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Home Autores Universales

LA MAGIA, LO MATERIAL Y LO ESPIRITUAL

by upaninews
febrero 6, 2025
in Autores Universales
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LA MAGIA, LO MATERIAL Y LO ESPIRITUAL
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Eliphas Levi (1810-1875), en el Dogma y ritual de la alta magia (1854), describe la magia como un puente entre el mundo material y lo espiritual. En su obra, reflexiona sobre cómo el ser humano puede trascender las limitaciones de la matrix terrenal, mediante el conocimiento esotérico y el desarrollo de la voluntad divina. Levi plantea que, a través del dominio de las leyes universales, el individuo puede alcanzar una conexión directa con lo trascendental. La magia, según Levi, no es un medio para el poder personal, sino una forma de alinearse con las fuerzas cósmicas que rigen el universo, permitiendo al Ser acceder a un conocimiento oculto que lo transforma y lo eleva espiritualmente.

A través del velo de todas las alegorías hieráticas y místicas de los antiguos dogmas, a través de las tinieblas y de las bizarras pruebas de todas las iniciaciones, bajo el sello de todas las criaturas sagradas, en las ruinas de Nínive o de Tebas, sobre las carcomidas piedras de los antiguos templos y sobre la ennegrecida faz de las esfinges de Asiria o de Egipto, en las monstruosas o maravillosas pinturas que traducen para los creyentes las páginas sagradas de los Vedas, en los extraños emblemas de nuestros antiguos libros de alquimia, en las ceremonias de recepción practicadas por todas las sociedades secretas, se encuentran las huellas de una misma doctrina y en todas partes, cuidadosamente oculta.

La filosofía oculta parece, pues, haber sido la nodriza o la madrina de todas las religiones, la palanca secreta de todas las fuerzas intelectuales, la llave de todas las oscuridades divinas y la reina absoluta de la sociedad, en las edades en que ella estaba exclusivamente reservada a la educación de los sacerdotes y de los reyes.

Había reinado en Persia con los magos, que un día perecieron, como perecen los dueños del mundo, por haber abusado de su poder; había dotado a la India de las más maravillosas tradiciones y de un lujo increíble de poesía, de gracia y de terror en sus emblemas; había civilizado a Grecia mediante los cuidados de la lira de Orfeo; ocultaba los principios de todas las ciencias y de todos los progresos del espíritu humano, en los audaces cálculos de Pitágoras; la fábula estaba llena de sus milagros, y la historia, cuando trataba de juzgar ese poder desconocido, se confundía con la fábula; derrumbaba o afirmaba los imperios por sus oráculos; hacía palidecer a los tiranos sobre su trono, y dominaba en todos los espíritus por la curiosidad o por el temor.

A esta ciencia, decía la muchedumbre, nada le es imposible; manda a los elementos, sabe el lenguaje de los astros y dirige la marcha de las estrellas; la luna, a su vez, cae sangrando desde el cielo; los muertos se levantan de sus tumbas y articulan palabras fatales. Que el viento de la noche repercute.

Dueña del amor o del odio, la ciencia puede dar a su antojo, a los corazones humanos el paraíso o el infierno; dispone, a su placer, de todas las formas y distribuye como le place, la fealdad ola belleza; cambia, a su vez, con la varilla de circe, a los hombres en brutos y a los animales en hombres; dispone también de la vida o de la muerte y puede conferir a su adepto la riqueza, por la transmutación de los metales y la inmortalidad por su quinta esencia y su elixir, compuesto de oro y de luz.

He aquí lo que había sido la Magia desde Zoroastro hasta Manes, desde Orfeo hasta Apolonio de Tiana, cuando el cristianismo positivo, triunfante, al fin de los hermosos sueños y de las gigantescas aspiraciones, de la escuela de Alejandría, osó fulminar públicamente su filosofía con su anatema, reduciéndola, por esta causa, a ser más oculta y misteriosa que nunca.

De otra parte, circulaban con respecto a los iniciados y a los adeptos, rumores extraños y alarmantes; esos hombres estaban rodeados por todas partes de una influencia fatal; mataban o hacían enloquecer a aquellos que se dejaban arrastrar por su meliflua elocuencia o por el prestigio de su sabiduría. Las mujeres a que amaban se convertían en Estriges, sus hijos desaparecían en los conventículos nocturnos, y se hablaba, en voz baja y temblando, de sangrientas orgías y de abominables festines.

Se habían encontrado osamentas en los subterráneos de los antiguos templos; se habían escuchado alaridos durante la noche; las cosechas se malograban y los rebaños languidecían, cuando el mago pasaba por delante de aquéllas y de éstos. Enfermedades, que desafiaban el arte de la medicina, hacían su aparición en el mundo —decían– bajo las 5 venenosas miradas de los adeptos.

En fin, un grito universal de reprobación se eleva contra la magia, cuyo solo nombre es un crimen, y el odio del vulgo se formula por este decreto: «¡Al fuego los magos!», como se había dicho algunos siglos antes: «Los cristianos a los leones.» Las multitudes no conspiran más que contra los poderes reales; no tienen la ciencia de lo que es verdadero, pero sí tienen el instinto de lo que es fuerte.

Estaba reservado al siglo XVIII el reírse, à la vez, de los cristianos y de la magia, cubriendo de fango de igual modo las homilías de Jean-Jacques que los prestigios de Cagliostro. Sin embargo, en el fondo de la magia hay ciencia, como en el fondo del cristianismo hay amor, y en los símbolos evangélicos vemos al Verbo encarnado, adorado en su infancia por tres magos a quienes guía una estrella (el ternario y el signo del microcosmos) y recibiendo de ellos el oro, el incienso y la mirra; otro temario misterioso bajo cuyo emblema están contenidos alegóricamente los más elevados secretos de la cábala.

El cristianismo no debía odiar a la magia; pero la ignorancia humana siempre tiene miedo de lo desconocido. La ciencia se vio obligada a ocultarse para librarse de las apasionadas agresiones de un amor ciego; se envolvió en nuevos jeroglíficos, disimuló sus esfuerzos y disfrazó sus esperanzas. Entonces fue creada la jerga de la alquimia, continua decepción para el vulgo, ansioso de oro, pero lengua viva para los verdaderos discípulos de Hermes.

Y ¡cosa singular! existen en los sagrados libros de los cristianos, obras que la Iglesia infalible no tiene la pretensión de comprender, ni ha tratado nunca de explicar; la profecía de Ezequiel y el Apocalipsis; dos clavículas cabalistas, reservadas sin duda en el cielo para que los comenten los reyes magos; libros terrados y sellados con siete sellos para los fieles creyentes y perfectamente claros para el infiel iniciado en las ocultas ciencias.

Otro libro existe aún; pero éste, aunque sea hasta cierto punto popular y se le encuentre por todas partes, es más oculto y el más desconocido de todos, porque contiene la clave de todos los demás; se le ha dado publicidad, sin ser conocido por el público; no se preocupen de pensar en dónde está, porque perderían mil veces el tiempo. Este libro, más antiguo quizá que el de Enoc, jamás ha sido traducido, y está escrito totalmente en caracteres primitivos y en páginas sueltas como las tabletas de los antiguos.

Un distinguido sabio ha revelado su existencia, siendo de advertir que lo que le ha llamado la atención, no ha sido precisamente el secreto, sino la antigüedad y su singular conservación; otro sabio, pero de un espíritu más fantástico que juicioso, se ha pasado treinta años estudiándolo, sin comprender nada más que su indiscutible importancia.

Se trata, en efecto, de una obra monumental y singular, sencilla y fuerte como la arquitectura de las pirámides, y duradera, por consiguiente, como ellas; libro que resume todas las ciencias y cuyas infinitas combinaciones pueden resolver todos los problemas; libro que habla y hace pensar; inspirador y regulador de todas las combinaciones posibles; la obra maestra quizá del espíritu humano, y seguramente una de las más hermosas que nos ha legado la antigüedad; clavícula, cuyo nombre no ha sido comprendido y explicado más que por el sabio iluminado Guillaume Postel; texto único, cuyos primeros caracteres, tan sólo extasiaron el espíritu religioso de San Martin, y hubieran dado la razón al sublime e infortunado Swedenborg.

Este libro —ya hablaremos de él— y su explicación matemática y rigurosa, será el complemento y la corona de nuestro concienzudo trabajo La alianza original del cristianismo y de la ciencia de los magos, si queda una vez más bien demostrada, no será un descubrimiento de mediana importancia, y no dudamos que el resultado de un estudio serio de la magia y de la cábala, no conduzca a los espíritus serios a la conciliación, considerada hasta el presente como imposible, de la ciencia y del dogma, de la razón y de la fe.

Leer Mas: https://www.derechopenalenlared.com/libros/eliphas_levi_dogma_y_ritual_de_alta_magia_parte_1_dogma.pdf

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