El peruano José Rosciano Holder conocido como Yosip Ibrahim (vivió hasta comienzos del siglo XXI) es el autor de uno de los libros más importantes de los años 70. Una historia de espiritualidad cuyo relato cuenta que en muchas partes del cosmos hay habitantes que son “verdaderos hermanos, tienen el poder de la clarividencia, la clariaudiencia, la telepatía y practican el amor incondicional, la sabiduría y la no violencia”. El presente extracto se refiere a la muerte que en nuestro mundo se interpreta como destrucción final, aunque ya comprendemos que es una transformación, un fenómeno con el que la Sabiduría Divina proporciona al Ser las oportunidades necesarias de progresar en tránsitos ascensionales en el sendero de la Vida.
Capítulo X
Mundos donde no existe la muerte
Para poder comprender la gran amplitud de ese complejo fenómeno de la Vida que en nuestro mundo llamamos «la muerte», es indispensable conocer una serie de factores que intervienen en su desarrollo, verdades cósmicas íntimamente ligadas al sabio proceso de la Evolución Universal, que, obedeciendo a las Grandes Leyes del Cosmos, buscan facilitar el alcance de la Perfección a todos los seres que viven y se desenvuelven en los vastos confines del Universo Integral.
Como una explicación detallada del tema requeriría, por sí sola, de un amplísimo volumen; y teniendo en cuenta que tales verdades cósmicas han sido enseñadas desde antaño por todas las escuelas esotéricas ya mencionadas, existiendo una abundante bibliografía de distintas épocas para ilustrar a quienes lo deseen, nos concretaremos a presentar, ahora, un simple bosquejo esquemático, una síntesis clara pero sencilla, lo suficientemente explícita para que los profanos alcancen a tener una idea básica de los fundamentos sobre los que gira todo el proceso de la Evolución de la Vida en el Cosmos, pero sin ir más allá de los límites de un boceto elemental.
Los que, después de leer esto, desearan ampliar sus conocimientos sobre el tema, pueden encontrar en todas las bibliotecas y librerías especializadas en asuntos de metafísica y ciencias esotéricas, gran cantidad de libros que se ocupan, detalladamente, de este estudio.
Debemos comenzar por enunciar (para los profanos) que, en el Cosmos, o sea el Universo Integral, todo evoluciona desde los aspectos más simples, hasta los más complejos y avanzados niveles de Vida o de Existencia. En todos los reinos de la Naturaleza, y en todos los planos, mundos o dimensiones de la misma, se cumple esta eterna y gran verdad cósmica.
Esta ley del Universo tiene su máxima expresión en la sapientísima fórmula que nos legara, hace miles de años, el padre de toda la formidable cultura esotérica del antiguo Egipto, Hermes Trismegisto, uno de los grandes maestros extraterrestres mencionados en la primera parte, cuando escribió, para todas las edades: «Como es Arriba, es Abajo»… Y esto ha sido comprobado, con el correr de los siglos, por los más connotados sabios de la Tierra. Quería decir que, así como la vida se manifiesta en lo más pequeño, en lo más íntimo y oculto del Universo y del Cosmos, así también actúa en lo más grande, en lo más evidente y magno de toda la Creación. Ejemplos, científicamente comprobados, existen por millares.
Basta con uno solo, pero de fuerza contundente. Los átomos son verdaderos sistemas planetarios microscópicos, en donde las fuerzas y energías cósmicas y universales actúan de la misma manera que en esos otros átomos gigantescos, los magnos sistemas estelares o familias los espacios infinitos… Y otra de esas grandes verdades eternas es que nada se destruye totalmente.
La materia y la Energía pueden manifestarse en las más variadas formas, en las múltiples fuerzas que mueven los más variados mundos y a todos los seres que ellos evolucionan. Nuestra ciencia, igualmente, ha comprobado esta otra ley universal. La Materia y la Energía pueden transformarse hasta lo infinito. Manifestarse en los niveles más distantes de la Vida, actuar y trabajar desde los aspectos microscópicos incalculables hasta las magnitudes astronómicas también inalcanzables, todavía, por nosotros… Pero jamás se destruyen totalmente; aunque en apariencia creamos que un fenómeno determinado ha ocasionado la destrucción de cierta forma de materia o de energía, la ciencia nos demuestra que sólo ha habido un cambio, una transformación, en nuevos elementos o compuestos, en nuevas fuerzas o manifestaciones de energía, que siguen existiendo y trabajando en ese infinito e inconmensurable Sendero de la Vida…
Y la Muerte, que para los profanos de un tipo de mundos como el nuestro, ciego todavía para muchos aspectos de esa Eterna Vida, es la destrucción final, el término de la vida, es en realidad , una de aquellas transformaciones, fenómeno magistral con el que la Sabiduría Suprema proporciona al Ser las oportunidades necesarias de progresar, evolucionar desde los niveles ínfimos de primitivas existencias, hasta los más altos peldaños en esa escala que se manifestara en el sueño simbólico de Jacob, como alegoría del eterno camino de la evolución, sendero de la Vida, en que todos los seres van avanzando desde los estados más ínfimos hasta las supremas cumbres luminosas de la Sabiduría, del Poder y del Amor.
Y ese progreso paulatino, ese «Largo Camino de la Evolución», no puede alcanzarse en una sola existencia. Basta mirar el mundo que nos rodea, con todas sus desigualdades, con todos sus extremos y contradicciones, con diferencias tan grandes entre unos y otros seres, para comprender que ese proceso de, superación, si es cierto, no se puede lograr en el corto lapso de una vida. Por muchos que sean los años en la existencia de un hombre, es imposible que un salvaje, como los primitivos habitantes de las cavernas trogloditas, llegue a convertirse, en tan corto lapso, en un sabio como Edison, Einstein u otros tantos, o en un santo como Francisco de Asís, pongamos por caso.
Pero la misma historia nos demuestra que los pueblos han evolucionado, como evolucionaron los hombres. Y si los hombres han ido progresando desde los tiempos cavernarios, y si la humanidad, pese los muchos defectos que aún tiene, ha llegado hasta niveles de civilización tan altos como hoy ocupa, es lógico pensar que ese proceso de superación se cumple, y si se cumple, tiene que obedecer a un plan determinado, a un sistema en que se manifiesta una inteligencia capaz de proyectarlo, y a la concurrencia de un poder suficiente para mover las fuerzas que pongan en acción tan complicado plan.
Y si el plan tiene éxito, si esa humanidad va saliendo de los ínfimos niveles del salvajismo y alcanzando etapas cada vez más superadas, tenemos que aceptar que la inteligencia y el poder del proyectista han sido tan grandes como para transformar a toda una humanidad y cambiar todo un mundo. Ahora bien, si ese proceso de superación constante, o fenómeno de evolución, vemos que se manifiesta no sólo en nuestro mundo sino en otros, como el caso que venimos estudiando en este libro, ante la innegable presencia de seres más adelantados que nosotros, tenemos que reconocer, pese a cualquier escepticismo – por consigna o por capricho- que esa inteligencia y poder de tan magno proyectista llega a otros mundos, a otras humanidades, con la misma potencia y la misma sabiduría comprobadas por nosotros. Quien ha podido planear tales procesos y realizar sus planes con los efectos que evidencia cada caso, demuestra, innegablemente, la existencia de un ser o seres capaces de dirigir y controlar la vida en cualquiera de los mundos que integren nuestro sistema solar. Tal poder y tal sabiduría, lógicamente, superan todo nivel humano…
Por tanto, aquel ser, al que hemos presentado en el ejemplo como «el proyectista», podemos darle cualquier nombre, sin alterar en nada la existencia de tan supremas facultades. Y nuestra humanidad, como también la de Ganímedes, lo han llamado DIOS…
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