Vivimos en la era de la información. Pero ¿Qué bien nos ha hecho? Cualquiera podría responder a esta pregunta citando, por ejemplo, los innumerables estudios científicos que han permitido curar enfermedades y salvar vidas humanas. Asimismo, el avance de la tecnología ha facilitado nuestras vidas, permitiéndonos desempeñar nuestras tareas de la forma más eficiente y segura posible. Como consecuencia, nuestra expectativa de vida se ha duplicado, en comparación a los humanos de hace tres siglos[i]. Sin embargo ¿Es esto un sinónimo directo de más bienestar?
De acuerdo con el diccionario Merriam-Webster, el término “era de la información” hace referencia a “la edad moderna considerada como una época en la que la información se ha convertido en una mercancía que se difunde rápida y ampliamente y a la que se puede acceder con facilidad, especialmente mediante el uso de la tecnología informática”[ii]. De esta definición, los términos “mercancía” y “tecnología” sugieren que el torrente de información al que tenemos acceso existe porque son bienes que impulsan los mercados globales. Sin embargo, la información va más allá del utilitarismo propiciado por la modernidad.
La información existente es producto de la acción humana de cuestionarse acerca de algo, buscar una explicación y registrar la experiencia obtenida. Este enunciado también podría ponerse en entredicho gracias a la llegada de la inteligencia artificial, que ha supuesto un acontecimiento con consecuencias aún inciertas para nuestra especie. Sin embargo, en sus orígenes, la necesidad de encontrar respuestas a los fenómenos que nos rodean nace de nuestra curiosidad. A pesar de ser algo tan omnipresente, en humanos e incluso en animales, la curiosidad no es algo fácil de comprender.
George Loewenstein, economista y profesor estadounidense, define a la curiosidad como un impulso que nace de la percepción de un vacío en nuestro entendimiento, y genera una tensión que nos mueve a llenarlo[iii]. Es importante recalcar que, de acuerdo a esta definición, la curiosidad es el vehículo a través del cual podemos “aliviar” la tensión de no saber. El no saber produce tensión, porque para nuestro cerebro lo desconocido es algo que puede poner en riesgo nuestra supervivencia. Por esta razón, nuestro cerebro nos recompensa cuando llegamos a entender algo, liberando hormonas que nos dan una sensación de bienestar.
Así, hemos corrido frenéticamente a lo largo de nuestra historia buscando respuestas a nuestras más diversas preguntas. Todo, con el objetivo de alumbrar esas zonas oscuras en el mundo que nos rodea, y saber que no hay un terrible monstruo acechando. Pero en ocasiones, nosotros hemos sido nuestro propio monstruo. Uno de los efectos negativos de la curiosidad está en el “efecto Pandora”[iv], o en cómo responder nuestras inquietudes desata consecuencias funestas. Un ejemplo claro es la búsqueda de respuestas sobre ciertos principios de la naturaleza, que terminan en el desarrollo de armas químicas y nucleares.
Hoy, vivimos en un momento en donde las respuestas, a prácticamente todo, están a un clic de distancia. Esto corresponde a una cantidad casi infinita de información, por lo que hoy los “ecosistemas” virtuales cuentan con algoritmos y robots de inteligencia artificial, que nos guían a través de la personalización de contenidos en navegadores web y redes sociales. En este punto solo nos queda preguntarnos: ¿Qué nos queda por saber? ¿Y con qué propósito? El Rig Veda ya nos da pistas sobre esto, pues explica que la Maya, la realidad material que nos rodea, es infinita y se recrea una y otra vez para encantarnos, para distraernos.
Esta Maya ¿De qué nos distrae? Y es que esa, amigas y amigos lectores, es la pregunta exacta. En esta era de la información, dónde parecen surgir más preguntas mientras más respuestas encontramos ¿Qué nos queda por entender? Quizás en el silencio, lejos de las noticias de violencia, guerra y desastres naturales, lejos de los incesantes contenidos de redes sociales, escuchemos la respuesta: a nosotros mismos. ¿Quiénes somos? ¿Qué es lo que nos hace falta? ¿Y que buscamos con tanto desespero afuera?
Quizás en el silencio, seamos capaces de voltear la mirada hacia adentro, y de navegar el infinito que contenemos.
Fuentes consultadas
[i] Saloni Dattani, Lucas Rodés-Guirao, Hannah Ritchie, Esteban Ortiz-Ospina and Max Roser (2023) – “Life Expectancy” Published online at OurWorldInData.org. [Online Resource] Retrieved from:
https://ourworldindata.org/life-expectancy
[ii] “Information Age.” Merriam-Webster.com Dictionary, Merriam-Webster, Accessed 2 Mar. 2024.
https://www.merriam-webster.com/dictionary/Information%20Age
[iii] Loewenstein, G. (1994). The psychology of curiosity: a review and reinterpretation. Psychol. Bull. 116, 75–98
[iv] Kidd, C., & Hayden, B. Y. (2015). The Psychology and Neuroscience of Curiosity. Neuron, 88(3), 449-460. https://doi.org/10.1016/j.neuron.2015.09.010

