Pierre Teilhard de Chardin, paleontólogo, sacerdote y filósofo francés, nació el 1 de mayo de 1881 en Orcines, Auvernia, de familia numerosa y cristiana. Estudió en el colegio jesuíta de Mongré, a los 18 años ingresó como novicio en Aix-en-Provence y continuó en Inglaterra, donde se ordenó sacerdote en 1905. Se licenció y doctoró en geología, zoología y botánica en La Sorbona (1922, 1926) y siempre mantuvo en paralelo sus trayectorias religiosa y científica.
Participó en la I Guerra Mundial, recibió la Medalla al Mérito Militar y la Legión de Honor. En Francia trabajó en el Museo de Historia Natural y el Instituto de Paleontología Humana, disciplina de su mayor interés.
Fue enviado a China donde permaneció 20 años y descubrió el “Hombre de Pekín” (Homo Erectus Pekinensis) junto a Henri Bruil. Realizó numerosos viajes en Asia y amplió los conocimientos sobre depósitos sedimentarios y correlaciones estratigráficas. En 1951 se estableció en Nueva York y trabajó con la Fundación Wenner-Gren.
Su pensamiento ha sido controversial. Buscó conciliar y entretejer ciencia, religión y filosofía, y desarrolló una metafísica de la evolución. Ésta incorpora el tiempo como el factor que manifiesta el cambio, rompiendo con la concepción estática de la Naturaleza y el Universo. Plantea que lo existente se dirige hacia estados de mayor complejidad y conciencia y que las fuerzas físicas actúan en este sentido (Ley de Complejidad-Conciencia).
Acuñó el término Punto Omega, el fin último de la evolución de la conciencia, en la que la humanidad y el mundo material, en su estado evolutivo más elevado, convergen en Dios.
La mayor parte de su obra, censurada en su momento por la iglesia católica, fue publicada póstumamente y destacan, entre otras, “El fenómeno humano” (1955), “La aparición del hombre” (1956) y “El medio divino” (1957) y, además, aún existen volúmenes inéditos.
Falleció el 10 de abril de 1955 en Nueva York.

