La realidad digital y el tecnofeudalismo
La realidad como relato ya no se construye desde la experiencia, sino desde la estadística. La historia humana no es aquello que acontece, sino lo que circula. Y lo que circula ya no lo elige el espíritu humano, sino el algoritmo. Hemos ingresado a una nueva metafísica, en la cual lo que no aparece en pantalla parece no existir. En este nuevo orden digital, la tecnología no nos aplasta: nos absorbe.
Como una matrix invisible, se mimetiza con nuestras emociones, se alimenta de nuestras decisiones y termina por modelar nuestras preferencias, creencias y hasta nuestros deseos más íntimos. Es un mecanismo de réplica de intereses, pasiones, perversiones. Lo que contenemos vuelve a nosotros amplificado al cuadrado, y por lo general es nuestra sombra lo que se proyecta más, pues nuestra luz es menos rentable para el sistema. Y no son solo las redes sociales, sino que todo movimiento en lo digital se incluye ahí, el internet, la IA, etcétera.
Byung-Chul Han, importante pensador contemporáneo, en su lúcida crítica a la sociedad del rendimiento y de la transparencia, ya advertía que el exceso de positividad —ese imperativo de mostrarse, de gustar, de ser visible— es el terreno fértil para la acción de los algoritmos. No se trata solo de una vigilancia externa, sino de una autoexplotación consentida. El sujeto digital, reducido a un perfil, se convierte en mercancía de sí mismo, entregando datos con la esperanza de recibir a cambio reconocimiento, atención, viralización, mercantilización o pertenencia.
El algoritmo se convierte así en el nuevo demiurgo: selecciona, jerarquiza, oculta, interpreta, y en últimas construye los mundos culturales que habitamos. Incluso a veces se habla del “tecnofeudalismo”, como un sistema en donde todos los usuarios del espacio digital en realidad sirven y trabajan para un dueño, amo y señor del espacio online, quien luego vende a otro lo que el “usuario” hace de sí.
Pero ¿qué clase de mundo es este que se construye? No uno de encuentro, sino de espejos; no uno de trascendencia, sino de repetición. El algoritmo reduce la experiencia humana a patrones de consumo, a flujos de comportamiento predecible. Lo que no encaja en sus ecuaciones es descartado como irrelevante. Se trata de una reducción al absurdo de la complejidad humana. La tecnología, que en un principio prometía expansión, termina por empobrecer la vida del espíritu. El sentido es sustituido por la eficiencia, y la verdad por la viralidad. No importa ya la verdad hoy por hoy.
Una resistencia posible
Frente a esta lógica absorbente, la única resistencia posible no necesariamente es la desconexión, que, aunque es altamente recomendable, en ciertos casos no es viable. Por otro lado, la conciencia crítica, esa que sabe leer en los códigos ocultos del algoritmo una nueva forma de dominación, es una respuesta. Es también una conciencia espiritual, pues se niega a aceptar que la realidad sea solo lo que se muestra, porque lo invisible sigue siendo lo más real: el alma, lo sagrado, lo poético (todo eso que no puede medirse ni monetizarse).
La contracultura del siglo pasado respondía a la cultura dominante con el cuerpo, la manifestación, el arte, la música, la calle. Hoy, la contracultura no puede ser simplemente analógica. Debe saber habitar el mundo digital sin dejarse colonizar por él. Crear fisuras en la lógica algorítmica. Hacer visible lo que el algoritmo no ve, y sustituir la resonancia de contenidos oscuros por una viralización (ojalá) de la conciencia: que lo más visible sea una enseñanza de realización.
Otra manera de vivir
El desafío espiritual contemporáneo es reaprender a habitar el tiempo sin urgencia, a mirar sin consumir, a comunicarse sin esperar validación. Reemplazar el afán de encajar por el asombro de vivir, de contemplar, de ser. Es meditar en medio del flujo de estímulos, renunciando a lo externo al interiorizar en nosotros mismos. Es recuperar la capacidad del silencio en un mundo inundado de notificaciones.
Aun cuando somos manipulados a diario y se exploten nuestras debilidades neurológicas para mantenernos en pantalla, todavía queda un resquicio de libertad: el de elegir cómo responder, cómo mirar, cómo vivir nuestro libre albedrío. Esa pequeña chispa es suficiente para encender una hoguera: la misma que antaño alimentó a los yoguis, sabios, místicos, a los poetas, a los profetas.
No se trata de negar la tecnología, sino de elevarla, o mejor, de elevarnos nosotros a pesar de ella. De hacer del algoritmo un espejo para ver nuestros condicionamientos (y a partir de ahí trascenderlos), y no consolidarlo como un oráculo que los reafirme. Solo así podremos reconectar con lo que permanece, con lo que no se deja atrapar por ninguna métrica, con la experiencia viva del Ser.
Bibliografía
Han, B.-C. (2014). En el enjambre (C. Mendoza, Trad.). Herder.
Han, B.-C. (2014). Psicopolítica: Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder (C. Mendoza, Trad.). Herder.
Han, B.-C. (2017). La expulsión de lo distinto (C. Mendoza, Trad.). Herder.


Muy profundo y cuestionante el análisis, gracias.