Conocido como el monje artista, nació hacia fines del siglo XIV, alrededor de 1395, en un pueblito de la Toscana italiana. De su vida personal es muy poco lo que se sabe o lo que hay en los registros. Su nombre fue cambiando según las transformaciones de su vida: Guido o Guidolino di Pietro da Mugello entró a la orden de los dominicos alrededor de 1420, donde comenzó a ser llamado Fra Giovanni. Más tarde sería conocido como Fra Angelico y, en 1983, como Beato Angelico, al ser beatificado por Juan Pablo II, quien lo nombró patrono de los artistas.
En él podemos ver materializado el resultado de una vida entregada a la religión; la espiritualidad, el arte y la devoción convivían en perfecta armonía.
Quizás por esto, ante lo poco que conocemos de su vida, algunos han elucubrado o imaginado cómo era su cotidianidad. Antonio Tabucchi, en su libro “Los Volátiles de Fra Angelico”, nos hace volar junto con estas criaturas imaginadas, las cuales se le aparecían en sus días en el monasterio pidiendo ser pintadas e inmortalizadas. O como Giorgio Vasari, quien aseguraba que Fra Angelico nunca comenzaba a pintar sin antes rezar una oración, y que las lágrimas siempre llenaban su rostro cada vez que pintaba una crucifixión.
Pero sus obras nos dicen, más allá de cualquier palabra, lo que su vida era: contemplata aliis tradere (transmitir a otros los frutos de la contemplación), frase de Santo Tomás de Aquino y máxima de la orden de los dominicos.
Porque lo que él pintaba era para ser contemplado, pero surgía de su interior, de su convicción, de su propia experiencia interna y meditativa. El arte aquí funge como una expresión de su espiritualidad; no hay diferencia. No pintaba desde el ego, sino como parte de una conexión, de un estado de conciencia. Su propósito era pintar a Dios y, a través de esto, pintar la Luz; así, sus obras se convertían en un conducto de fe y devoción.
De sus obras más conocidas están los frescos del Monasterio de San Marcos, donde pintó, además de en lugares públicos, en las celdas de los monjes. Estos se encuentran directamente en las paredes de las habitaciones. En cada celda había una pequeña ventana, y se comenta que Fra Angelico decía que, así como a través de esa pequeña ventana los frailes pueden ver el mundo exterior, él colocaría al lado otra ventana por la que pudieran contemplar el mundo invisible: una ventana al cielo.
Fra Angelico usaba colores puros, claros y sutiles; podemos ver azules intensos hechos de pigmentos de lapislázuli, el dorado siempre presente y blancos puros. Era un maestro de la Luz. Sus pinturas tenían pocas figuras; esto permitía que no hubiera distractores y que la intencionalidad de la imagen llegara fluida y hermosamente. Al estar ahí, inducían a un estado de paz y quietud.
La luz, en algunas de sus obras, no tenía una lógica realista, sino más bien una lógica divina. En el Renacimiento los artistas se obsesionaron con el uso de la sombra que se proyectaba; era la forma física de demostrar que un cuerpo tenía volumen y ocupaba un lugar real en la Tierra.
En las pinturas de Fra Angelico podemos ver sombras sutiles en los personajes “terrenales” (soldados, monjes u otros); en cambio, en los personajes celestiales y en ciertas escenas que ocurrían en el plano de lo divino, estos no tenían sombra. Ellos eran la fuente de Luz: la luz venía y se proyectaba desde ellos (siguiendo las teorías de la época de Santo Tomás de Aquino sobre la “claritas” o el resplandor celestial). La luz no choca contra un ángel; la luz emana de él. Por lo tanto, no hay opacidad en su cuerpo que pueda proyectar oscuridad en el suelo.
Como se recoge en sus Lecciones sobre la estética, Hegel afirmaba que en Fra Angelico encontramos “una piedad y una solemne profundidad de concepción que, en su pureza celestial, sigue siendo insuperable”, donde la belleza no es la forma, sino “la interioridad del alma que se manifiesta”. Porque, a fin de cuentas, esa sería la manera en que realmente el arte, el artista, el fraile y el religioso son uno solo; donde lo que se es adentro y afuera, en pensamiento y acción, es uno con Dios.
Referencias bibliográficas:
Williamson, George C. (1901). Fra Angelico. London: George Bell & Sons.
Mitteilungen des Kunsthistorischen Institutes in Florenz. (2015). LVII. Band, Heft 3. Firenze: Centro Di.
Tabucchi, Antonio. (1990). Los volátiles de Fra Angelico. Barcelona: Editorial Anagrama.


Un regalo para el alma. ¡Hermoso!
Gracias Bernardita, por recordarnos la sublime y elevada belleza de las obras de este gran artista
Gracias Bernardita , por ilustrarnos tan hermosamente en la obra de este artista fraile y su comunión con Dios a través del arte.
Excelente , muy bien narrado ,felicitación a la escritora !!!👏👏👏👏👏👏👏🦋