El poder de decir las cosas es distinto a decir las cosas con verdades incuestionables. Tener supremacía sobre determinadas estructuras de pensamiento, no te hace infalible frente a la fuerza de los hechos, a la realidad objetiva, a eso que por más que intentes camuflar o silenciar, emergerá con el esplendor de la verdad. Puedes hoy decir que la IA desplazará todo el andamiaje cognitivo del hombre, y que la conciencia será solo un recuerdo más dentro de la existencia, o que el ser humano, definitivamente, poblará la Luna, y verá desde allí, cómo la Tierra desaparecerá, y no por caprichos cósmicos.
El nuevo vocabulario, que se nutre de viejas afirmaciones, insiste en muchos deseos. Apalanca complejos ideales, y bajo dedicación exclusiva, integra a su panorama, un curioso planteamiento nihilista, encubierto. Hay demasiados anuncios, insistimos. Sin embargo, hay uno que obra con sutil porfía, calibrando las reacciones del otro, de ese otro que no es una entidad aislada, o desmembrada de todo propósito de dominio. Ya vendrá el principio: quién domina la Tierra domina la galaxia, ¿será posible? porque aquella es solo un botín de guerra entre el bien y el mal.
Sin embargo, ¿por qué ese empeño de intentar colonizar -no sé si es el término adecuado- a la Luna, probablemente uno de los lugares más infértiles que hay en la infinitud? La sociedad del espectáculo copa la escena. El canto épico del control absoluto. Como no hemos sido capaces de dominar las pasiones humanas, de evitar el declive del hombre a instancias irrecuperables, allí justamente, donde el conocimiento carece de valor, apuntamos a otras extravagancias y la denominamos progreso.
¿Podemos imaginarnos el peso de esa energía que es utilizada para forzar la apertura de un dilema como el habitar o no habitar a Chandra, y lo dirigimos hacia propósitos más nobles? Hemos sido infalibles en el error. Nos consideramos menguados y esa insustancialidad la convertimos en un espectáculo. La dotamos de primicias, de grandes hallazgos y articulamos una fenomenología de lo inerte. El florecimiento involutivo.
El autoconocimiento está por debajo de las conquistas enfermizas. No hay un orden ni siquiera excesivo sino un caos excesivo que contribuye a la autoafirmación de la carrera espacial. Nadie niega el derecho que tiene el hombre de explorar. ¿Indagar para qué? Hasta la fecha, solo doce personas han pisado la Luna -en el marco de las misiones Apolo, hasta 1972- desde que Neil Armstrong lo logró primera vez en la historia, un 20 de julio de 1969. La luna seduce más ahora que en otros periodos de la humanidad. Sé es poderoso de alguna forma. La ruptura empezó con el empeño de cohabitar con ella.
El genio originario de nuestro ADN, abundante luz, información genética con fines evolutivos, precisión absoluta del destino, ¿cuál es nuestra misión en la Tierra? de eso, que es infinitamente más poderoso que caminar sobre la Luna, de esa memoria nadie quiere saber, pues si algún día te preguntan cuál es uno de los grandes desasosiegos que corroe a la humanidad, se podrá señalar que la terquedad de una ideología para asegurar la superioridad de una determinada Nación el espacio. Nunca en la superficie lunática.
El ideal cósmico: irse volando del círculo hacia un lugar donde la nada es exactitud, amor, unidad. Nunca un vacío fue tan extraordinariamente espléndido, sin embargo, los propósitos siguen siendo otros. No hay motivo razonable para dudar de que las conquistas espaciales, deberían estar en el último peldaño de los deseos humanos. Seguimos orientando nuestras esperanzas terrestres sobre un desierto radiactivo. Insistimos; el dolor es la ignorancia.
Quizás es más sensato seguirse imaginando a la población selenita, que describió el escritor sirio, Luciano de Samosata, dícese, una de las mayores inteligencias satíricas de la literatura universal. En su “Relatos verídicos”, sin duda, la obra de ficción más antigua conocida sobre el viaje a la Luna -S, II d.C- allí, donde pronto orbitará Artemis 2, son los hombres quienes quedan embarazados, y no se les hincha el abdomen sino la pantorrilla. Ni hablar de cómo nace una raza de hombres denominada Arbórea. Ah, la gente que envejece, se evapora en el aire.
Sí, hay que viajar con el relato de Luciano, y tomar a la imaginación por el cuello.


excelente texto.