Por Sw. Suryananda | SKY Uruguay
Me pidieron que me imaginara la Tierra sin humanos y compartiera alguna reflexión al respecto. Para concebir ese futuro posible, consideremos una cuestión clave:
¿Qué significa esta humanidad para el planeta?
Parecería la nuestra fuera la especie local poseedora de la conciencia más evolucionada. Por esa misma razón recibió y quizás reciba aún un buen impulso del mismo planeta para avanzar. Incluso podemos caer en la cuenta de que muchos otros seres que acompañan al hombre en su evolución le sirven de ayuda e inspiración. No solo animales visiblemente valiosos como los delfines y las ballenas, sino también otros en apariencia mucho más pequeños como las abejas cuyo organización resulta sin duda un ejemplo.
Incluso los vegetales nos ayudan, casi siempre silenciosamente, de muchísimas formas a las que estamos tan acostumbrados que pocas veces sentimos y les expresamos nuestra gratitud. Lo más obvio es sirviéndonos de alimento. Pero el alimento que nos ofrecen nos nutre de muy diferentes maneras, más de las que imaginamos.
No solo es alimento lo que nos brindan. Consideremos por ejemplo los árboles. No solo el don de sus frutos nos es valioso. También a través de su perfume, de la belleza y simetría de sus flores, de la forma de su tronco y de su copa, nos ofrecen un delicado mensaje que niveles profundos de nuestra conciencia pueden recibir.
Un ejemplo muy obvio es la forma del ciprés piramidal, así como de las coníferas en general, que se elevan como una flecha hacia lo alto. Otro ejemplo de una ofrenda que nutre el alma nos lo dan las flores que según sus diferentes colores despiertan nuestra sensibilidad y estimulan discretamente ciertas energías sutiles en nuestros centros más sensibles. ¿Qué decir de aquellas que se orientan girando de manera de estar siempre orientadas hacia el Sol, y de noche regresan casi al lugar inicial para poder repetir ese movimiento al día siguiente?
Nuestra especie no suele mostrar comprensión ni reconocimiento por lo que recibe y por la responsabilidad que eso acarrea. Con actitud soberbia, afirma que le toca conquistar y dominar todo lo que la rodea y actúa en consecuencia, imponiendo sus intereses o deseos egoístas a toda vida a su alrededor. En su codicia y voracidad insensible somete todo a su capricho, ya que se considera el propósito de la creación, y se ubica en la cúspide de la pirámide de la vida…

Pero no siempre fue la especie humana la que manifestaba la más rápida evolución hacia niveles de mayor conciencia. Cuentan ciertas leyendas de los indios hopi que las hormigas orientaron y cuidaron a estos humanos en situaciones extremas de cataclismos que hubieran podido extinguirlos. Sería posible que esos insectos representaran en una época desconocida para nosotros la especie de mayor evolución en la superficie del planeta.
Por su lado, un escritor mexicano, Antonio Velazco Piña, cuenta en su libro “Regina” que también las abejas ocuparon en un tiempo ese lugar en la tierra. Lograron avances increíbles, pero prestaron más atención a su comodidad y “bienestar” que a su evolución espiritual, y por eso perdieron ese privilegio que está siempre asociado a una gran responsabilidad. Es muy probable que esto ocurra nuevamente, ahora con nuestra especie…
También la historia de Hanuman nos ofrece indicios que otra especie, no la humana, habría sido en cierto tiempo lejano la de mayor conciencia en la superficie de la Tierra.
Esa consideración nos podría llevar a una actitud más humilde y redimensionar nuestras relaciones con los demás seres que nos rodean.
El humano entonces no sería más que el que actualmente representaría la especie de mayor rapidez de evolución hacia una mayor conciencia, y que por ese mismo motivo recibe cierto apoyo “especial” del planeta y de los seres que en él habitan. Apoyo que se le brinda para beneficio de todos los seres de esa comunidad tan increíblemente rica e integrada, de la que él sería algo similar al hermano mayor, atento al bienestar general. Pero en lugar de cuidarlos, nos los comemos sin remordimiento y sin ahorrarles sufrimiento.
Este último párrafo muestra lo lejos que está nuestra especie de retribuir y honrar los dones de la vida que permanentemente recibe del universo.
Todo parecería indicar que su posible desaparición sería celebrada como una esperada liberación por todos los seres del planeta, desde el reino mineral aparentemente inertes, pasando por los microbios, bacterias, hongos, vegetales, animales y todas las demás expresiones de la vida en el planeta que no son tan fáciles de clasificar…
Cabe preguntar qué pensaría-sentiría el planeta, siendo como la macro unidad que engloba todas las otras expresiones de vida que contiene, ante la desaparición de nuestra especie. Posiblemente integraría las diversas voces, haría una larga exhalación y diría en nombre de todos:
“nosotros hemos cumplido la Ley, ahora la Ley se cumplió también en este tiempo-espacio… Veamos cómo continuamos el juego”.
Honrando a un jugador
Pero permítanme un respiro. Voy a compartir un cálido recuerdo que por más de 20 años he guardado en mi corazón. Se trata de un chico que no olvidaré.
Me encontraba acompañando un pequeño grupo de adolescentes en un campamento de fin de año. Como es habitual en el Uruguay, se organizó un partido de fútbol.
Los más hábiles en ese deporte constituían un grupo peculiar, más deseosos de victoria que de recreación, y se adelantaron en organizar los equipos en nombre de todos. De un lado ellos, del otro los demás. Sabiendo que mi participación no iba a tener incidencia en el resultado final, no tuvieron inconveniente en que me uniera a los futuros perdedores…
Planteadas así las cosas, a nadie le extrañó que las chicas hubieran sido ignoradas. Ellas tampoco se sintieron molestas, pues era evidente que tenían otros intereses.
Quedaba un solo personaje, el héroe de este pequeño recuerdo, cuyo rol era singular. Un chico sencillo, que se llevaba bien con todos y todas, buen estudiante y además era un muy buen jugador de fútbol. El grupo ganador no consideró integrarlo.
Él hizo lo suyo. Jugó como siempre, dando lo mejor de sí hasta el final. “Perdió” como algunas veces, y por una buena diferencia, pero eso no cambió su humor. En su juego integró a todos sus compañeros y fue clave para que todos se retiraran conformes, unos porque habían ganado, otros porque habían jugado. Esa aparente derrota fue registrada en sus anales como una de sus hermosas victorias.
La Tierra no olvidará
Volvamos ahora a nuestro tema: la Tierra y lo que podría suceder en ella sin nosotros.
Nuestro planeta, en una etapa de su historia dio sustento a una especie-especial (entre otras) que en su juego tuvo posibilidades de lograr la victoria, la única que importa, la victoria sobre la muerte. Aparecieron amigos, aparecieron enemigos. Algunos respetaban las leyes del juego, otros no. En esa misma especie había una enorme variedad de actitudes. Se mezclaban héroes y traidores, pero la mayor parte jugaban distraídos, olvidando incluso que estaban jugando.
Los amigos eran valientes, pero los enemigos eran poderosos. En ese juego los héroes fueron magníficos, pero perdieron. Esa especie no logró su propósito colectivo y casi todos sus miembros deberán volver a jugar. Pero en este proceso hubo muchas historias luminosas y varios jugadores se transformaron en seres de hermosa luz, algunos incluso en nuevas estrellas en el firmamento, participando en nuevas aventuras…
Estos héroes podrán irse muy lejos, pero aunque perdieron el juego, la Tierra no olvidará a sus hijos. Ya inscribió el nombre de cada uno de ellos en un lugar inaccesible a sus enemigos, en el corazón del Kailash, su montaña más sagrada.


El hombre es una dualidad, una doble cara y esto será su lucha permanente que le impide ascender salvo los luminosos, que son los menos, nos construyeron mal y seremos la razón de nuestra desaparición si alguna vez llega.