Dice la tradición que para poder ser una verdadera partera se debe tener los brazos cortos y las asentaderas grandes, con la finalidad de intervenir poco y acompañar durante largos períodos. Estar ahí para sostener, apoyar, tocar, susurrar o respirar en conjunto. Intensos instantes a cada minuto. Sentir a través del tacto o la vista como ese cuerpo se abre y da paso.
Hay momentos en la existencia en los que se dan encuentros que se gestan desde el destino. Lo marca a uno para siempre, a pesar de que la frecuencia de estos encuentros sea tanta que puedan borrar de la memoria lo específico de cada uno.
Son cientos de ojos, de miradas profundas e insondables, tal es la visual de una partera que asiste a esos encuentros. Y es que la cita se da cuando ellas, así, voluptuosas, intensas, algunas veces sensibles o temerosas, y otras veces aguerridas y decididas, llegan solicitando preparación y acompañamiento en el gran momento: el parto, el nacimiento.
“Hay todo tipo de partos y todo tipo
de nacimientos. No todos con
finales felices. Algunos plenos, serenos
y desbordantes de placidez”
Y es que este experimento, el de parir y dejar nacer, requiere la acción de desempolvar la memoria celular, la de la mamífera, la primal, la que cada mujer contiene. En realidad, la partera no tiene nada nuevo, o casi nada que decirle a una mujer que va a parir, puesto que cada rincón de sus células sabe perfectamente lo que debe hacer para que pueda rendirse, abrirse y entregarse a la forma en la que ella decida traer a su criatura al mundo.
El parir y el nacer va más allá de algo meramente fisiológico. Sin importar las circunstancias la gran mayoría de las mujeres recurre a sus partos como uno de los eventos trascendentes e intensos de sus vidas. No todas quieren parir y no todos quieren nacer. Pero muchos, si no la mayoría, llega en circunstancias complejas de vida, de familia y de ambiente.
Sin embargo, no toda la existencia estará determinada por la forma de llegada a este mundo, sino por la vida misma que ese ser tendrá.
“Cada rincón de sus células sabe
perfectamente lo que debe hacer para
que pueda rendirse, abrirse y entregarse”
Existen tantas formas de parir, tantas posturas, sentada, acostada, en cuclillas, en el agua, en la casa y, el más tradicional en el hospital. Cada sistema, en cada mujer, reacciona y da a luz de una forma tan diversa. Una mujer llega a ese momento (que a veces puede durar horas y horas), con su mente, su corazón, sus vivencias, sus emociones y sentimientos y toda esta fusión que ella es, hace que surja el parto de tan diversa forma que acompañarlas siempre fue una experiencia única.
La belleza de este oficio y el clímax del momento llega cuando la mujer, convertida en un ser indescriptible lleno de fuerza, adrenalina y furia (aquella del mar o del viento) a través de gruñir, contorcionarse para ajustar las formas de su cuerpo, con las pupilas dilatadas, absorta en sí misma, permite que esa cabecita se asome a este mundo en lo que será el primer día de su experiencia en estos planos.
“Existen tantas formas de parir,
tantas posturas, sentada, acostada,
en cuclillas, en el agua, en la casa y,
el más tradicional en el hospital”
Hay todo tipo de partos y todo tipo de nacimientos. No todos con finales felices. Algunos plenos, serenos y desbordantes de placidez y otros teñidos de circunstancias difíciles en los escenarios de la maternidad. Algunos partos compartidos en pareja y otros en solitario. Unos llenos de risas y música y otros solemnes y en silencio.
Cada mujer siendo libre en base a sus conocimientos a decidir cómo vivirlo y hacerlo.
Ser testigo y acompañante de una mujer que va a parir y de un bebé que va a nacer siempre será un encuentro que jamás se borra del corazón de una partera.


Muchas gracias por este artículo. Me permitió revivir mi parto, la experiencia que fue, lo que viví y lo que sentí. Me encantó como describes cómo llegamos al momento del parto: con nuestro corazón, nuestras vivencias, emociones y sentimientos. Maravilloso artículo, gracias de nuevo!
El trayecto de un alma que asiste a otra en su cuerpo físico, es sumamente amoroso. Y desde ahí comienza un idilio de un tiempo que no termina, es la grandeza de la vida. Lo más divino para mí sería entender el contenido de esa relación que se convertirá en acciones diversas inteligentemente llevadas y que arrojen luz. El Amor de la Creación es verdaderamente un milagro.