Hay que imaginarse el embeleso que ocasionó sobre Mirra Alfassa (1878-1973) la determinante cercanía a Sri Aurobindo. Antes, mucho antes, de viajar a Puducherry, al sur de India, sentía una energía tenue que dirigía inconscientemente sus aventuras, algo que la resguardaba espiritualmente, un don encubierto. Y esa luz tuvo su esplendor el 29 de marzo de 1914 cuando conoció al filósofo, poeta y maestro de yoga indio. En ese enganche, en esa fusión, la nacida en París, de padre turco y madre egipcia, ambos de raíces judías, admitió el centellazo divino, y solo así comprobó que su firmeza interior tenía un fundamento en ese joven de 41 años que acaba de conocer.
Ungida por Aurobindo, la Madre, como también se le conoció, expelía una belleza decimonónica, con una vida interior muy convulsa, y a su vez atiborrada de bocetos, que se expresaban en ese rostro imperturbable, para muchos, estoico, que paseó con repunte, de manera sobresaliente, en una cantidad de quehaceres, como sin definir un propósito de luz, pero no por ello, perdida en su laberinto. Todo lo que hizo, lo hizo sin crispación y, además, su condición de burguesa le ayudaba a absorber realidades materiales; estudios de arte en la Academia Julian, en París, como su ánimo de practicar tenis, esgrima, tiro con arco, deportes en los que alcanzó un rango medio, sin dejar el canto y su amor por la música
Ese regodeo también le impuso dos matrimonios, con los correspondientes divorcios. Todo ese pesar, la decisión de comenzar una cosa y dejarla a medio camino, terminó por concentrar una inquina hacia sí misma. ¿Por qué soy tan mediocre? le dijo a Aurobindo. Todo lo que había hecho hasta el momento, no había sido resuelto de manera superior. El sabio le dijo: “Lo más importante es no tener ninguna fijeza. Nada debe establecerse. Eso significa un punto muerto en la marcha hacia adelante”.
Cuando a los 52 años Aurobindo se retiró de la vida activa, dejó en Mirra la responsabilidad de administración y funcionamiento del ashram, lo que sería con el tiempo la ciudad-laboratorio de Auroville, en Puducherry.

