No es que la ignorancia sea libre como el miedo, lo que corresponde es comprender -aquí la filosofía comienza a ser efectiva- que la sociedad se divide entre aquellos que recuerdan y aquellos que no recuerdan. Y, además, “entre aquellos que se acuerdan de algo determinado y aquellos que se acuerdan de algo diferente”. Lo dice el filósofo alemán, Peter Sloterdijk, en su enjundioso exordio del maravilloso texto “Esferas I”, del cual presentamos la pieza completa. El también autor de la punzante obra “Crítica de la razón cínica”, parte de una frase platónica, que intenta separar, una cosa otra. Sugiere que vivir, formar esferas y pensar son expresiones diferentes para lo mismo.
Introducción general
De acuerdo con la tradición, Platón habría colocado a la entrada de su Academia una inscripción que decía: manténgase alejado de este lugar quien no sea geómetra. ¿Una frase arrogante? ¿Una declaración de guerra al intelecto vulgar? Sin duda, pues no sin motivo en la Academia se inventó una nueva forma de elitismo. Por un momento sorprendente coincidieron entre sí escuela y vanguardia. Vanguardismo es la capacidad de forzar a todos los miembros de una sociedad a decidirse sobre una propuesta que no proviene de ella misma. Sócrates fue el primero que se tomó en serio este juego, y Platón, con la fundación de su escuela, acrecentó la provocación filosófica elevando a la categoría de fuerza mayor el apremio a elegir entre saber y no-saber.
Al cerrar las puertas a la plebe ageómetra con el fin de admitir sólo a candidatos con suficientes conocimientos previos, Platón desafió a los mortales en su totalidad a cualificarse para el acceso a su comunidad de investigación, acreditando su idoneidad para ello. Aquí hay que considerar: ¿Qué es un ser humano en la era académica sino un mamífero desmemoriado que por regla general ya no sabe que en el fondo de su alma es un geómetra? Un geómetra, ¿qué es eso? Una inteligencia que viene del mundo de los muertos y trae a la vida vagos recuerdos de su estancia en una esfera perfecta.
La filosofía comienza a ser efectiva exotéricamente cuando divide la sociedad entre aquellos que recuerdan y aquellos que no recuerdan; y, además, entre aquellos que se acuerdan de algo determinado y aquellos que se acuerdan de algo diferente. Éste viene siendo hasta la fecha su negocio, aunque los criterios para la división se hayan complicado un poco.
Como cualquier autor que está un poco más allá de sus comienzos mágicos soy consciente de la imposibilidad de fijar previamente en una perspectiva concreta el uso que la comunidad alfabetizada hace de los escritos que se publican. No por ello deja de parecerme útil la advertencia de que, en sus líneas maestras, lo mejor es leer las consideraciones que siguen como una radicalización del motto platónico.
Yo no sólo colocaría la frase platónica sobre la entrada a una academia sino sobre la puerta misma de la vida, si no fuera un tanto indecente querer guarnecer con advertencias el ya de por sí demasiado estrecho acceso a la luz del mundo… Hemos aparecido en la vida sin preparación preescolar geométrica y ninguna filosofía puede someternos después a una prueba de acceso.
Pero esto no cambia en lo más mínimo el exclusivo mandato de la filosofía, ya que no puede rechazarse sin más la presunción de que el mundo nos sea dado sólo a través de prejuicios geométricos innatos. ¿No podría pensarse que la vida es una incesante demanda posterior de conocimientos sobre el espacio del que procede todo? ¿Y no es hoy más profunda que nunca la escisión de la sociedad entre quienes saben algo y quienes no saben nada al respecto?
Que la vida es una cuestión de forma es la tesis que conectamos con la vieja y venerable expresión de filósofos y geómetras: esfera. Tesis que sugiere que vivir, formar esferas y pensar son expresiones diferentes para lo mismo. De todos modos, la alusión a una geometría esférica vital sólo tiene sentido cuando se admite que existe una especie de teoría que sabe más de la vida que la vida misma; y que allí donde hay vida humana, sea nómada o sedentaria, surgen globos habitados, ambulantes o estacionarios, que en cierto sentido son más redondos que todo lo que puede dibujarse con círculos. Los libros que siguen están dedicados al intento de sondear las posibilidades y límites del vitalismo geométrico.
Hay que admitir que ésta es una configuración bastante extremada de teoría y vida. La hybris de este planteamiento quizá se haga más soportable, o más comprensible al menos, si se recuerda que sobre la Academia había una segunda inscripción, de sentido oculto y humorístico, que decía: se excluye de este lugar a quien no esté dispuesto a implicarse en asuntos amorosos con otros visitantes del jardín de los teóricos. Ya se adivina: también esta divisa hay que aplicarla a la vida entera.
Quien no quiera saber nada de construir esferas tiene que mantenerse alejado, naturalmente, de dramas amorosos; y quien elude el eros se excluye de los esfuerzos por buscar claridad sobre la forma vital. Con ello la hybris cambia de aposento. La exclusividad de la filosofía no expresa su propia arrogancia; se sigue de la autosatisfacción de quienes están seguros de que uno se las puede valer también sin el pensar filosófico. Si la filosofía es exclusiva es porque refleja la autoexclusión de la mayoría de la gente de lo mejor, pero, en cuanto extrema la escisión existente en la sociedad, hace consciente esa exclusión y obliga a reconsiderarla. De la hipérbole filosófica surge la oportunidad de revisar las opciones efectuadas y de decidirse en contra de la exclusión.
Por eso, la filosofía, si se dedica a lo suyo, siempre es a la vez propaganda de sí misma. Si hay otros que entienden lo óptimo de otro modo, y logran con ello resultados convincentes, tanto mejor. Como puede verse, el presente ensayo reconoce su sensibilidad por un problema platónico, pero no se asimila al platonismo si se entiende por él la suma de las malas lecturas con las que se ha interpretado al fundador de la Academia ateniense a lo largo del tiempo, incluido el antiplatonismo desde Kant hasta Heidegger y sus sucesores.
Yo sólo seguiré la huella de las indicaciones platónicas para desarrollar con mayor tenacidad de lo acostumbrado la tesis de que las historias de amor son historias de forma y de que toda solidarización es una formación de esferas, es decir, una creación de espacio interior. De los excedentes del primer amor, que se desprende de su origen para proseguir su marcha en otra parte recomenzando libremente, se nutre también el pensar filosófico, del que hay que saber ante todo que es un caso de amor de transferencia al todo.
Por desgracia, en el discurso intelectual contemporáneo se ha convenido en caracterizar el amor de transferencia como un mecanismo neurótico, culpable de que las pasiones auténticas se sientan la mayoría de las veces en el lugar equivocado. Nada ha perjudicado tanto al pensamiento filosófico como esa lamentable reducción temática que, con razón o no, se remite a modelos psicoanalíticos.
Hay que insistir, por contra, en que la transferencia es la fuente formal de los procesos creadores que dan alas al éxodo de los seres humanos a lo abierto. No transferimos tanto afectos exaltados a personas extrañas como tempranas experiencias espaciales a lugares nuevos, y movimientos primarios a escenarios lejanos. Los límites de mi capacidad de transferencia son los límites de mi mundo.
Si hubiera, pues, de colocar mi lema a la entrada de esta trilogía, éste habría de rezar: Manténgase alejado quien no esté dispuesto de buen grado a elogiar la transferencia y a rebatir la soledad.

