Hay extrañeza y shock cuando observamos un cadáver. Aunque sigua cumpliendo funciones biológicas durante un cierto tiempo, hay ausencia de miradas, de palabras, de movimiento; no hay carácter ni gestos que insinúen comunicación. La rigidez, el frío y su nueva tonalidad anuncian una ausencia física irreparable.
Y allí, las nociones sobre la muerte se bifurcan: para algunos lo que significa ese cuerpo inerte es el dolor por una pérdida total, que pasará a ser paliada por lo que ese ser deja en la memoria. Ahí algunos dicen que quien muere solamente vivirá a través del recuerdo de los demás; otros, que todos los muertos son iguales, unos más que, por lo menos ya no sienten, que desaparecen de la faz de la tierra porque el cuerpo ya no está.
Desde esta mirada, la supremacía del cuerpo respecto a la vida es total, más aún en estos tiempos, cuando se constituye, entre otros, en referente de identidades, de disidencias, de prestigios o de apegos.
El Yoga nos muestran otro sendero. Uno en el cual la muerte física da paso a otro estado de la vida y en el que el cuerpo, más que el supremo regente, es la envoltura transitoria que contiene al verdadero Ser. En el texto védico de los Upanishad se encuentra una metáfora que compara al cuerpo con un carruaje que lleva en su interior al Ser – el Atman- y que es movido por un conjunto de caballos – los sentidos- cuyas riendas – la mente- son dirigidas por un cochero – el intelecto (Budhi)-. Dice: “Conoce el Ser que se sienta en el carro: su cuerpo es el carro, el intelecto el auriga, y la mente las riendas. Los sentidos son los caballos y los objetos de los sentidos los caminos que aquéllos toman. Cuando aquel (el Ser Supremo) está en perfecta unión con el cuerpo, los sentidos y la mente, los sabios llaman a ese estado la dicha Suprema”. [1]
De ese modo, la transitoriedad de ese vehículo llamado cuerpo y de los sentidos que lo estimulan, se constituyen en herramientas de aprendizaje, de autoindagación y de discernimiento; esto, en el terreno de la dualidad y el libre albedrío que hacen parte de la experiencia humana, es tarea de esta y muchas vidas. El lugar que ocupa la mente en esta metáfora es estratégico: si lleva sola las riendas, si pierde el control y se deja llevar por los sentidos y los estímulos externos, conduce al carruaje a parajes autodestructivos; si, en cambio, acepta poco a poco dejarse guiar por el cochero, contribuirá a llevar el carruaje y al Atman a buenos puertos.
El cuerpo humano, desde esta visión, es mucho más que un trofeo para presumir fortaleza, belleza o riqueza, que motivo de exclusiones, estigmatizaciones y disputas, y territorio predilecto para el ejercicio de múltiples violencias. Es, en cambio, como se enseña desde la práctica del Yoga y desde diferentes senderos espirituales, un instrumento para calibrar el interno. De ahí que para la práctica meditativa, por ejemplo, sea fundamental el reposo controlado del cuerpo a través de posturas que faciliten periodos prolongados de introspección; que en el Hatha Yoga se propicie una conexión entre la postura externa de cada asana y la postura interna del practicante; que la respiración consciente, la práctica de pranayamas y los kriyas movilicen estados superiores de conciencia.
La no identificación del cuerpo físico como el Ser nos evita sufrimientos y apegos o, al menos, nos ayuda en la tarea. Entenderlo como ese vehículo transitorio en el que nos movemos nos invita a cuidarlo, a atenderlo, a escucharlo; en esa medida, a utilizarlo como un sensor que nos ayuda a identificar desequilibrios internos.
Fuente consultada
[1] https://www.viveelyoga.com/1142/2021/01/03/el-significado-del-yoga-segun-el-katha-upanishad-la-union-y-el-carro/


Navecita sagrada 🙏🏻