Hay lugares que nos esperan para entregarnos algo de nosotros muy íntimo, puro y determinante de nuestra existencia. Estos espacios naturales o construidos por el hombre están dispuestos de una energía y cargados de ciertas frecuencias que configuran las condiciones exactas para que el Ser se reconozca, recordándose.
Llegar a ellos implica un desplazamiento en principio físico que se concreta en un viaje con propósito e intención, inspirado en las creencias que caracterizan una dimensión del hombre menospreciada, la espiritual, que expresa cualidades de su esencia cósmica con la cual se busca la conexión.
«Y acá viene lo hermoso porque hablaríamos
de eras, seres, elementos y rituales conjugándose
en el espacio tiempo para invocar, conectar…»
Esa motivación emerge en cierto momento del alma, cuando se sienten anhelos de alcances mayores, de respuestas y encuentros de luz más puros que nos impulsen y den fuerza para poder lograr desde pequeños y menores asuntos hasta elevadas aspiraciones trascendentes.
¿Cuáles son? ¿Dónde están? ¿Quién los ha configurado? ¿Desde cuándo existen? Y acá viene lo hermoso porque hablaríamos de eras, seres, elementos y rituales conjugándose en el espacio tiempo para invocar, conectar, contactar y experimentar las fuerzas puras de luz que asisten la creación toda. Ofreciéndonos por quienes hemos sido, lugares que en el presente propician al hombre esta vivencia espiritual.
«Este sentimiento se acrecienta en el recorrido
que puede durar horas, días o meses según
la distancia del lugar sagrado al que nos dirijamos…»
A esta experiencia de contacto se le ha llamado hermosamente “peregrinaje” y al sujeto que lo realiza “peregrino” vinculando estas palabras a la acción de colocarse por voluntad en una experiencia para activar aspectos tan íntimos anhelando conscientemente o no, alcanzar un estado de gracia como es la Fe, el exacto reconocimiento del Ser.
Cuando decidimos realizar este viaje una aventura del alma se concreta activándose un ímpetu de confianza propia ante la determinación de peregrinar visitando lugares sagrados para impregnar, purificar, soltar, clamar, implorar, rogar, orar, agradecer, entregar… en fin para engrandecer con el corazón conmovido ante la invisible pero tangible fuerza de amor que nos contiene y somos.
Surge un encantamiento que produce la complicidad propia de llevarnos por jornadas donde nuestro pensamiento está colocado en intenciones vitales para sostenernos en esta existencia sin desfallecer. Este sentimiento se acrecienta en el recorrido que puede durar horas, días o meses según la distancia del lugar sagrado al que nos dirijamos.
El recorrido es importante, pero lo es más el encuentro. El plantarse ante esos espacios que como se ha dicho, están dispuestos bien sea para para rendirnos en gratitud como respuesta a lo benditos que podamos sentirnos, para encontrar respuestas esenciales ante lo devastador que podamos concebir la vida, y para impregnar sutilmente de luz nuestra conciencia.
La ofrenda es el peregrino y su corazón confiado en que la fuerza asiste y dispensa, de ahí que rendirse allí es un acto de amor al reconocernos benditos de encontrar el valor para hacer un viaje que se registra en el alma dejándonos una impronta que nos traerá devuelta una y otra vez al presentirnos en conexión con lugares desde los cuales podremos retomar al activar memoria activa como materia prima evolutiva.
Estos espacios sagrados tan diversos desde montañas, lagos, ríos, templos y hasta cuevas, habitados y activos muchos de ellos, están dispuestos para recibir al alma que se intuye sabiendo que allí encuentra puentes para cruzar vacíos impensables de superar en este hermoso y bendito peregrinaje que es en sí misma nuestra amada y bendita vida.


Hermosa conclusión, ver en nuestra vida un peregrinaje hacia el Ser hacia nosotros mismos y valernos de los sentidos para apreciar las maravillas que nos vamos encontrando…