera, que no hay pedagogía más sana que su propia destrucción. Algunas veces ni eso contribuye a desmontar el pesado andamiaje de prejuicios que nos define.
Ahora que la humanidad sigue empeñada en el desacuerdo, la conflagración, -no por ser obvio hay que dejar de decirlo- y donde prolifera el no menos indiscutible deseo de dominio y control, alcanzar la paz se ha convertido en una ilusión, cuyo porvenir nos resulta cada vez más opaco. Todo lo que se crea, con esa cualidad seductora de la tecnología, todo lo que se inventa, para galantear el juicio, y toda esa magia de los relatos de conquista de tu sentido común, es violencia. Excelsa sutilidad.
Por demás, todo lo que permite un acercamiento a un mínimo de propósito común, todo lo que envuelve una fórmula de entendimiento, se debilita y decae. Cuando los colectivos humanos buscan la paz, porque no podemos desentendernos de que el hombre fue paz, por su propia naturaleza kármica, se tropieza con la premisa de Francisco de Quevedo, escritor español del Siglo de Oro, quien decía, “nadie ofrece tanto como el que no va a cumplir”.
Sin tintes populistas ni mediaciones ideológicas, la paz y su experimentación no forma parte de una estrategia instrumental. Es decir, no se decreta. No se pacta. No se acuerda. No se debate en una asamblea extraordinaria de organismos internacionales, que más bien mantienen el falso estatus de la paz a las hostilidades que sus mismos integrantes engendran. Mal negocio el negocio de la paz disfrazada.
Como todo esfuerzo humano, en aras de su despertar, no otra cosa, la paz se construye con un consecuente empeño de sanación. Causa y efecto de una translúcida conciencia. En una de las categóricas Enseñanzas de la Escuela Valores Divinos se lee que la paz es lo que “obtenemos tras librar nuestras más duras batallas internas”. La elocuencia de esta premisa genera todo tipo de epifenómenos, en el entendido de que cada batalla decanta otras de igual magnitud, de acuerdo con el estado de conciencia.
Es la razón por la cual, una paz interior en permanente estado de angustia, despojada de sentido, una forzada complacencia, o serenidad, o si se quiere, una relación dual de temor-valor, pero unidos bajo una disposición convenida -presión social y otras artimañas- no apuntala al ser, no le otorga beneficios de luz, porque no ha habido la cruzada interna que le permita retomar y valorar su fidedigna concordia.
Quizás sea una aberración vital pensar que el concepto de paz valga más que su aplicación, o representación. El hombre que invade y transgrede, lo hace en nombre de la paz. Allí exhibe su miseria de espíritu. Sabe que, al modificar la realidad para ajustarla a sus designios, quebranta la paz que dice propiciar. Es un escándalo hermenéutico. El príncipe interpreta lo que le da la gana. Su anhelo de lucha es un empalagoso ejercicio de inconsciencia tras inconciencia. Regurgita la paz.
Batallas internas, sí, contra todas las sombras que nos fatigan, contra todas las impurezas que hemos capitalizado en cuanta instancia nos ha tocado manifestarnos, demasiado terreno abrupto por aplanar, es decir, amoblar la mente con el orden cósmico establecido, y solo así, cuando encontremos la modulación exacta, la frecuencia de quietud divina, podemos sentir y hablar de paz con autoridad.
De lo contrario es solo la astuta paz diplomática, la que enciende la hoguera del resentimiento y la docilidad.


Om Namaha Shivaya ….muy contundente y lleno de luz este informe…abrió un poco más mis ojos y mi corazón….gracias….
Excelente artículo! 🙏gracias gracias gracias
La paz la felicidad la luz el camino la verdad, se encuentra dentro de cada un@ de nosotros
Fuera del ser es ilusorio
Totalmente de acuerdo la disyuntiva de estar en la batalla interna .gracias por la publicación nuevamente !!!! Ánimo!!!!!!!!