En el siglo XI los monjes franceses de Cluny realizaban extensos rituales de muerte, cantando al estilo gregoriano durante prolongados periodos de tiempo, incluso a veces, semanas enteras. Cantaban mientras fuera necesario, hasta lograr la fuerza justa para que al alma lograra exitosamente su tránsito hacia el destino anhelado. Muchas tradiciones espirituales han hecho del sonido expresado en canto y música un elemento vital para acompañar este tipo de eventos, trascendentales siempre y con implicaciones definitivas. Sobre el entendimiento de que tras la muerte nada termina, que siempre hay más y que siempre será posible obtener más de la luz de la conciencia, el sonido ha sido un faro para los navegantes que se aventuran en las aguas del más allá.
En el Bardo-Thodol, más conocido como El Libro Tibetano de los Muertos, se informa al lector desde su inicio, que lo que ahí se consignan son básicamente instrucciones para el alma en tránsito, que debe escuchar para superar las pruebas ocultas en cada Bardo o instancia, con el fin de revelar la naturaleza lumínica de todo, su esencia eterna e inmutable, pero velada por la propia ignorancia de los mundos duales y sus impregnaciones kármicas. Revelar así la importancia fundamental del sonido, proyectarlo como una sonda interdimensional a través de mundos, ha sido un regalo de valor inconmensurable, dado a la humanidad como la llave de la libertad por los grandes Maestros de todos los tiempos.
El gran sabio y monje del siglo VIII conocido como Padmasambhava describe al Bardo-Thodol como “La Gran Liberación por la Escucha, una plegaria por el estado intermedio de la pura naturaleza espiritual y de la conciencia universal”. Estos textos deben recitarse al oído del cuerpo del difunto, quien con atención plena, logrará de esa forma descubrir al Buda, que habita perennemente detrás de todo artificio.
¿Qué parte de nuestra memoria guarda los sonidos y sus vocablos sagrados, como llaves luminosas para abrir las puertas entre los reinos? Si pudiéramos elegir, ¿Cuál sería nuestra inclinación sonora en el momento en que debamos emprender tales tránsitos?
Quienes se abocan al conocimiento verdadero y experiencial de la sabiduría contenida en las grandes tradiciones espirituales, entienden que la oración, la palabra sagrada y el mantra de luz, son formulaciones capaces de configurar los vehículos y los senderos del discípulo, para transitar y disolver los mundos de su propia inconsciencia, y así alcanzar finalmente la liberación. También hay quienes prefieren sumergirse en alguna parte especial de la banda sonora que los ha acompañado durante los años vividos, y así sentir los últimos momentos de esta existencia, para proyectarse desde ahí hacia lo que venga. En internet hay foros que discuten el tema y añoranzas de morir con música que va desde ABBA hasta Zeppelin.
En un paralelo del siglo XXI, un querido estudiante de Imaginación Guiada con Música, nos compartió recientemente y con tristeza visible, el proceso de muerte de su padre, quien tras haberse contagiado por COVID, había sido aislado en un hospital del Salvador. La canción que le rondaba en esos momentos finales y que fue solicitada a su hijo musicoterapeuta (iPad mediante), fue “Me Voy Pal Pueblo” de Marcelino Guerra. Al parecer, la música elegida y su texto llegaron desde un íntimo lugar, y con un significado de absoluta trascendencia para esos momentos: “Me voy pa’l pueblo, hoy es mi día. Voy a alegrar toda el alma mía”. Un canto que duró hasta que los protocolos médicos lo permitieron, alegrando las almas de padre e hijo.
Finalmente, les comparto algunos datos interesantes extraídos de la historia, que nos muestran la música que sonó alrededor de tránsitos muy sonados:
Días después de la muerte de Ludwig Van Beethoven, en una misa conmemorativa celebrada en una iglesia de Viena el 3 de abril de 1827, Ignaz von Seyfried cantó el Réquiem de Wolfgang Amadeus Mozart con un “Libera me” adicional: un canto de tipo responsorial para la absolución de los muertos. El texto pide a Dios que tenga misericordia de la persona fallecida en el Juicio Final.
Otro ejemplo es la espléndida “Nimrod, Variación 9 – Enigma, Op.36” por Edward Elgar, una de las piezas musicales que acompañaron el funeral de Diana de Gales. Música con una hermosa cualidad solemne, de vastos espacios y elevada en su direccionalidad melódica. Un magnífico portal hacia la trascendencia.
En un ámbito más íntimo, el gran “minimalista sacro” de Estonia, Arvo Part, compuso el “Cantus in Memory of Benjamin Britten” como una elegía por la muerte de su admirado amigo. Más que un conducto para la liberación de su alma, el famoso “Cantus”, con sus melodías repetitivas y en descenso, junto con el implacable repique de una gigantesca campana, fue la expresión de desolación del propio compositor ante la muerte de Britten.
Ante tanto revuelo existencial, vale entonces preguntarnos: ¿Qué quisiéramos escuchar en el momento de nuestra partida de este plano? ¿Una canción de Cerati? ¿Un poderoso mantra? ¿Indescriptibles coros angélicos? ¿Un silencio eterno?


La suave melodía de la voz de mi Gurú, susurrándome al oído: «Ven, amada mía… te llevo a casa»…
(pañuelitos por aquí, por favor… jajaj) XD
Buenísima nota, Santiago. Gracias!