Sw. Sukhadananda | SKY Ecuador
Todos hemos sido migrantes alguna vez y seguramente tenemos seres muy cercanos que se encuentran fuera de su lugar de nacimiento en este momento; algunos por decisión y con planificación; otros por fuerza mayor y muchas veces sin nada; ellos siempre serán más vulnerables.
Previo a escribir sobre este tema, ingenuamente empecé a buscar artículos relacionados al coronavirus y los migrantes, digo ingenuamente porque no tenía idea de la magnitud de esto.
Empecé por ver la historia de migrantes en EEUU. En el primer artículo se detallaba que muchas personas que estaban a la espera de una cita para obtener la ciudadanía, no pudieron realizar ese último paso para la residencia ya que se cerraron las operaciones de esas instituciones; muchas de estas personas con el peligro de quedar como ilegales y la problemática que eso conlleva. En otro se cuenta la historia de una persona migrante ilegal en Queens, NY, que falleció con Covid-19 sin poder acercarse a un hospital por miedo a que lo deporten.
En India hubo personas que trabajaban el día a día, en construcciones o comercio informal y no alcanzaron a regresar a sus hogares una vez establecido el estado de emergencia por el virus, quedándose sin empleo y lugar para pernoctar.
Otro problema que añade más drama a la humanidad es el de los refugiados. Hay quienes han tenido que salir por fuerza mayor por decir lo menos, que dependen de organismos internacionales y leyes migratorias de muchos países para sobrevivir.

Está el caso de los Rohingyas -en mi vida había escuchado de ellos- también refugiados, una danza integrada por palestinos, sudafricanos, sudaneses. La lista crece cada día según los organismos internacionales.
Así que entrar en historias sería algo interminable como interminable es la cantidad de personas migrantes en este mundo, aproximadamente 70,8 millones en el mundo según Acnur.
Si bien es cierto, existen organizaciones que trabajan arduamente para asistir a estas personas, a raíz del coronavirus, muchos de estos entes internacionales se han quedado sin fondos o no han conseguido los recursos necesarios para lograr asistir a este grupo de personas tan vulnerables. En vista de la urgencia sanitaria, se han reducido las asignaciones para muchas cosas, entre otras, el problema de migración.
No son pocos los países, que con la excusa del Covid-19, no han permitido el ingreso de migrantes, incluso violando acuerdos internacionales. En otros casos surgen denuncias muy graves de racismo de Estado; gobiernos que deciden a quien ayudar, dependiendo su nacionalidad e ideología política.
Como punto histórico, que pareciera aparte pero definitivamente relevante, quiero referirme a la violencia y racismo en EEUU, en el año 1965 -la época de Martin Luther King- cuando una comisión presidencial convocó a un grupo de académicos para estudiar las causas y formas de prevenir la violencia. La investigación detalló la larga tradición de violencia en Estados Unidos. Puede leerse un capítulo escrito por el entonces profesor de la Universidad de Toronto Charles Tilly, quien afirmaba que históricamente la violencia colectiva emerge desde los procesos políticos centrales de cada país.
Además, sostiene que a lo largo de la historia quienes “buscaron tomar, retener o re- equilibrar las palancas del poder han recurrido a la violencia colectiva como parte de sus luchas. Los oprimidos lo han hecho en nombre de la justicia. Los privilegiados en nombre del orden. Los del medio, en nombre del miedo”.
Por lo tanto, el problema de los migrantes, sumado al virus, es “una gran oportunidad” para la política, mientras es una gran problema de nunca acabar para otros sectores.

