Las palabras, al ser códigos vibratorios, contienen en sí información más allá de su significado literal, y en su pronunciación llevan la impregnación energética de aquel que la emite, es decir su intensión. Por tanto, las palabras son creadoras de realidades. Tomando una imagen de Eliphas Lévi, ocultista y mago francés, sabemos que la luz es un poder capaz de generar formas de acuerdo con las leyes matemáticas eternas, siendo Dios el alma de la misma y su cuerpo la luz universal infinita.
De aquí que sea la luz la fuente del pensamiento y el instrumento de la palabra, pues la misma “es la escritura blanca de Dios sobre el gran libro de la noche” (Levi, 1975). Por lo tanto, nosotros los humanos como seres conscientes, somos capaces de recrear esa luz en la materialidad de este planeta y el universo, pero también en sus espacios sutiles.
Esto nos hace pensar que todo depende del nivel de conciencia con el que pronunciemos una palabra, la misma que esta llena del sentido que le hemos dado en función de nuestros actos registrados en la memoria. Sin embargo, las palabras también son capaces de ocultar en su elocuente belleza, las más terribles intensiones, como en el caso de los políticos que con su discurso y personalidad generan empatía con las personas y logran así su apoyo.
Pero pese a eso, las acciones siempre mostrarán realmente lo que debajo de las palabras puede estar camuflado.
Así, en el yoga nos encontramos con la palabra satya, verdad o veracidad, que nos enseña a ser auténticos, cultivando una comunicación adecuada para que nuestras palabras estén alineadas directamente con la verdad de nuestro ser. Este concepto no está únicamente relacionado con el verbo sino con la acción, porque son indivisibles, verbo e individuo, como se menciona en el libro de Juan: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios” refiriéndose a que Él se manifiesta a sí mismo en la luz que es la vida.
Y es desde aquí que Patanjali nos motiva a respetar la verdad que tenemos con nosotros mismos para reflejarla así con todos los demás, cuidando de lastimar con nuestros actos-palabras a nosotros mismos o a los otros por desconocer nuestras falsedades e ilusiones provenientes de nuestro ego.
Por otra parte, también debemos considerar la información energética sutil que las palabras contienen, sobre todo cuando nos referimos a idiomas antiguos que han sido transmitidos por linajes generacionales que encierran poderes mágicos a través de códigos de luz u oscuridad.
Por ejemplo, existen fórmulas mágicas, supuestamente, capaces de curar enfermedades como indica el esoterista y conferencista colombiano, Samael Aún Weor en su libro de Magia médica, o para un sin número de fines insólitos como señala Helena Blavatsky, escritora, ocultista y teósofa rusa, en sus narraciones ocultistas, o las encontradas en varios grimorios como los de San Cipriano, o las de desarrollo de consciencia mencionadas por Lévy mediante el lenguaje cabalístico.
Ahora, como dice el viejo refrán, “el hábito no hace al monje”, debemos tomar en cuenta que el poder reside en la persona más no en una fórmula externa, pero que al encontrarse se pueden producir verdaderos milagros, dependiendo de las intensiones y la voluntad que se tiene sobre la energía, y de ahí el por qué es importante la práctica de Satya, ya que solo el amor, unido a la sabiduría, nos permiten ejercer nuestro propósito en este tiempo-espacio que hoy habitamos.
Fuentes consultadas
-Levi, E. (1975). La clave de los misterios. Ariel esotérica
-Blavatsky, M (2019). Narraciones ocultistas y cuentos macabros.
-Prana. Satchidananda, S. (2013)
-Los yoga-sutras de Patanjali. Integral Yoga publications Weor, S (2020).
-Tratado de medicina oculta y magia práctica. Ediciones gnosticas
https://centrohuellas.files.wordpress.com/2013/01/prana1.jpg?w=453&h=363


Me interesa mucho saber de esto es muy interesante…pues quieto aprender de ello ..estoy pasando por un proceso en mi vida que no se dnde voy ….
Excelente mirada. Gracias.
Los que venimos de la gnosis tratamos de tener bien claro del poder la palabra