La música suena dentro de mi cabeza una y otra y otra vez, mi amigo, la música no tiene fin… se acabó el verano, pero la música sigue sonando y no dejará que el frío me deprima… La música suena dentro de mi cabeza. La música suena adentro. La música suena adentro. –
Carol King
Santiago Vilá | SKY Colombia
La imaginación musical, como recurso inagotable de la psique (o del alma), en su afán existencial por representarse a sí misma, nos recrea una y otra vez a través de experiencias inéditas, propias, imposibles de describir con palabras y de significación profunda. Un matrimonio eterno entre la psique y la música. Un vínculo con la matriz de sonidos universales que, al darse íntimamente, nos puede llevar de paseo por los predios del Ser.
El aparato cerebral, como receptor, procesador, modulador y almacenador de la información y la experiencia personal sonora, puede volver a conectarnos con instancias profundamente significativas con escuchar tan solo un fragmento de alguna canción olvidada, creando momentos preciosos: agujeros de gusano en el espacio tiempo que responde a la sonoridad. Pero es también el sesudo órgano, regente de la funcionalidad informática, que puede jugarnos malas pasadas y llegar a torturarnos con el circuito interminable de canciones o melodías pegadizas, fastidiosos intrusos que taladran con sus sonidos, la bóveda sagrada del tan anhelado silencio. Esas canciones que se simplemente se pegan, como larvas listas para auto-reproducirse: por más que lo intentemos, simplemente no dejan de sonar en nuestras mentes. Hay reportes de personas que permanecen con este tipo de gusanos por semanas enteras.1

Existe mucha música que ha sido concebida tan solo para “enganchar” la mente de quien la escucha, siendo la fórmula favorita de comerciales y la excesiva propuesta de frivolidad mediática. Seguramente todos podremos haber vivido varios contagios, o estar bajo el hechizo presente de alguno de ellos: virus que mutan y se perpetúan. Sin embargo, hay una parte que concierne al ámbito propio en la ecuación que hace posible que el contagio se dé. Para Oliver Sacks, el gran neurólogo y “musicofílico” inglés, el fenómeno de los “gusanos cerebrales”, ante el cual todos somos susceptibles, tiene que ver tanto con ciertas cualidades presentes en la música, como con las características del cerebro dentro de un amplio rango de funcionalidad o patología.
La repetición musical, como recurso rítmico-melódico presente en todas las formas de composición, (desde las fugas de Bach hasta los comerciales de Coca Cola), puede generar una alianza macabra de auto-perpetuación gracias a la activación de ciertos circuitos cerebrales de repetición asociados con la memoria y el aprendizaje. Estas melodías quedan de cierta forma “atrapadas” en un estrecho circuito nervioso que las reproducirán de manera continua por un período de tiempo que va a variar de acuerdo a la funcionalidad y cableado propio de cada cerebro. Lo anterior sucede, a razón de la misma naturaleza de la frase musical, con un inicio claro y un final claro también, el cual, por ciertas características tonales, podría funcionar también como un inicio, conectando musicalmente la cola con la cabeza. Este patrón musical, a manera de bucle y según explica Sacks, puede exacerbarse en terrenos cerebrales aptos para tal fin. Los circuitos de sinapsis nerviosa relacionados con trastornos de tipo obsesivo compulsivo, tienden a asociarse con este tipo de repeticiones y a perpetuarlas de acuerdo con su tendencia programada para la repetición, que ha sido fortalecida por la experiencia y las acciones del individuo. Así mismo, el Parkinson, como enfermedad “ecoica”, tendiente a la repetición, hace que este tipo de fenómenos sean más probables y más intensos. También se presenta con mayor incidencia en casos de trastornos de tipo autista o Síndrome de Tourette. Este análisis nos podría llevar a considerar una perspectiva más consciente del fenómeno ante el cual todos somos susceptibles, especialmente en momentos en donde el bombardeo sensorial es implacable. Ante la viralidad musical, también, la mayor fuerza de inmunidad sería la toma de consciencia: aquel ámbito propio y expansivo capaz de subsanar toda.
1 Sacks, Oliver (2007). Musicofilia: Relatos de la Música y el Cerebro. Anagrama. Barcelona

