Por Ramón Navarro
Todos intuían. Bueno, todos es mucho. Un grupo reducido de discípulos sabía que el proceso estaba por cumplirse. Al igual que sus familiares. Y es que, por más que el entendimiento guíe tus actos, por más que comprendas que el tránsito es armonioso, y que las leyes cósmicas te asisten, la tristeza tomó la forma de un cisne y se posó en las mentes de quienes estaban informados del vuelo mágico. El cuerpo, su cuerpo, eso que Adi Shankara comentaba con enfática pedagogía en el Viveka Chudamani, que no es más que “la morada del ego ilusorio que vive en la conciencia del Yo y El Mío”, fue como adaptándose al llamado, y empezó a dar señales de un adiós comprometido con la eternidad.
Ese 26 de septiembre de 1895 dejaba Lahiri Mahasaya, un incomparable legado de luz hasta ahora insuperable, un cosmos plagado de enseñanzas, el cual tiene su expresión en la imperecedera ciencia del Kriya Yoga. Es una obra mayor, que sobrevive a las adversidades del mundo contemporáneo, y que basta con observar a cualquier ser humano haciendo yoga, en cualquier lugar del planeta, para convenir que la encomienda asignada por su gurú, el Mahavatar Babaji, tiene resonancia, virtud, dicha, gozo. No digo tuvo, porque su valor en la actualidad sigue con sagrada vigencia.
Días, semanas antes del Mahasamadhi, Lahiri había estado batallando con un furúnculo en su espalda. A pesar del dolor, de las miradas muy discreta de sus nobles acompañantes, del escrupuloso rumor que rondaba el ambiente de despedida, la doctora Purnachandra, que siempre estuvo a su lado, colocó unas compresas y reconoció el empeño de Yoguiraj de no operarse. Un cuidadoso plan de salida. Nada parecía fatal, irremediable. El derrotero estaba ya escrito. Solo él sabía cuándo daría el paso. Babaji estaba allí, sin ser visto ni sentido. Puro y elevado.

El profesor Jogesh Chandra Battacharya, biógrafo de Lahiri, reitera en el libro Yoguiraj Shri Shri Lahiri Mahashaya la idea de que el Kriya Yoga ya pertenecía a la familia de Lahiri, desde siglos atrás, antes del Kali Yuga. En esa edad oscura, y como era de esperarse, la humanidad no tenía cómo comprender los beneficios de la ciencia del Kriya Yoga. La enseñanza prácticamente se alojó, en actitud reservada y enigmática, en los Himalayas. Sí, hasta nuevo aviso. Luego vendría la revelación, el hermoso pasaje del encuentro entre el heredero de milenaria técnica y Babaji, quien entregó el fuego a su discípulo. Un fuego que reconoció de inmediato. Le estaba devolviendo lo que era suyo, de acuerdo con el relato de Chandra Bathacharya.
Todo ser que está en frecuencia de luz, ha de comprender que las sincronías obedecen a resoluciones kármicas. Nada adviene de la nada. En la ceremonia individual, en esa fecunda imaginación del hombre cuando ya mira el universo que le toca ahora vivir con reverencia y humildad, elige vivir, selecciona y experimenta. Es la razón por la que su adiós, en Varanasi, tuvo como marco ceremonial el segundo día de las celebraciones de la Madre Durga, que se desarrollaba en la casa de al lado. En el momento decisivo, cuando en la puja se logró un nivel de frecuencia auspicioso, Lahiri abrió por última vez los ojos, no articuló ninguna palabra, observó la materialidad del mundo físico, y ascendió.
Para el momento de su Mahasamadhi, Lahiri tenía 66 años, de los cuales, la mitad estuvo orientada a procesar el vasto conocimiento del Kriya Yoga, evaluar su aplicabilidad y ejecutar con insobornable ética, el conocimiento adquirido de Babaji. No era un sentimiento subjetivo lo que anidaba en su corazón. Nunca. Ni dudas ni vacilaciones. Era una certeza extrema, si comprendemos que más allá de haber nacido en una elevada casta de brahmanes, le tocó ser esposo, padre, sostén de hogar, todo el piélago de cotidianidades que, por lo general, someten y desvían al hombre de su propósito. Pero, a pesar de que trabajó en un organismo público, y tuvo que hasta admitir la burocracia, con intensa vida social, aunque consciente del servicio, jamás cedió terreno a los impulsos del no ser.
“Mediten incesantemente para que pronto puedan contemplarse ustedes mismos como la Esencia del Infinito, libres de toda miseria humana. Dejen de ser prisioneros del cuerpo usando la llave secreta del Kriya Yoga. Aprendan a escapar hacia al Espíritu”, decía Lahiri, a sus devotos, sin distingo de clase, religión o condición social. Y es que él no se consideraba una figura primordial del renacimiento del yoga. Lo consideraban otros. Desde muy joven se apresuró a estudiar los vedas, tal como correspondía a su linaje, y ya a los 12 años se unió a un colegio inglés, dependiente de la estructura pública, cuya educación recaía en el Colegio Sánscrito Estatal, en Varanasi.
Así que antes de entrar a la adolescencia, Lahiri ya hablaba y escribía con corrección y soltura el inglés, el urdu, lengua también hablada en Pakistán, y es utilizada como lengua escrita por hablantes musulmanes; el hindi, lengua oficial de India, y el cuarto más hablado en el mundo, luego del mandarín, español e inglés. También aprendió un poco de persa.
Sí sabía Lahiri que el poder del Kriya Yoga iba a mejorar el nivel de conciencia de la sociedad. Y a contracorriente, se entiende, porque era notable el férreo control que tenía sobre el estado indio la cultura inglesa, a través de la Compañía Británica de las Indias Orientales. Más allá de este contexto, se concentró en su misión, y amparado por su jubilación –una suma muy modesta- dado que trabajó por más de 30 años en el sector oficial, anduvo con creciente entusiasmo sembrando conciencia.
Con admirable devoción logró establecer reuniones diarias, y las denominaban Asamblea del Gita, siempre con rectitud de propósito, con tolerancia, simpatía y equilibrio. Allí se concentraban musulmanes, hindúes, cristianos, y a pesar de la rigidez de su casta, su inteligencia para discernir operaba en los otros con admiración.
A sus 125 años de Mahasamadhi no podemos sino recordarlo, en gratitud, ahí, caminando por los energéticos callejones de Varanasi, haciéndole reverencia a sus discípulos, recordándoles la importancia capital del ejercicio del Kriya Yoga, sus sólidas premisas, su íntegro e incorruptible código, sentado, en forma de loto, una figura que ha quedado fijada en nuestra psique como un registro iconográfico de una enseñanza ejemplar.

Hermosa entrega de Upaninews. Gracias.
Me uno a los saludos y gratitud a Shakti Ma en su día. Que siga siendo esa Luz que guía nuestro Sendero y ese referente de entrega, trabajo, constancia, alegría, fortaleza y amor. Que sea siempre Bendita. Mil felicidades Ma!!!.