Para muchos, las habilidades y competencias que desarrollamos y llamamos talentos son un pilar en la configuración de diversas profesiones y oficios, a través los cuales se estructuran las formas como se trazan dinámicas de vida que determinan posiciones, roles y hasta los ingresos en la sociedad.
Aunque no necesariamente estas trayectorias que incluso conducen al éxito y reconocimiento son las que más motivación ofrecen a quienes las ejercen. Cuántos habrán explorado el arte, el deporte o la ciencia como áreas de conocimiento, práctica y proyección personal, más no como el eje de un sustento sino como algo más allá, que incluso harían si no hubiese para ello remuneración.
El tiempo invertido por una persona en estas prácticas que lo motivan desde otras perspectivas e intereses, puede configurarse como un paréntesis donde todo lo que acontece afuera no importa. Son horas, días, años de práctica constante para darse algún sentido interno y poder incluso entusiasmarse por lo externo.
La vida de un célebre filósofo, poeta y filólogo inspira este texto, porque siendo Friederich Nietzche quien fue, pocos conocen que su inclinación por la música hubiese sido su esencia. Encontrarse con esta parte de su vida es fascinante y propicia otra manera de verlo. ¿Como así que era más músico que filósofo?
Aproximándose desde su juventud al arte y recibiendo formación en piano y composición musical en la Schulpforta de Naumburgo, configuró para sí mismo un lugar íntimo de realización y creación, que se hizo visible en su obra como pensador.
Su destacada trayectoria y reconocimiento como el representante más significativo de la filosofía contemporánea que incide en el pensamiento de importantes autores e intelectuales no pareciera haber sido lo que más encantaba sus horas.
En contraste a su faceta más admirada, su afición por la música deriva en un compendio de composiciones que fueron recopiladas en un inicio por Curt Paul Janz quien publicó por primera vez en 1976 la obra musical del filósofo en una edición denominada: Friedrich Nietzsche, Der Musikalische Nachlass, Bärenreiter.
Si bien fue prolijo en composiciones musicales, recibió muchas criticas por autores de la época quienes poco valoraron su creación la cual pese a ser considerada difícil de llevar a la práctica, ha sido adaptada por varios intérpretes. Al parecer si bien retó a su ego, no frenó el ímpetu de crear a su estilo impregnando la disrupción de su pensamiento a lo que resonaba en él.
La música como su musa se refleja en una de sus primeras obras titulada El nacimiento de la tragedia desde el espíritu de la música, encauzando así una convicción tan propia que lo llevaría a manifestar que “Sin música la vida sería un error”, frase que devela su vínculo con la creación artística y para quien ésta, pareciera ser la única vía en la que concebía podía unirse el hombre con su creador.
Podríamos preguntarnos ¿Cuántos de nosotros nos hemos sentido creadores de algo? ¿o al menos cocreadores? ¿Habremos sospechado que nuestra experimentación en estos planos también está concebida para que nuestros logros amplíen el ámbito de la creación misma cuando agregamos o sumamos al resultado de la ecuación evolutiva?
Cada vez que nuestra comprensión de la verdad propia se amplía, impactamos lo creado y al creador mismo, dada la reciprocidad y vínculo que conecta todo en el universo.
De ahí que ningún llamado interno a la acción que nos vincula con algo más grande que nosotros mismos, debe desestimarse; y en este caso nos inspira el trasfondo de la creación que se produce en Nietzsche. Música inspirando pensamiento; frecuencia y vibración modulando la mente y sus proyecciones traducidas en ideas que colocan al hombre ante su verdad.
Fuentes consultadas

