Sw. Swarananda | SKY Colombia
¿Podríamos vivir en un mundo sin música? No pareciera ser posible. Y si algo nos caracteriza como especie, es que somos grandes musicofílicos. El término, que combina las nociones del arte sonoro con aquellos gustos casi imposibles de eludir, proviene del gran neurólogo inglés Oliver Sacks, quien además de escudriñar rigurosamente los imbricados cableados del cerebro humano, hallaba en la música una fascinación tal, que llegó a dedicar gran parte de sus escritos a esta realidad invisible y casi indescifrable que llamamos música. Lo que logró descifrar puede hallarse en los “mapeos” racionales, que su tremenda capacidad de estudio del cerebro generó, resultando en importantes aportes para el avance de la ciencia en el ámbito música-cerebro. Pero, la otra parte, aquella que tiene que ver más con el valor espiritual que internamente desarrollamos a lo largo de nuestra relación con la música, es un tesoro de inagotable riqueza.
La música clásica, aquella que llamada así porque su capacidad de trascender los tiempos y permanecer vigente, tiene algo que cautiva al alma que se sabe escuchar profundamente. ¿Cómo es posible, que a lo a lo largo de siglos, en medio de cambios extraordinarios en todos los ámbitos de la congregación humana, la música clásica siga sintiéndose tan de avanzada, tan viva?
Esta pregunta podría llevarnos a pensar en el coeficiente espiritual de genios como Bach, Beethoven o Brahms, quienes de alguna forma han sabido transmitir lo contenido en los estadios de conciencia alcanzados. Y solo por mencionar a unos pocos, dentro de lo que podríamos llamar los linajes de músicos profetas. Es sabido que fueron seres con extraordinarias capacidades de sentimiento, avezados navegantes en los filamentos del sonido.
Es sabido que, para Bach, el proceso creativo podía darse así: en la medida que iba tocando a manera de improvisación: “de la nada”, llegaba una melodía, la ejecutaba en el órgano, la viola o el clavecín, y sin poder detenerse, se dice que era presa de una fuerza que lo iba llevando en un desenvolvimiento dinámico de sorprendentes revelaciones sonoras. Con la consigna: Soli Deo Gloria (solo para la gloria de Dios), dedicó gran parte de sus obras al Ser.

Lo que podrían ser unas intensas jornadas de emanación musical lo llevaron a asentar entre nosotros, por los siglos venideros, indiscutibles pilares en el Gran Arte de la música en occidente. Cambió para siempre la forma de relacionarnos con los sonidos, elevando el alma hacia los lugares de donde su inspiración provenía. Gran parte de las obras de Bach revelan códigos de diseño cósmico, expresados en la Proporción Áurea y la Serie Fibonacci. Ahora bien, al sumergirnos en universos sonoros de esta naturaleza, la pregunta sería: ¿Se modulan así nuestros campos de conciencia? La música de Bach es un hermoso ejemplo de la expresión de grandes valores espirituales codificados en formas sonoras: Armonía, Belleza y Verdad (en tanto Soli Deo Gloria). Entonces, ¿qué ocurre en nuestros sistemas físicos y etéricos cuando los abastecemos de sustancia sonora con este tipo de información?
Masaru Emoto, el gran científico japonés que trajo de vuelta el conocimiento de las relaciones entre el sonido y el agua, dio con valiosas respuestas gracias a este respecto. Propuso que cada una de nuestras células emite un sonido propio. Si fuésemos capaces de escuchar todas las células a la vez, estaríamos experimentando algo así como la sinfonía biológica de nuestros organismos. Los estudios de Emoto lo llevaron a percibir que cuando los órganos funcionan de manera anómala, es debido a que su frecuencia vibratoria se ha visto afectada negativamente; siendo esta, a su vez, susceptible de ser restaurada a través del glorioso suministro de frecuencias armónicas transmitidas a través del sonido y la música. Algo así como una transfusión sonora para la re-afinación de nuestro instrumento musical biológico. ¿Puede entonces la música funcionar como medicina? Sí, desde este punto de vista. ¿Podría ser Johann Sebastian Bach mi terapeuta personal? Sí, por favor.
En alguna ocasión se le preguntó a Leonard Bernstein si creía que fuese posible revertir el proceso creativo en la música, y ubicarse momentáneamente en el estado de conciencia en la que fue concebida. La respuesta, afirmativa, viniendo de un experimentado director de orquesta, probablemente respondía de su propia experiencia. ¿Podríamos imaginar un viaje hacia la fuente creativa de Bach o de Beethoven? Tal vez es lo que en mayor o menor medida sucede cuando nos vemos capturados en el dichoso rapto de la escucha consciente de sus obras más sublimes. Y posiblemente sea eso, el recuerdo de nuestras células, vibrando en danzas cósmicas perfectas, las que nos llaman de vuelta a lo que somos: Armonía, Belleza y Verdad (Soli Deo Gloria).


Quizás seamos seres gestados en un experimento clásico, entre danzas perfectas de agua, cuerdas y viento.
Que bonito