Este año se cumplieron 50 años del lanzamiento de The Dark Side of the Moon, una obra maestra de la música, el arte y su conjunción con la tecnología del sonido, el concepto de álbum y la conciencia de avanzada revelada en sus textos.
Ya contamos con medio siglo de existencia y resonancia de esta obra en nuestros aparatos perceptivos, a través de los cuales podemos dar cuenta del enorme impacto que esta música ha tenido entre nosotros, así como de la marca indeleble que genios de la narrativa y el arte de la música han sabido dejar, como aquello que por sí mismo se va convirtiendo en un clásico, manteniéndose vigente a lo largo de aquella fábula llamada tiempo, elemento por demás, central en sus creaciones.
La exploración del tiempo, así como de otros espacios virtuales y condicionantes, creados, maquinados y manipulados, son la artística denuncia de los planes para hacer del hombre un ser menos humano y más cercano a un biomecanismo que engrane y perpetúe el encierro de las conciencias en el aparato productivo de una sociedad tecnocratizada.
En momentos en donde la tecnología es capaz de detectar plagios musicales y que, además, de forma automática puede imponer sanciones o demandas, según el caso, cabe preguntarse ¿de quién es la música?, más aún cuando más que pretendida es su pertenencia, codiciada es su jugosa monetización (money, it´s a crime…).
No se trata de negar el más sensato sentido de la propiedad intelectual y el razonado uso de los materiales grabados desde lo que dictamina la ley. Sería más bien preguntarse si realmente es legítimo, desde el punto de vista moral, apropiarse de una serie de secuencias melódicas, rítmicas o armónicas, cuando el rastreo de su origen resulta imposible, conduciéndonos una y otra vez a las remotas raíces de los orígenes intangibles de la música y su expresión en el ser humano.
Varios casos han sido noticia en el campo del rock, tal como cuando en 2016, la banda británica, Led Zeppelin, fue acusada de plagiar el instrumental de la canción Taurus (1968) perteneciente al grupo de rock psicodélico, Spirit, para usarla en la introducción de su obra cumbre de 1971, Stairway To Heaven.
Otro caso es el de la familia de Marvin Gaye quienes aseguraban que Blurred Lines de Pharrell Williams era similar a Got To Give It Up, lanzada en 1977. El pleito duró dos años, hasta que un jurado le otorgó a la familia de Gaye una indemnización por casi 5 millones de libras esterlinas. Ambas canciones, sin embargo, presentan una clara influencia de la rítmica tradicional africana, así como en el uso de las voces y ciertas progresiones armónicas propias del lenguaje de la canción popular europea.
Es posible que Marvin Gaye, en su forma única de aproximarse a los elementos del lenguaje y las sonoridades colectivas, haya dado con Got To Give It Up, de forma similar a la que Williams llegó a su superbailable Blurred Lines: abrevando de una fuente colectiva de sonidos y formas expresivas que halló concreción en África, principalmente.
Sonado también, pero en otra línea, es el caso de Clare Torry, quien colaboró inicialmente de forma poco pretenciosa en la grabación del glorioso corte número 5 del “Dark Side” llamado “The Great Gig in the Sky”, para el cual se le dieron ciertas pautas expresivas de dolor y angustia (… Piensa en la muerte o en algo horrible y canta), para que le dieran la cualidad esencial a su improvisación sobre la armonía y propuesta musical de su compositor, el teclista Richard Wright.
Décadas después, por demandas de la cantante, se resolvió que su intervención habría sido fundamental para la composición de la canción y, por tanto, debería atribuírsele créditos en la creación de la misma. Y por supuesto, cuantiosas regalías.
Desde una visión amplia y de trascendencia, el lenguaje de la música es tan propio como la naturaleza misma del ser humano, tal como lo refieren los escritos de Urantia:
“Majestuosamente la totalidad del mecanismo universal sigue su marcha a través del espacio al compás de la música del pensamiento infinito y el propósito eterno de la Primera Gran Fuente y Centro”.
Antes de caer en beligerantes acusaciones, fuera de leguleyos pozos de codicia, al notar estas similitudes, y a fin de seguir disfrutando de la música en su naturaleza más pura, viene bien resolver la duda ¿de quién es la música?, ante la respuesta que solo el gozo que se permite quien la escucha, y así, en el momento, la hace suya, siendo de todos, sintiéndola y vibrando al unísono en perfecta consonancia.
Fuentes consultadas:
– https://www.dianauribe.fm/especiales/the-dark-side-of-the-moon-50-anos
– https://www.metroworldnews.com/entretenimiento/2022/03/08/los-casos-mas-famosos-de-demandas-por-plagio-en-la-musica/
– El Libro de Urantia (1993). Urantia Foundation


Hace años atrás me ponía este disco a la hora de ir a dormir….ahora pongo las meditaciones de Shakti Ma…..
Gracias Swami! Om Namaha Shivaya, para mí se la música reafirma la conexión que tenemos entre los seres humanos y así mismo con el universo. La similitud en los ritmos sería también compartir ciertos conocimientos o códigos y por lo que se sabe hay bastante inspiración divina.