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Home Autores Universales

LA TRAGEDIA Y GRANDEZA DEL SER HUMANO

by upaninews
marzo 19, 2026
in Autores Universales
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LA TRAGEDIA Y GRANDEZA DEL SER HUMANO
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¿Hasta dónde está dispuesto a llegar el ser humano por conocimiento, poder o plenitud? Johann Wolfgang von Goethe (1749- 1832) responde esta duda en su obra Fausto (1808). Aquí nos cuenta cómo un erudito que, pese a haber estudiado todas las ciencias, siente que el conocimiento académico no le da sentido a la vida. Esta crisis no es más que la tensión constate entre el conocimiento racional y el significado existencial. Filosóficamente, Fausto simboliza la insatisfacción humana frente a los límites de la existencia.

PRÓLOGO EN EL CIELO
(EL SEÑOR. Las Huestes celestiales. Después MEFISTÓFELE: Se acercan los tres Arcángeles.)
RAFAEL

El Sol templa, a la antigua usanza, el duelo de canto de las esferas hermanadas y culmina con un rayo
su prescrito viaje. Su luz da fuerza a los ángeles, aunque ninguno puede dar razón de él. Las nobles y
sublimes obras está tan espléndidas como el primer día.

GABRIEL
Y, con una velocidad inconcebible, la hermosa Tierra gira rápida sobre su eje e intercambia el
esplendor paradisíaco con la noche profunda y estremecedora. Grandes oleadas de mar rompen en
espuma al estrellarse en la honda base de las rocas, y estas y el mar son arrastrados por el rápido y
eterno curso de la esfera.

MIGUEL
Las tempestades rugen con el desafío del mar y la tierra, de la tierra y la mar, a su alrededor e,
iracundas, van tres zando una cadena del más poderoso influjo. Allí, una desolación ardiente hace
brillar la senda que precede trueno; pero tus mensajeros, Señor, admiran el apacible caminar de tu día.

LOS TRES A LA VEZ
Esta visión da fuerzas a los ángeles, porque nadie puede dar razón de Ti y todas tus nobles obras están
espléndidas como el primer día.

MEFISTÓFELES
Señor, ya que te acercas otra vez a preguntar cómo nos va todo por aquí, y ya que te agradó mirarme en
otros tiempos, estoy de nuevo entre tu servidumbre. Perdona que no pueda hablarte con palabras
elevadas, aunque de mí se mofe toda esta reunión; mi patetismo te haría reír, si no te hubieras
acostumbrado a dejar de hacerlo. No sé nada sobre el sol y los mundos, sólo veo cómo se atormenta el
hombre. El pequeño dios del mundo sigue igual que siempre, tan extraño como el primer día. Viviría un
poco mejor si no le hubieras dado el reflejo de la luz celestial, a la que él llama razón y que usa sólo para
ser más brutal que todos los animales. Lo comparo, con licencia de Vuestra Gracia, con esas cigarras
zancudas que vuelan continuamente, dando saltos, y, una vez que están sobre la hierba, cantan su vieja
canción. ¡Si al menos permaneciera en la hierba!, pero no, tiene que meter las narices donde no le
importa.

EL SEÑOR
¿No tienes nada más que decir?, ¿sólo vienes aquí a acusar? ¿Es que no hay sobre la tierra nada bueno?
MEFISTÓFELES
No, Señor; sinceramente me parece que allí todo va tan mal como siempre. Compadezco la vida de
calamidades que llevan los hombres. Ni siquiera me apetece atormentar a esos desdichados.

EL SEÑOR
¿Conoces a Fausto?
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MEFISTÓFELES
¿El doctor?

EL SEÑOR
Mi servidor.

MEFISTÓFELES
Sí; y cierto es que os sirve de una manera muy peculiar. Ni la comida ni la bebida de ese insensato son
terrenales. Su inquietud lo inclina hacia lo inalcanzable, pero percibe su locura sólo a medias. Le exige al
Cielo las más hermosas estrellas y a la Tierra los goces más elevados y, sin embargo, nada cercano ni
lejano sacia su pecho profundamente agitado.

EL SEÑOR
Aunque ahora me sirve en la confusión, pronto lo llevaré a la claridad. El jardinero sabe, cuando el
arbolito echa renuevos, que le crecerán ramas y le saldrán frutas.

MEFISTÓFELES
¿Qué apostáis? Todavía habéis de perder si me permitís llevarlo a mi terreno.

EL SEÑOR
Mientras él viva sobre la tierra, no te será prohibido intentarlo. Siempre que tenga deseos y aspiraciones,
el hombre puede equivocarse.

MEFISTÓFELES
Te lo agradezco, pues con los muertos nunca me he entendido muy bien. Prefiero unas mejillas frescas y
gordezuelas. Con un cadáver no me encuentro nunca a gusto: me pasa lo que al gato con el ratón.

EL SEÑOR
Bien, lo dejo a tu disposición. Aparta a esa alma de su fuente originaria y, si puedes aferrarla por tu
camino, llévala abajo, junto a ti. Pero te avergonzará reconocer que un hombre bueno, incluso
extraviado en la oscuridad, es consciente del buen camino.

MEFISTÓFELES
¡Muy bien!, no tardaremos mucho tiempo. No me da miedo la apuesta. Permíteme, si logro mi
objetivo, sentirme henchido por mi triunfo. Para mi regogijo, él tendrá que morder el polvo, como mi
tía, la famosa serpiente.

EL SEÑOR
Podrás actuar con toda libertad. Nunca he odiado a tus semejantes. De todos los espíritus que niegan,
el pícaro es el que menos me desagrada. El hombre es demasiado propenso a adormecerse; se entrega
pronto a un descanso sin estorbos; por eso es bueno darle un compañero que lo estimule, lo active y
desempeñe el papel de su demonio. Pero vosotros, auténticos hijos de Dios, disfrutad de la viviente y
rica belleza. Que lo cambiante, lo que siempre actúa y está vivo, os encierre en los suaves confines del
amor, y fijad en ideas eternas lo que flota en oscilantes apariencias.
(El Cielo se cierra y los Arcángeles se dispersan.)

MEFISTÓFELES
De vez en cuando me gusta ver al Viejo y me guardo de indisponerme y romper con Él. Es muy
generoso que un señor tan grande tenga la bondad de hablar incluso con el diablo.

LA TRAGEDIA
PRIMERA PARTE


DE NOCHE
(En una habitación gótica, estrecha y de altas bóvedas, FAUSTO está sentado en un sillón ante su
pupitre.)

FAUSTO
Ay, he estudiado ya Filosofía, Jurisprudencia, Medicina y también, por desgracia, Teología, todo ello
en profundidad extrema y con enconado esfuerzo. Y aquí me veo, pobre loco, sin saber más que al
principio. Tengo los títulos de Licenciado y de Doctor y hará diez años que arrastro mis discípulos de
arriba abajo, en dirección recta o curva, y veo que no sabemos nada. Esto consume mi corazón. Claro
está que soy más sabio que todos esos necios doctores, licenciados, escribanos y frailes; no me
atormentan ni los escrúpulos ni las dudas, ni temo al infierno ni al demonio. Pero me he visto privado
de toda alegría; no creo saber nada con sentido ni me jacto de poder enseñar algo que mejore la vida de
los hombres y cambie su rumbo. Tampoco tengo bienes ni dinero, ni honor, ni distinciones ante el
mundo. Ni siquiera un perro querría seguir viviendo en estas circunstancias. Por eso me he entregado a
la magia: para ver si por la fuerza y la palabra del espíritu me son revelados ciertos misterios; para no
tener que decir con agrio sudor lo que no sé; para conseguir reconocerlo que el mundo contiene en su
interior; para contemplar toda fuerza creativa y todo germen y no volver a crear confusión con las
palabras.

Oh, reflejo de la luna llena, por la que tantas veces velé sentado ante este pupitre hasta que aparecías,
melancólico amigo, sobre los libros y los papeles, si iluminaras por última vez mi pena; ¡ay!, si
pudiera andar por las cumbres de los montes bajo tu amada claridad; flotar en las grutas acompañado
de espíritus; vagar en tu penumbra por los prados y, habiéndose disipado todas las brumas del saber,
bañarme, robusto, en tu rocío. ¡Ah!, ¿pero seguiré preso en esta cárcel?, agujero maldito y húmedo,
hecho en un muro a través del cual incluso la querida luz del cielo entra turbia al pasar por las
vidrieras. Encerrado detrás de un montón de libros roídos por los gusanos y cubiertos de polvo, que
llegan hasta las altas bóvedas y están envueltos en papel ahumado. Cercado por cofres y retortas, aherrojado
por instrumentos y trastos de los antepasados. Este es tu mundo, ¡vaya un mundo!

¿Y aún te preguntas por qué tu corazón se para, temeroso, en el pecho? ¿Por qué un dolor
inexplicable inhibe tus impulsos vitales? En lugar de la naturaleza viva, en medio de la que Dios puso
al hombre, lo que te rodea son osamentas de animales y esqueletos humanos humeantes y mohosos.
¡Huye!, sal fuera, a la amplia llanura. ¿No te será suficiente compañía ese libro misterioso, autógrafo
de Nostradamus? Con su ayuda reconocerás el curso de las estrellas y, cuando la naturaleza te haya
instruido, aumentará en ti la fuerza del alma, como si un espíritu le hablara a otro. En vano tratarás de
explicar los sagrados signos mediante la ayuda de la árida reflexión; ¡volad, oh espíritus, junto a mí y
decidme si me oís! (Abre el libro y serva el signo del Macrocosmosl.) ¡Ah!, qué deleite corre de
súbito, al mirarlo, todos mis sentidos. Siento cómo la joven y santa felicidad vital me fluye por
músculos y las venas con renovado ardor. ¿Fue acaso un Dios el que escribió estos signos que calman
el furor de mi interior, llenan mi pobre corazón de gozo y, con un impulso secreto, me desvelan las
fuerzas naturales? ¿Soy acaso, un dios? Todo se llena de claridad. En estos trazos puros se evidencia
ante mi espíritu la activa naturaleza. Ahora sí que entiendo lo que dice el sabio: «No está cerrado el
mundo espiritual; son tus sentidos los que están cerrados, es tu corazón el que está muerto; discípulo,
levanta, y baña infatigablemente tu pecho terrenal en la aurora». (Observa el signo.)

¡Cómo se entreteje el conjunto de las cosas en el Todo y cómo lo uno repercute y vive en lo otro!
¡Cómo las fuerzas celestiales suben y bajan y se siguen los áureos cangilones! ¡Con un vaivén que
huele a bendición, bajan desde el cielo a recorrer la tierra y hacen que resuene en armonía el universo!
¡Qué espectáculo!; pero, ay, ¡es sólo un espectáculo! ¿Dónde te comprenderé, naturaleza infinita?
¿Dónde estáis, pechos, fuentes de la vida de las que penden el cielo y la tierra y adonde el corazón
marchito acude? Vosotros manáis en torrentes y alimentáis el mundo; ¿languidezco yo en vano?
(Hojea el libro de mala gana y ve el signo del Espíritu de la Tierra.)

¡Qué diferente es el efecto de este signo sobre mí! Tú, Espíritu de la Tierra, me resultas más cercano.
Siento que mis fuerzas aumentan, ardo como si hubiera bebido un vino nuevo; siento valor para
aventurarme por el mundo, para afrontar el dolor y la fortuna que me reporte la tierra, para adentrarme en
la tempestad y no temer el crujido de la nave al zozobrar. Las nubes se amontonan sobre mí, la luna
oculta su luz, la lámpara se extingue, el ambiente está húmedo. Unos rayos rojos se concentran sobre mi
cabeza, un estremecimiento va descendiendo desde la bóveda y se hace dueño de mí. Siento que flotas
sobre mí, espíritu anhelado, ¡revélate! Ah, ¡cómo se desgarra mi corazón! Mis sentidos se abren a nuevos
sentimientos. Mi corazón está plenamente entregado a ti. ¡Revélate!, aunque me cueste la vida. (Toma el
libro y pronuncia misteriosamente el signo del ESPÍRITU. Se enciende una llama rojiza y el ESPÍRITU
aparece en la llama.)

ESPÍRITU
¿Quién me llama?
FAUSTO (Volviendo la cara.)
¡Qué aterradora visión!

ESPÍRITU
Me has atraído aquí con gran poder, absorbiéndome lejos de mi esfera; y ahora, ¿qué?

FAUSTO
¡Vete!; no te soporto.

ESPÍRITU
Has suplicado, hasta quedarte sin aliento, poder contemplarme, poder oír mi voz y ver mi cara; el fuerte
anhelo de tu alma me ha atraído aquí, y aquí estoy. ¡Qué deplorable pavor se ha apoderado de ti,
superhombre! ¿Dónde está la llamada del alma? ¿Dónde está el pecho que creó un mundo dentro de sí, lo
portó, lo cuidó y, temblando de gozo, se engrandeció para elevarse a nuestra altura, la de los espíritus?
¿Dónde está Fausto, cuya voz resonó para que acudiera? ¿Eres tú el que, al respirar mi hálito, tiembla en
lo más profundo de su vida, gusano asustadizo y encogido?

FAUSTO
¿Podría eludirte, hijo de la llama? Yo soy Fausto; yo soy tu semejante.

ESPÍRITU
En las mareas de la vida, en la tempestad de la acción, si y bajo en oleadas, me agito de un lado para otro.
El nacimiento y la sepultura son un mar eterno, una trama cambiante, una vida candente que voy tejiendo
en el veloz telar del tiempo, para hacerle a la divinidad su manto viviente.

FAUSTO
Tú, que das vueltas por el ancho mundo, ¡qué cercano me siento a ti, atareado espíritu!

ESPÍRITU
Te asemejas al espíritu que concibes, no a mí. (Desaparece.)

FAUSTO (Desplomándose.)
¿No a ti? Entonces, ¿a quién me asemejo? Yo, imagen de Dios, ni siquiera soy semejante a ti. (Llaman.)
Oh, muerte, ya sé quién es: es mi fámulo. ¡Mi más hermozo gozo se echa a perder! ¡Que este ser rastrero
y mezquino interrumpa semejante riqueza de visiones!

(Entra WAGNER en batín y gorro de dormir y con una lámpara en la mano.
FAUTO se vuelve de mala gana.)

Leer mas: https:
//www.ucm.es/data/cont/docs/119-2014-02-13-Goethe.Fausto.pdf

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