Esa etapa de la vida en la cual se transita de la adolescencia a la adultez, que conocemos como juventud, ha sido objeto de diversas aproximaciones desde la sociología, antropología, psicología, economía, entre otras, buscando desde cada frente un mayor entendimiento que permita acompañar los procesos de vida que conllevan esos tiempos para cada individuo.
Y es que se ha alargado con los años recientes, ampliando el rango de edad de quienes son considerados jóvenes hoy día, siendo los 14 hasta los 28 años el alcance que delimita no solo fisiológica sino psicológica y emocialmente un período donde cada vez más se hace necesario atender la necesidad de sentido existencial que se manifiesta en la autodefinición del proyecto de vida, el cual se compone de varias dimensiones que requieren atención y gestión.
De un lado lo elemental relativo a la educación, a las actividades de esparcimiento para su salud mental y física, su progresiva activación en dinámicas familiares y sociales e incluso laborales según van asumiendo responsabilidades de colaborar, autosostenerse o incluso asumir como cabezas de hogar dado lo anticipado que asumen como padres de familia.
Para todo lo anterior los jóvenes tienen ímpetu de aprender, de emprender, de servir, de participar y sentirse útiles. Sobre todo, en una sociedad tan estructurada y limitante que produce en ellos ansiedad, angustia, irritabilidad, falta de control de sus vidas, dados los modelos y estereotipos distanciadores del intercambio humano sincero que los niños hasta cierta edad no distinguen.
Los jóvenes al contrario de lo que la mayoría considera, aportan optimismo, motivación, responsabilidad y gusto por lo que hacen cuando se pueden concebir a si mismos capaces; condición que requiere de empatía y dialogo sincero de quienes acompañan su desarrollo en la familia, los espacios educativos y laborales, así como comunitarios, e incluso cívicos de participación política; porque ellos tienen ideas y capacidades que aportan nuevas y frescas miradas a la vida y sus opciones para proyectarse.
Franz Kafka destacó una virtud de esta etapa cuando dijo que “La juventud es feliz porque tiene la capacidad de ver la belleza. Cualquiera que conserve la capacidad de ver la belleza jamás envejece”, lo cual podría equivaler a no marchitarse, a filtrar con la frescura de esos años, el presente y se capaz de – entre tanto desaliento que genera el caos externo- soñar y creer más, pero sobre todo conmoverse y sentir con el otro.
Hoy esos 1.200 millones de jóvenes que equivalen al 16% de la población mundial[1], son pura vida, almas que de nuevo repuntan en este contino evolutivo que aún permite hacerse de una experiencia transformadora de sí mismo en estos momentos del planeta tan devastadores y negadores de la condición humana, a la cual buscan honrar muchos de estos jóvenes y valientes humanos. Abrazo de aliento, Fuerza y Verdad para esta generación.

