Todos nosotros nos podemos imaginar cómo se podría haber sentido Cristoforo Colombo (Cristóbal Colón) cuando descubrió que el “nuevo continente” tomaría el nombre de Américo Vespucio, quien, quizás tras haber escuchado sus maravillosos cuentos sobre sus viajes a unas Indias peculiares, decidió inspeccionar por sí mismo, bautizando las tierras como nuevas y plantando su metafórica bandera.
De casos famosos hay infinitos, por ejemplo, ¿cuántos de nosotros conocemos el nombre de Michael Collins, tercer astronauta del Apollo 11, quien se quedó en la capsula mientras sus compañeros Neil Armstrong y Edward “Buzz” Aldrin pisaban la luna? Y si consideramos también las personas que recibieron reconocimiento póstumo la lista se alarga a incluir personajes como Van Gogh, Nikola Tesla, Emily Dickinson, Ada Lovelace, etcétera.
Se trata de un deseo, quizás casi una necesidad humana, la necesidad de reconocimiento.
Es una exigencia tan difundida y normalizada que está integrada y alimentada por la sociedad, que florece en eventos de interés global como los Óscars, los Grammys, los premios Nobel, además de competencias deportivas como las Olimpiadas, y los mundiales de futbol, moto GP, y otros. Pero se presenta también en el día a día, en el uso de las redes sociales, sistemas donde el reconocimiento es la moneda, así es que los usuarios vacían sus vidas y experiencias en imágenes y textos a cambio de likes.
Aquí es donde la búsqueda de aprobación es tan cruda, por la velocidad del intercambio, de la decepción o gratificación que puede dar una respuesta, generando adicción al punto que sentirse responsables de las propias emociones se vuelve difícil, cuando la valoración propia toma un segundo lugar ante la valoración que nos da el otro.
Por más que las redes sociales evidencien y agranden el problema, este no nació aquí, solamente encontró terreno fértil, pero surge de un lugar mucho más antiguo e interno. No se podría sostener que los cavernícolas no buscaran aprobación de la comunidad, ya que lo más probable es que los riesgos de ser un marginado, en esos tiempos, implicaba probablemente la muerte, y de ahí debe surgir la necesidad primaria de acoplarse en la sociedad, de no ser percibido como “el raro”, o la “oveja negra”.
Y hay quienes van más allá: los people pleaser, término inglés para describir a las personas complacientes que ponen las necesidades y los deseos de los demás ante los propios para agradar. Quienes no soportan “caerle mal” a alguien, y dan una importancia desmedida a lo que los demás piensen, y eso los empuja a tener que ser placentero, útil y gentil todo el tiempo, para que el otro diga “qué bueno eres”.
Y del otro lado, hay quienes rechazan todo eso directamente, y de forma extrema, por ejemplo, los hikikomori, jóvenes que se aíslan completamente. Decidieron vivir recluidos en sus casas por meses o años. Es un fenómeno particularmente frecuente en Japón. Ellos evitan el contacto con lo externo, existiendo en una realidad paralela completamente desconectados del mundo. Adolescentes de alrededor de 15 años se encuentran en esta situación, paralizados por temor social.
En un artículo de BBC, se explica que uno de los factores principales que pueden empujar a un joven a volverse un recluso es la sekente, la reputación de una persona en la comunidad y la presión que él o ella siente de impresionar al otro. Más tiempo el hikikomori permanece separado de la sociedad, más se vuelve consciente de su fracaso social. Pierden lo que les quedaba de su confianza y autoestima y la perspectiva de salir de la casa se vuelve aún más aterradora.
Sin llegar a extremos, la necesidad de aprobación está presente en todos, en diferentes grados. Se trata de ahondar en ese sentimiento y ver su origen, y ver el porqué de esa externalización de un propio miedo o vacío. Al llegar a obtener un logro, tras planeación y trabajo, el reconocimiento propio no depende de nadie más, es decir, que alguien nos dé un espaldarazo o no, no quita valor a nuestra obtención. Igualmente, el reconocimiento externo no llena los vacíos que deja la ausencia de reconocimiento interno.
En la juventud es normal que surja una pregunta sobre esa sensación que, si no eres visto, no existes. El pensar que la sensación de no ser comprendido, o conocido nutre un vacío que va a tocar la percepción de nuestra existencia toda, ¿Quién soy sin el otro? ¿Existo sin el otro y el otro existe sin mí? ¿Los hikikomori sentirán que existen? Y no es una cuestión de aislamiento, pues existen Sadhus en la india que renuncian a las comodidades y a los apegos y deseos, y alimentan su interno, y no necesitan de ningún reconocimiento.
Mientras en el caso del hikikomori se trata de escapismo. Pero en el fondo el vacío no se llena desde lo externo. El reconocimiento propio nace cuando uno escapa de sí mismo, se ve en su totalidad, y acciona. Y si la acción lleva a un logro, se valora.
Referencias:
https://www.bbc.com/news/magazine-23182523


Ésta publicación me parece muy oportuna.
Uno se reconoce a sí mismo, a través de la acción conciente.
Gracias! Muy interesante y útil!