No podemos sentirnos culpables de lo que no hemos cometido. Aunque hay quienes asumen esa omisión sin haberla producido. La libertad humana ha sido demasiado para la humanidad, en parte porque no hemos sabido interpretar ni el alma del universo ni el alma del otro. ¿Cómo hacerlo si nos hemos ignorado a nosotros mismos? Es la razón por la cual el concepto del bien se disuelve en las acartonadas paredes de la razón.
Estamos sitiados de melancolía, y es urgente sacudirse el melodrama. Tanta tristeza nos invita a revisar el trazado que nos ha sentenciado el destino, destino que empieza y termina en nosotros. Si no somos capaces de soportar tanta realidad, tampoco lo somos para declararnos en amargura eterna. Es mejor detenernos y revisar lo que realmente amamos. Al menos, un ratico de consciencia para el despegue: el signo de la verdad es la paz.
Ahora que comienza otro periodo, no se trata de explorar, en estos tiempos, sobre si el progreso de la humanidad está asentado en el espíritu de la paz, dado que ha habido excesos de conflictos, de tal magnitud, que ese valor, entereza o inteligencia, se ha evaporado, y el hombre carece del más mínimo sentido de orientación para restablecer la armonía. Pensará que sosiego y tranquilidad es salir de compras, ver una película o serie, reivindicar el cuerpo en cualesquiera de sus tendencias hedonistas; es decir, todo el festín de los sentidos.
Cómo abruma la apetencia de estar bien, básicamente apalancado en el anhelo de mejoría material, de compromiso con el estatus, de esa convivencia asimétrica de energías en un Jardín del Edén, cuyos simbolismos no han cesado de aturdir: desobediencia, muerte, felicidad, transgresión. Serpientes por todos lados, en diversas lecturas, unas, sembrando confusión y caos, y otras, resguardando y beneficiando al ser.
El hombre ha sacrificado su paz interna y no se ha dado cuenta. El falso gusto por la vida ha deformado su divinidad. En esos bordados existenciales se impone el hartazgo de la deformación humana, y todo el caudal de mentiras de todo tipo, sociales, políticas, económicas, culturales, religiosas, espirituales, sin las cuales no tendría de dónde colgarse. Oscila entre la inconciencia y el desconocimiento. Entonces, ¿dónde reside su virtud? En su verdad, donde mora la paz.
No solo no todo está degenerado, sino que cada día hay demostraciones de expansión de luz, de avance, de una inmensa voluntad de transformación, de una paz interior, que no es una aspiración momentánea, y sí, un compromiso con la paz, y sin forzar el argumento, hablamos de una agraciada energía que anima a la sombra a emerger, la reconocemos y sanamos. No al modo de gloria a dios en las alturas, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Sin lucha interna, el hombre de buena voluntad es una paradoja, cuando no un disparate existencial.
La aventura humana que se constriñe en los mandamientos de la maya, al velo del engaño que envuelve los ojos de los mortales, como enfatiza la sabiduría védica, es opuesta a aquellos quienes sí saben objetivar su voluntad y se han sacudido el alma mater de la inconciencia, epopeya nada fácil. Y es que, para ser un descendiente o heredero de la paz, es determinante, practicarla, sostenerla, cultivarla, dado que la paz, como estado de conciencia (EVD), y derecho humano, es el más añorado por la humanidad y el menos experimentado.
En un sentido espiritual, todos somos descendientes de la paz, contenemos esa virtud, y el estado actual del planeta estaría en otra frecuencia, -entendimiento, equilibrio, luz a la enésima potencia- si fuéramos coherentes con nuestro propósito, y atendiéramos a nuestro interno con cabal discernimiento. ¿Cuánta vida es capaz de contener la paz? La humanidad íntegra. ¿Acaso es este ciclo evolutivo de Kali yuga lo que hace que la paz sea una proeza inalcanzable?
Sin dudas, el mundo no puede ser un pesebre, pero tampoco una trinchera de guerra, sin embargo, el sueño del corazón es la paz, y es una tarea ineludible atendernos para poder aspirar a esa inteligencia suprema.

