«Nada hay que temer tanto como al temor”
Henry David Thoreau
De su diario, el 7 de septiembre de 1851
Un iniciado intituló su correspondencia: ¿el fin justifica los miedos? jugueteando con aquella consabida frase que alude a la validez que tendría cualquier medio sobre el alcance inaplazable de algún fin. Y eso fue lo que, después de su maroma literaria, dejó colar: temores, ya entrando en materia personal.
El miedo, como pocas cosas, es gratuito. Así como libre y de fácil acceso. Es, además, puerta y ventana hacia los sótanos y áticos internos, escondrijos repletos de la memoria que guarda una retahíla de manifiestos imaginados o vividos. El miedo, entonces, tiene un sentido: azuzar nuestro andar.
Son los miedos más íntimos los que, burda o sofisticadamente, remedan personajes o situaciones que se proyectan como monigotes, monstruos, fantasmas, así mismo estadios sombríos y sórdidos, internos y externos, físicos o etéricos, asociados a resquicios de dolor, pena, culpa. Vaya usted a saber, entre tantos marcajes posibles, la trama existencial que se entreteje en medio de tanto horror y dolor experimentado.
Todos los temores configuran el arsenal latente para librar campales y épicas contiendas, personales o grupales cuando, lo más mínimo y aparentemente esencial, emerge para detonarse, en el momento menos pensado, e invadir de alguna sensación, emoción o sentimiento. La reacción es librarse de eso, y ahí es cuando los mecanismos se agolpan y está en la elección consciente la manera de hacerlo.
Batallar es la vía cuando todavía no se han hecho paces conscientes para interpretar los pesares, intrínsecamente instalados, que se infieren como maldad y no, como padecimiento y confusión. Lo contrario sería establecerse en un continuo reconocimiento de estas tensiones y disolverlas, sin conflicto propio ni ajeno. Situarnos en campo neutral de experimentación pura, para ganar siempre sin combatir. Pero el ego está ahí, en su trinchera jamás invisible, y ataca, detona, hiere.

Esta activación de memoria es la que segrega la adrenalina que paraliza, inhibe y, en el peor de los casos, lleva a reaccionar de manera inusitada o descontrolada, colocando en evidencia el siempre temido inconsciente, en definitiva, el que se encarga del almacenaje, clasificación y «usos varios”, de esa gama de contenidos de miedos.
Se dice que las hormonas y neurotransmisores del temor o del miedo son, en principio, la adrenalina que es segregada por las glándulas suprarrenales, de allí que se vincule al chakra muladhara, y es lo que produce las reacciones de temor más fuertes, de supervivencia, sean visibles o no.
Esto se complejiza cuando la misma adrenalina genera una sustancia aún más retaliativa llamada adrenocromo, capaz de activar aspectos de terror aún más potentes. También el cortisol y la dopamina, ya en el sistema nervioso central, son los reguladores o detonantes de las reacciones de temor.
El miedo, en realidad, existe en cada uno como vicio oculto. Es esa adrenalina la que estimula el reto, en medio de lo que encierran las oscuridades más desconocidas, y conlleva a una desmedida acción que es capaz de herirnos y herir. Lo que resulta inadmisible es aceptar su permanencia. Dependerá de la voluntad que, en buena medida, acompañe para querer disparar tensiones kármicas que penden, y avisan siempre, de resoluciones pendientes.
Por lo que nada se ha tardado en permitir esa interferencia a través del pulso psicológico, expresado en ansiedad, angustia, perturbación e insospechadas variantes, generado, igualmente, por la sensación de inestabilidad o riesgo que acarrea la vida en sí misma, y lo que puede ser más detonante: el miedo íntimo a uno mismo, no sabiendo cuáles serán las capacidades visibles frente a la incertidumbre que provoca una deserción, no solo de la confianza, sino de la capacidad de sanar el vicio de temor que contenemos.
Si el fin es Ser, hay que tener por seguro que cada uno de los miedos será más que justificado, abrazado, de tal manera que el objetivo sea asfixiarlo. Aunque la meta, sin duda, sería aniquilarlos, así de crudo es este asunto. Ese fin, Ser, que termina siendo la propuesta más pura y la única válida, no solo justificará, sino que alentará a que todos tus miedos se sientan en la suficiente confianza de emerger para ser observados, y así detectar origen y razón, para después extirpar la marca que se quedó como estigma.
La tarea siempre termina en una palabra compuesta: autoconocerse. Emprender este trayecto consiste en enfrentar cada vida autoasignada sin desidia ni temor, más con cierta ecuanimidad y hasta alegría, al asumir que se da una compensación de ajustes en lo programado al desactivarlos. Esta es la divina labor de recrearse, una y otra vez, en la conciencia creadora.
Entonces, ¿quién dijo miedo?
Hay que recurrir a la fortaleza y al término tan de moda y tan lejanamente machacado por aquí: resiliencia. Templanza ante el error y la equivocación propia, tan latente como el temor mismo, pero que no puede perpetuarse como nuevo vicio. Entonces, la consigna será una ecuación vital: perfeccionar la acción sin la sombra del temor.
Luz siempre.


Un gran desafío enfrentar los miedos propios con alegría, al saber que solo así, ante la presencia y emergencia de los miedos es que se pueden disolver y disfrutar el deslastre que ello conlleva.
Gracias Ma, por tanta luz en mi vida.
Ons gracias excelente, me sirve pars superar mi miedo, agradezco agradezco .
Infinitamente agradecido por tantos mensajes oportunos para mi experimentación en este planeta. A nada debemos temer más que al miedo mismo… Franklin D. Roosevelt
Excelente ! texto.
Gracias. Es una tarea diaria hasta encontrar el corazón del miedo y desde allí poder desactivarlo.
Parece sencillo, por lo menos para mí es un desafío diario en determinadas emociones que se suelen repetir , aunque cada vez son más regulables, y ello me pone bien!!!
abrazo de Luz. , este tipo de noticias deberían llegar al Mundo!!!
Sevika.
Mucho Amor.
Mi amada maestra, como si hubiése sido escrito para mí, yo he estado pidiendo asistencia. Mis miedos han estado aflorando y necesitaba esta explicación para manejar de mejor forma esta situación. ¡Con profundo amor le digo, gracias por haber nacido otra vez para mostrarnos el camino!
Gracias Ma! Mis miedos empiezan a emerger y tambalear, gracias a Usted y al trabajo interior que su Luz nos promueve. Gracias por mantenernos conscientes del Fin Último.
ONS! Hasta donde he podido comprender, siento que independientemente de nuestra edad cronológica, nuestro niño interior siempre está ahí para conducirnos a esos marcajes, si lo sabemos escuchar.
Gracias Ma.
Ons.
Como anillo al dedo, en estos días Ma. Gracias.
Que mis miedos se enteren de que el fin los justifica. Eso será el fin.
Que contundente frase «Emprender este trayecto consiste en enfrentar cada vida autoasignada sin desidia ni temor, » gracias Ma
Si justamente para vivir en plenitud tenemos herramientas como el yoga y la meditación, el camino que nos lleva al autoconocimiento sabiendo que somos amor, no hay miedo, es una tarea de todos los días, la constancia, cuidando nuestras emociones, pensamientos y entrenando la mente vamos logrando la paz que nos libera de cualquier ilusión, así no tenemos ansiedades ni nostalgias y solo liberamos hormonas de felicidad, por eso la meditación es un camino que no se debe olvidar.
Muchas Gracias por recordarnos quienes somos, abrazos de luz!!
Excelente guía para el autoconocimiento y comprensión de para qué los miedos y cómo sacarles provecho. Gracias Ma
Excelente descripción! Ojalá fuera fácil deshilachar todo este embrollo! Muchas gracias! Ons
Bello y hermoso el articulo, como siempre, gracias Ma
«Entonces, ¿Quién dijo miedo?» Será la consigna de amor ante la propuesta del orden propio. Sí se puede…
Este texto es una hermosa instrucción, un decálogo para el diario accionar.
Gracias siempre, ShaktiMa.