En el Juego Cósmico, como se le suele llamar al universo manifiesto, el poder parece ser la clave de todo devenir, ya sea evolutivo o involutivo. Esta fuera del alcance de nuestra mente ordinaria concebir cuán inconmensurable es el poder de acción del inmanifiesto, para en un instante eterno manifestarse a sí mismo en múltiples universos, dimensiones y formas.
En nuestro afán de hacer inteligible, para nuestro limitado intelecto, el inmanifiesto como poder en la creación, experimentamos y jugamos a ser poderosos. Lo percibimos en cada vibración, en las fuerzas que aglutinan al átomo, en cada molécula, en las fuerzas de los elementos, en la tierra que se sacude, en el fuego devorador, en las tormentas, en los sunamis y jugamos a domarlas. Nos oponernos a ellas aunque en muchos casos propiciamos nuestra propia destrucción.
Enfrentamos a la naturaleza atribuyéndonos un mandato divino de poder: «Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra». (Génesis 1:26) Así que, desde nuestra miope concepción de lo que el “Dios Es”, jugamos a “señorearnos” olvidando la responsabilidad que el poder conlleva.
Nuestra concepción de los planos sutiles muestra una constante lucha de poder entre dioses y demonios, entre quienes lo ejercen y los que se le oponen. En la mitología griega encontramos que Cronos derroca a Urano, su padre, para reinar en el Olimpo, el hogar de los dioses, siendo a su vez destronado por su propio hijo, Zeus. Las luchas de poder entre los dioses olímpicos se caracterizan por un deseo de control del cosmos mediante la fuerza y la coacción.
Zeus constantemente es desafiado por gigantes y monstruos, además de tener que lidiar con las intrigas internas de su familia lo que lo mantiene atrapado en un ciclo interminable de celos, alianzas volátiles y castigos ejemplares para mantener el orden del cosmos ejerciendo un poder caprichoso.
En el panteón hindú nos encontramos de forma similar con una lucha de poder entre dioses y demonios, entre Devas y Asuras, atrapados en un ciclo cósmico de creación, preservación y destrucción. A diferencia de la estructura jerárquica del Olimpo, con un solo dios dominante, la Trimurti Védica, Brahma, Vishnu y Shiva, supervisa la creación, preservación y destrucción del universo, mediando en las batallas entre los Devas y los Asuras.
La acción está dirigida a la restauración del orden moral de un cosmos donde el poder cambia de personajes según el karma y la devoción que manifiesten, donde incluso la autoridad de los dioses está sujeta indefectiblemente a leyes eternas.
Así que las cosas en la Tierra no pueden ser diferentes ya que, como apuntó Hermes Trismegisto: “Como es arriba es abajo para que se cumpla el misterio de la unidad”.
Por eso en este campo de experimentación terrenal, una de las formas de poder más ambivalentes para el ser humano ha sido el ejercerlo sobre otros individuos, sobre comunidades, pueblos y naciones.
Para el filósofo inglés Bertrand Russell la búsqueda del poder y la gloria asociada a él, son el motor de la vida social y la motivación humana más importante. Sin embargo, disintiendo con el planteamiento del filósofo, podríamos argumentar que es la búsqueda más común dado el bajo nivel de conciencia de la humanidad. Así que cabe preguntarse, ¿Qué aspecto del ser humano ansía ejercer el poder y la gloria como una forma de inmortalidad fatua en la menguada memoria de los hombres?
Desde el punto de vista psicológico, la búsqueda de poder, en cualquiera de sus formas, no es más que un intento del ego por alcanzar la inmortalidad en un mundo efímero. El poder terrenal ofrece una ilusión de totalidad, de dominio y control de nuestra voluntad sobre el otro y en consecuencia sobre el mundo. El ego atrapado en su propia ilusión narcisista de poder, no es capaz de darse cuenta de que no es más que un títere de fuerzas invisibles que gobiernan su existencia, incluso desde más allá del tiempo y el espacio.
Según el filósofo armenio G.I. Gurdjieff, el «poder» como capacidad de acción no existe en el hombre común. El ser humano en su condición ordinaria es una «máquina» incapaz de hacer; simplemente todo le sucede. Creemos que actuamos volitivamente, pero en realidad solo reaccionamos a impulsos psicológicos internos desconocidos para nosotros, los cuales son activados por circunstancias externas que no están bajo nuestro dominio. Reaccionamos como máquinas, no actuamos.
Prueba de esto lo encontramos en nuestras propias vidas cuando somos capaces de practicar el Atma Vichara, la auto indagación de forma objetiva y consciente, ya que el poder de acción real nace solo cuando el hombre deja de ser una multiplicidad de «Yoes» en conflicto. Desde una perspectiva espiritual, el poder es la capacidad de hacer conscientemente, lo cual solo es posible tras un profundo proceso de despertar. Según Gurdjieff, para “hacer” es necesario Ser.
Es necesario comprender primero qué significa Ser. “Si un hombre se da cuenta de que no puede ‘hacer’, es un paso hacia algo muy importante”.
El Bhagavad Gita, en el relato de la batalla de Kurushetra, nos muestra cómo el ser humano consciente puede resolver el dilema de ejercer el poder cuando llega a sus manos sin él buscarlo. Krishna despeja las dudas de Arjurna instruyéndolo en cómo el poder no debe verlo como una posesión personal, sino como una obligación cósmica, como su Dharma. Siendo un príncipe con la capacidad y en posición de poder, su acción consciente no es huir escudándose en una falsa espiritualidad o fraternidad, sino actuar para mantener el orden del mundo.
El Gita introduce la noción del Nishkama Karma: actuá sin apego a los frutos de tus acciones, ya que el hombre de poder debe ser un canal de la voluntad divina sin hacer usufructo de ello. Cuando el hombre actúa por el bien de sus congéneres, entregando los resultados de su éxito o fracaso a la Divinidad, el poder deja de ser un aliciente para el ego y se convierte en una vía de liberación del Samsara.
Las interacciones de ejercicio de poder en el juego cósmico son infinitas, ya que reflejan la conciencia misma, el inmanifiesto conociéndose a sí mismo. El ansia de poder y gloria de la que hablaba Russell deben entenderse como impulsos sagrados de la creación que han sido mancillados por el ego. La gloria verdadera no es la aprobación de nuestros congéneres sino el que nuestras acciones sean un reflejo de la conciencia divina actuando en el juego cósmico.
La actitud del hombre que ejerce el poder no debe ser la exigencia de obediencia ciega, sino ser la luz que ilumina las conciencias. Y quien juega al «no poder» no debe actuar como un esclavo, sino desde la paz del hombre libre que sabe que el mundo no es más que un juego evolutivo, sin olvidar como lo enseña el Gita, que lo único que permanece no es cómo lo ejercemos, sino con cuánta pureza de corazón cumplimos nuestro deber en el teatro de la existencia.
El poder es una de las grades iniciaciones en las que muchos adeptos fracasan. Solo aquellos que logran ejercerlo inmutablemente, sin poseerlo, habrán comprendido el secreto que Krishna reveló: “El mayor poder es el dominio sobre uno mismo”
Referencias:
El Bhagavad Gita
G.I. Gurdjieff, Perspectivas desde el mundo real.
Beltran Rusell. La conquista de la felicidad.


Saludo afectuoso.
Es conmovedor para el espírtitu leer estas enseñanzas que trascienden en el tiempo,
como también invita a la reflexión de éstas en las situaciones actuales, en las que ego gobierna a quienes dicen tener poder político y económico poniendo al mudno al borde del conflcito bélico y de las crisis, sería excelente que estos escritos lleguemn a muchas personas y a aquellas que gobiernan con el ego olvidando actuar de la mejor manera para el colectivo.
En cuanto a los individuos, estas reflexiones que unen la filosofía y la espiritualidad nos invitan a una reflexión profunda y propia de nuestro ser y actuar en medio de estas circunstancias, Gracias por compartirlas.
Hasta luego
Gracias Francisco. Una reflexión contributiva. ONS
Mi madre decía que la Conciencia es la voz de Dios. Es tan grande este concepto que esta en ella nuestras acciones, buenas o malas.