Los ciclos de la vida traen consigo hermosos encuentros con otros a quienes integramos en nuestros presentes por corto o largo plazo. Desde el vínculo familiar que se configura al nacer nos vamos reconociendo y tejiendo relaciones de diversa índole que surgen en múltiples escenarios y se estructuran como una red con la cual tenemos conexiones tan duraderas o efímeras como se da la correspondencia.
Surgen relaciones de amistad, de pareja, de hermandad, de familia, de trabajo y allí vamos en el continuo espacio – tiempo actuando y por ende cambiando, puesto que ninguna elección que nos lleve a la acción nos deja en el mismo lugar – seamos conscientes o no de esto – dada la dinámica constante del flujo y reflujo de procesos en los que vamos inmersos, digamos que viviendo.
Sin embargo, el vivir no es algo que suceda por inercia porque el sujeto que somos está configurado y diseñado para funcionar en el plano de la acción determinado por la elección que propicia una dinámica de constante transformación, que, aunque no lo hagamos consciente, sucede cada segundo.
La cualidad de estas relaciones a lo largo de nuestra experiencia de vida se aprecia en lo que cada vinculo nos aporta o resta en nuestro crecimiento y evolución, asunto que muchos pasamos por alto centrándonos en intercambios inocuos y superficiales, sin considerar al valor o costo de este tiempo quizás perdido, porque si no hacemos balances el aprendizaje que conduce a ajustes estará ausente, y sin esto avanzaremos poco.
Cuando nos conducimos desde un estado de conciencia cada vez más desarrollado en línea con la realización del Ser, es inevitable que el pasar de los años nos exija la inevitable revisión de estos vínculos y nos movamos a decidir – si estamos claros – sobre cierres, distanciamientos deliberados y necesarios, así como el establecimiento de límites para disponernos desde una mayor verdad ante los otros procurando frenar dinámicas que no van bien y nos retrasan.
Estas son digamos que situaciones apremiantes para muchos y ante las cuales se dilatan procesos, o incluso se vuelve sobre éstos y se crean reencuentros y se hacen balances de vida claves para el avance.
En cualquier caso, hay que estar muy atentaos a la forma y los sentimientos con los que nos acercarnos porque por ejemplo podría emerger la nostalgia o la gratitud, entre otros que acompañen estos momentos, en los que hay riesgo de perder perspectiva si dejamos que la melancolía aparezca restando a la aceptación ganada o por alcanzar.
Pablo Neruda quien ha sido considerado por algunos de sus colegas como el más grande poeta del siglo XX, en una de las frases célebres de su Poema No.20 recoge con exacta simplicidad esta reflexión cuando expresa: “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. Y esto bastaría para alivianar el peso del reclamo que pudiera surgir cuando buscando avanzar cerramos vínculos.
Solemos recurrir a reencuentros en donde juegan mucho la remembranza de lo vivido, y puede ser un buen recurso evolutivo si nos volvemos a ver sabiendo que somos otros, y abrirnos a momentos de intercambio desprovistos de expectativas sobre el otro para que valgan los nuevos tiempos porque los viejos tiempos ya se fueron junto con lo que entonces éramos.


Oportuna reflexión para Validar cada acción que emprendemos en nuestro camino hacia la sanación.