Abū’l-Walīl ibn Muhammad ibn Ahmad ibn Muhammad ibn Rushd, latinizado Averroes, filósofo y médico andalusí, nació en Córdoba el 14 de abril de 1126, en una familia de destacados juristas y políticos. Recibió una educación muy completa en derecho, teología, filosofía, medicina, matemáticas y astronomía. Fue nombrado cadí de Sevilla y Córdoba, y ejerció como médico de cabecera del sultán de Marruecos Yaqub al-Mansur.
Conocido como “el comentador” por su trabajo sobre el corpus aristotélico, desarrollado a través de los “comentarios mayores” que persiguen explicar su filosofía mediante interpretaciones fieles al propio Aristóteles; los “comentarios medios” y los “comentarios menores” como paráfrasis y sinopsis. También estudió y comentó la obra de Galeno, Alejandro de Afrodisias y Temistio.
Su obra fue abundante, muchas se perdieron y otras se conocieron en latín y hebreo. Además de su trabajo sobre Aristóteles escribió sobre medicina y destacan los libros sobre filosofía y religión, origen del conflicto entre fe y razón. Para Averroes la filosofía es demostrativa y busca pruebas firmes, contundentes y rigurosas; la dialéctica se resigna con las probabilidades y la retórica se limita a la persuasión, apelando a las pasiones y la imaginación.
En “La inconsistencia de la inconsistencia” indica que no hay contradicción entre la ley divina y el discurso filosófico porque éste la demuestra, mientras que la aproximación religiosa es dialéctica y persuasiva.
En 1195 algunos de sus escritos fueron denunciados ante el sultán como contrarios a la religión. Su situación empeoró hasta que en 1197 fue juzgado, condenado y desterrado a Lucena, Córdoba, y sus libros quemados. Un grupo sevillano influyente abogó por él y Averroes fue restituido en su puesto junto al sultán, falleciendo en Marrakech el 17 de diciembre de 1198.


Averroes, el gran puente.