La violencia y sus innumerables rostros nos ha acompañado desde siempre. Podríamos decir que, de hecho, hace parte constitutiva de la especie humana, de lejos la más depredadora de todas. Más allá de un instinto de supervivencia, está ligada a todas aquellas posibilidades que nos abre el libre albedrío: la ambición, la competencia, la venganza, el placer y, claro está, el miedo, aquel que activa nuestra sombra y nos conduce por los senderos de la ignorancia.
La violencia ha sido catalogada en decenas de tipos y denominaciones. Todo dependerá del momento histórico, del contexto y de las ideologías que la sustentan; en casos como el colombiano, por ejemplo, surgió incluso la categoría de “los violentólogos”, aquellos dedicados a comprender las raíces del conflicto armado que por décadas nos ha azotado[1].
Sin embargo, la violencia – las violencias- ya no nos asombran. Los medios de comunicación han cumplido un rol importante en esa normalización: hay quienes incorporan a la rutina del almuerzo las noticias televisadas que a esa hora por general presentan un puzzle de guerras, riñas y tragedias; el cine de acción, con sus Rambos y sus Terminators siempre reinventados, sigue siendo el que llena los bolsillos de los productores. Y las paredes, las calles y las redes sociales han incentivado los discursos del odio y la intolerancia.
Claro está, en la dualidad humana surgen también multiplicidad de propuestas para gestionar los conflictos y las violencias: la no violencia (ahimsa), que contó con promotores como Gandhi, Martin Luther King o Nelson Mandela[2]; los círculos de la palabra, propios de diversas comunidades indígenas, como escenarios para la resolución de conflictos[3]; las comunidades de paz, que abogan por una posición neutral frente a actores armados en confrontación[4].
Ahora bien, en medio de un contexto global de múltiples violencias, es imprescindible preguntarnos por aquellas que nosotros ejercemos en nuestra vida cotidiana, hacia los otros y hacia nosotros mismos. Las herramientas que nos aportan senderos espirituales, nos permiten hacer conciencia de esas acciones y omisiones que contribuyen desde lo pequeño y desde lo interno a ejercer la violencia sin que nos demos cuenta.
La práctica de los fundamentos éticos del yoga – los yamas y los niyamas- propuestos en el Yoga Sutra de Pantajali, nos aportan unas pautas sencillas y a la vez exigentes para acercarnos un modo de relacionarnos con nuestro entorno y con nosotros mismos[5]. Los principios de la compasión y de la autocompasión que impulsa el budismo nos abre vías para considerar la empatía, las buenas intenciones y el trato respetuoso como fundamentos básicos de la vida.
Sogyal Rimponché dice: “¿Qué es la compasión? No es solo una sensación de lástima o interés por la persona que sufre, ni es solo un afecto sincero hacia la persona que tienes delante, ni un claro reconocimiento de sus necesidades y su dolor; es también la determinación sostenida y práctica de hacer todo lo que sea posible y necesario para contribuir a aliviar su sufrimiento”. [6]
Estas apuestas requieren de un ejercicio cotidiano, ojalá interiorizado y naturalizado, de revisión y de introspección. Los dramas colectivos, familiares y personales siempre nos acechan. La autoexigencia a veces nos lleva a la autoagresión. No siempre podemos escoger los temas y espacios laborales, ni el lugar de vivienda (el país, la ciudad, el barrio…), mucho menos los vínculos familiares y la exposición a los medios de comunicación.
De ahí que mientras habitemos este planeta, nuestra tarea será pilotear desde lo interno, las violencias de cada día.
Fuentes consultadas
[1] https://www.semana.com/nacion/articulo/los-violentologos/88236-3/
https://www.elespectador.com/opinion/columnistas/mauricio-garcia-villegas/violentologos-column-597630/
[2] https://www.elmundo.es/especiales/2013/internacional/martin-luther-king/otros-lideres.html
[3] https://www.lahojarasca.co/2022/05/31/el-circulo-de-la-palabra-y-la-comision-de-la-verdad/
[4] https://www.pares.com.co/post/4-acciones-de-paz-desde-las-comunidades
[5] https://yogainternational.com/es/article/view/los-yamas-y-niyamas-en-su-contexto/
[6] Rimponché S. (2014). El libro tibetano de la vida y la muerte. Editorial Urano, Barcelona

